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Chuck Wepner, el boxeador que inspiró a Rocky Balboa

Chuck Wepner, el boxeador que inspiró a Rocky Balboa
Francisco Masse

Francisco Masse

Inspiración

24 de marzo de 1975, Cleveland, Ohio. El campeón mundial de los pesos pesados, el imbatible e insoportable Muhammed Ali, defiende su cinturón ante el retador Chuck Wepner, un estadounidense de 36 años con una modesta carrera boxística. Los pronósticos decían que Ali noquearía en menos de tres rounds a Wepner, quien por primera vez en su vida había tenido que entrenar de lleno para una pelea y sólo tuvo ocho semanas para ponerse en forma.

Nadie daba una moneda por Wepner y por eso nadie podía creer que la pelea llegara al cuarto y al quinto asaltos, y se prolongara hasta el noveno round, cuando Wepner mandó a la lona al estupefacto campeón, quien después justificó su caída aduciendo que Wepner lo había pisado. Al ver a Ali en el suelo, en la esquina de Chuck ya celebraban la victoria, pero éste los calmó diciendo: “Volteen a verlo, está levantándose… y se ve enojado”.

Ali ha sido uno de los pugilistas más elegantes y efectivos en el cuadrilátero, pero también uno de los más implacables y despiadados, así que contraatacó ferozmente al retador: le rompió la nariz y le hizo varias cortadas en las cejas. Pero, sin importar cuántas veces lo golpeara o qué tan duro, Wepner no bajaba la guardia y seguía avanzando, sin eludir en ningún momento el combate. Finalmente, a quince segundos de que terminara el decimoquinto y último asalto, el réferi detuvo la pelea y Ali conservó su cinturón por KO técnico.

Liev Schrieber como Wepner en el film "Chuck", de Philippe Falardau (2016)

Tras esa derrota, Wepner fue de mal en peor. Primero enfrentó en una pelea informal al luchador André el Gigante, quien lo puso fuera de combate lanzándolo fuera del ring. Después de varios reveses en el cuadrilátero, en 1978 anunció su retiro del boxeo, el cual le sentó terriblemente pues le detonó una adicción a la cocaína. Siete años más tarde, fue aprehendido por posesión de esta droga y pasó año y medio en una prisión de New Jersey. En los últimos veinte años se ha dedicado a la venta de vinos con su tercera esposa.

¿Una vida sin más brillo que el destello de una ocasión? Así parece, pero alguien que entonces era un total desconocido observó con atención la pelea de Wepner contra Muhammed Ali. Un aspirante a actor con 106 dólares en el banco, sin auto y que trataba de vender a su perro porque no tenía dinero para seguir alimentándolo. Esa noche, la resistencia, el pundonor y la valentía a toda prueba de Wepner lo inspiraron a escribir un guión cinematográfico sobre un boxeador de medio pelo, o menos que eso, que un día recibe la oportunidad de disputar el título con el campeón mundial.

Sylvester Stallone, que así se llamaba el joven, le ofreció su historia a los productores Irwin Winkler y Robert Chartoff, un par de visionarios que encontraron en ella una veta de éxito y le ofrecieron 350 mil dólares por los derechos. Contra todo pronóstico, Stallone los rechazó: como condición para vender la historia, él tendría que actuar en el papel protagónico.

Winkler y Chartoff contraofertaron: ellos producirían la película, Stallone tendría el protagónico, trabajaría como guionista sin cobrar sueldo y sólo recibiría una paga como actor de escalafón. Nadie cambiaría 350 mil dólares por una oferta semejante, pero Stallone fue lo suficientemente tonto como para aceptarla, y esa decisión cambiaría su vida… y la de millones de personas en todo el mundo.

Cuando Rocky (1976) se convirtió en un éxito mundial y Rocky Balboa se erigió como un arquetipo a seguir para millones de personas, Stallone se acercó a Wepner para invitarlo a aparecer como sparring en la secuela de la cinta, Rocky II (1979), pero Chuck no llegó a la audición debido a su adicción a la cocanía. Paradójicamente, tres décadas después y hundido en la bancarrota, Wepner trató de demandar a “Sly” para sacarle algo por haber sido la inspiración de Rocky; el asunto no procedió y ambos llegaron a un arreglo fuera de las cortes.

Sylvester Stalone como Rocky Balboa

Finalmente, hubo un poco de justicia para Wepner: en 2016, el actor Liev Schrieber lo representó en una cinta titulada Chuck, que fue dirigida por Philippe Falardau y participó en el afamado Festival de Venecia del mismo año. Además, la cadena deportiva ESPN estrenó un documental sobre su vida y en 2022 se develó una estatua suya en Bayonne, New Jersey, donde aprendió a pelear.

Pero, volviendo a Rocky, ésta ha sido calificada por muchos como “una historia de superación personal”. Yo creo que, más bien, se trata de una historia de validación personal. Rocky Balboa es un don nadie; o, al menos, así se siente él cuando mira la gastada foto de sus padres y su propio retrato, en el que sonríe con timidez desde el espejo, o cuando en las calles todos le gritan que es un vago.

Por ello, cuando las circunstancias confluyen para que el campeón mundial —un negro engreído y fanfarrón, como Muhammed Ali— le ofrezca la oportunidad de pelear por el título, Rocky titubea porque sabe que no está a la altura y que es probable que haga el ridículo, pero al final acepta; no por dinero, sino para validar su persona haciendo lo impensable: resistir quince rounds sin caer.

Como un moderno Ceniciento, Rocky tiene la oportunidad de bailar con el príncipe; sólo que en lugar de valses, frases románticas y besos, lo que intercambiaran será golpes, cabezazos y sangre. Como el Jesús que vemos en la primera escena, Rocky se entrega a “su pasión voluntariamente aceptada” a sabiendas de que allá arriba, en el encordado, se burlarán de él, lo destrozarán, lo harán sangrar, le romperán las costillas y los huesos de la cara.

En el primer round, sorpresivamente Rocky manda a Creed a la lona. Pasan uno, dos y tres; llegamos al round nueve y al diez, y en el catorce Rocky le rompe las costillas al campeón. ¡El último asalto! En un descuido, Balboa acorrala a Creed y lo golpea sin piedad hasta que suena la campana. Diez segundos más y lo habría mandado a la lona. El campeón conserva su título, pero a Rocky no le importa la victoria, ni el pesado cinturón de oro, ni la revancha, ni el campeonato. Le importa que a partir de ese día podrá mirarse en el espejo sin sentir vergüenza.

Las célebres fanfarrias de Rocky —cortesía de Bill Conti— que se han convertido en el himno al boxeo y en un símbolo de la resistencia en el duro combate de la vida, lo abrazan en su ascenso a la inmortalidad. La batalla ha terminado y su recompensa no se halla sobre el ring, sino en una mujer a la que llama entre la multitud y con la que habrá de compartir el resto de su vida…

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