Buenas lecciones, malos maestros

Buenas lecciones, malos maestros

Miguel Ángel Hernández Acosta

Miguel Ángel Hernández Acosta

Andanzas

La escuela es un lugar al que se va por órdenes de los padres, donde se aprenden cosas que no se sabe si algún día servirán de algo, y donde uno cursa la primera lección en cuanto al manejo de las emociones: la frustración por enterarnos de que no le somos atractivos a la niña que nos gusta, el entusiasmo de ver a los amigos tras el regreso de vacaciones, la tristeza de saber que tanto estudio no se reflejó en una buena calificación. Sin embargo, cuando se es adulto y regresamos a las aulas, la mayoría de las veces lo hacemos por gusto, por aprender un poco más o por desafiarnos a no quedarnos estancados. Esa fue la razón por la que hace unos años estudié una maestría y, posteriormente, un doctorado.

La primera vez que vi a mi tutor supe que esa nueva etapa de estudios sería más difícil de lo que creía: dijo que yo sabía muy poco sobre mi proyecto de investigación, que él ignoraba por qué me habían admitido, y que si buscaba estar bajo su tutela debía leer en un par de meses más de quince libros para que la próxima vez que platicáramos tuviera siquiera una base para intercambiar ideas con él.

Tiempo después, todavía entusiasmado porque me dedicaba a lo que tanto me apasionaba —el estudio de la literatura—, acudí a una reunión con el mismo profesor. En aquella ocasión dijo que yo era un mal redactor y lector, y que consideraba muy complicado que pudiera aguantar otro semestre dentro de un ambiente tan exigente como la academia.

La necedad se me da muy bien, por lo que, en lugar de entristecerme, hice todo lo posible por entregar buenos trabajos. Durante meses redacté avances de un proyecto de investigación, y en cada una de las reuniones con mi tutor, él se encargó de decirme que era pésimo.

Los padres, los profesores y los seres queridos son quienes nos forman a través de sus palabras. Si mamá nos dice que somos el ser más guapo del mundo, nuestra autoestima lo cree y vamos por la vida sabiéndonos hermosos; si el profesor nos dice que sacamos una mala nota, pero que está seguro de que a la próxima lo haremos mejor, nos esforzamos y la siguiente calificación es más alta; si el amigo dice que nadie juega futbol como nosotros, cada que tocamos el balón nos sentimos listos para las fuerzas básicas del Barcelona… Sin embargo, si un tutor repite constantemente que no hay persona más ignorante que uno, esa fortaleza que hemos ido construyendo a lo largo de los años comienza a resquebrajarse y, con el paso del tiempo, llegamos a pensar que nunca debimos intentar llegar más alto, pues sólo algunos son los elegidos para vivir en esa torre de cristal que es la academia y la investigación.

Hace unos meses se publicó un estudio de la Universidad de Kentucky, según el cual los estudiantes de doctorado son seis veces más propensos a desarrollar ansiedad o depresión en comparación con la población general. Lo anterior tiene una relación directa con la forma en que son tratados por sus tutores y, según el diario El País, de estos estudiantes el 41% se siente bajo presión constante, 30% está deprimido o infeliz, y 16% se siente inútil. Hace unos meses yo era parte de esos tres porcentajes.

Mi tutor es un investigador destacado, cuyo trabajo es reconocido a nivel internacional. Conmigo era una persona sincera y agradezco que tantas veces me haya regalado sus ofensas porque de esa manera logró que me esforzara más. Pero no se me malinterprete; no es que haya adquirido el síndrome de Estocolmo, sino que comprendí que a pesar de haber personas muy inteligentes y sabias, eso no las convierte en buenos tutores —y con esto me refiero a alguien que te acompañe o dirija por el camino que vas emprendiendo.

Cuando era niño, les pedí a mis padres que me llevaran a la tienda. En lugar de ello, me dijeron cómo debía llegar y después me lanzaron a la aventura una y otra vez, hasta que supe hacerlo de forma correcta. Mis maestros de la primaria llenaron de color rojo mis exámenes y después me dijeron cómo corregir los errores. Las figuras de autoridad a mi alrededor me regañaron cada vez que hice algo mal, pero después me abrazaron y dijeron que, si me esforzaba, pronto ya no cometería tantas equivocaciones. No es que negaran lo que yo hacía mal, sino que me regalaban una palmada y me daban la confianza necesaria para volver a intentarlo.

Hace un año caí en depresión y quise abandonar mis estudios de doctorado. No me importó que algunos profesores dijeran que mi investigación iba bien o que me impulsaran a seguir. La tristeza era tan profunda que lo único que oía era el sonsonete de mi tutor que sentenciaba: “No puedes y no podrás, mejor date por vencido”.

Esto me hizo reflexionar sobre la forma en que yo ejercía la enseñanza, tanto con mi hijo como con mis alumnos. Era el profesor que les hacía ver sus errores, pero después no les daba ese ligero empujón para seguir adelante. Era, pues, practicante de un método igual al que me estaba deprimiendo. Darme cuenta de ello me ayudó, en primer lugar, a abandonar la idea de dejar inconclusos mis estudios, pero también a comprender que quienes tenemos delante a un alumno, a un hijo o a un amigo, cargamos con la responsabilidad de corregir las faltas, pero también de mostrar posibles soluciones, de impulsar a quienes tenemos bajo nuestra tutela a volver a intentarlo.

Maestro no es aquel que sabe mucho, sino quien entiende que la mejor cualidad de la enseñanza es tener empatía por el otro y comprender que la misión no es transmitir datos, sino dar acompañamiento durante la formación. Día a día emitimos opiniones y les restregamos sus errores a las personas que nos rodean, pero eso constituye sólo la mitad de la labor de la crítica y la enseñanza, pues el resto del trabajo —y quizás el más difícil— es tomarlos de la mano, levantarlos y servir de apoyo. De ese mismo modo, otras personas más sabias que nosotros también nos levantarán y caminarán a nuestro lado por la vida.

En la escuela he aprendido muchas cosas, pero tal vez la que más me ha servido últimamente es que de los malos profesores y sus métodos son de quienes más podemos aprender. O al menos ese fue mi caso…

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