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Alcanzar las estrellas

Alcanzar las estrellas
José C. Sánchez

José C. Sánchez

Ficciones

Mamá acababa de morir y, así, yo me quedé solo en el mundo. Es cierto que estaban los hermanos de mamá, pero para ellos nunca fui más que un niño pequeño; si me quedaba, lo único que obtendría sería lástima o caridad, me habría acostumbrado a mendigar sobras de cariño o pan, y al final me habrían reclamado por siempre tomar las peores decisiones.

Entonces escuché del programa Space Xenon, un derivado de las muchas ideas de Elon Musk, fundador de Tesla, SpaceX y otras empresas. Durante décadas habían intentado establecer la primera colonia humana en territorio espacial, pero habían fracasado porque terraformar un planeta —sobre todo uno sin una gota de agua— resultaba en una complicación colosal; sin embargo, los sucesores de Musk se las habían arreglado para generar ambientes artificiales en los que los humanos comunes y corrientes pudiéramos sobrevivir.

Me enlisté en el programa de entrenamiento. Aunque mi destino estaba a millones de kilómetros, primero tenía que ganarme un lugar en la nave espacial. Seríamos los nuevos colonizadores en un nuevo mundo, listos para llevar en alto el nombre de la humanidad. Pero, como ha pasado a lo largo de la historia, lo que se reunió no fue un grupo de héroes sino una pandilla de bandidos, inadaptados y perdedores con ganas de escapar de una vida miserable.

Estaba Jimena, una morocha de ojos verdes, caderas sensuales y una deuda con Hacienda de la que sólo en otro planeta podría escapar; también un güero a quien le decían “El pollo”, que jugaba a las cartas y le quitaba el dinero a los más incautos; y los hermanos Rodríguez, un par de chavos que sólo querían ver las estrellas para olvidarse de las novias que los habían cortado. En fin, había un montón de gente así, pero mi nuevo hogar será un planeta rojo —solía decirme a mí mismo entre murmullos.

Aprender a bucear fue una de las primeras cosas que me gustaron del programa, además del hospedaje y la comida. Ahora tenía un sueño que perseguir, de modo que entrenaba sin descanso todos los días; odiaba las clases de matemáticas, aunque eran indispensables para aprender a navegar en el espacio, y también me enseñaron a pilotar aviones en simuladores. En fin, era un sueño hecho realidad, y yo quería que ma viera lo feliz que era; por supuesto, cada vez que tenía un tiempo libre iba a visitar su tumba para contarle todo: le decía que pronto su hijo sería uno de los primeros humanos en un nuevo mundo.

Por desgracia, ocurrió algo que escandalizó a la comunidad científica. Un día, sin más, apareció una inscripción en la superficie de la Luna: “Puto el que lo lea”. Al parecer, desde hacía varias décadas científicos mexicanos habían llegado a la conclusión de que, al no poder competir en la carrera espacial contra las grandes potencias, la única forma de alcanzar el espacio era usando pequeños robots con una rudimentaria inteligencia artificial.

Cuando éstos cumplieron su propósito y llegaron a la Luna, pusieron en alto el nombre de un país del tercer mundo, pero al poco tiempo fueron olvidados. Con el tiempo, los robots desarrollaron autonomía gracias a su I.A. y así fue que un día decidieron jugarle esa broma a la humanidad.

El mundo se carcajeó ante la ocurrencia, pero yo quería morirme pues era de los pocos mexicanos que había llegado a la penúltima fase de selección. Ahora, por la jocosa intervención de mis paisanos metálicos, yo era la burla de los futuros colonos ¡Carajo! Lo único que yo quería escuchar era mi nombre, Juan Pérez, en la lista de los primeros doscientos que viajarían al espacio. Me preocupaba que quizá los científicos decidieran que enviar mexicanos era una mala idea; lo único que restaba era esperar para saber si, al fin, conocería las estrellas.

Llegó el gran día. Yo miraba cómo a los payasos de los hermanos Rodríguez les entregaban su traje espacial. Entonces, pensé que quizá extrañaría visitar la tumba de mamá, pero me dije: no te puedes echar para atrás. Seguía esperando que me llamaran y, entonces, mencionaron el último nombre… Lo único que pude hacer fue mirar el cielo estrellado para luego lanzar un enorme grito.

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