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Cocinar: un acto creativo

Cocinar: un acto creativo
Rafael Pérez-Vázquez

Rafael Pérez-Vázquez

Creatividad

Para hacer una tarta de manzana,
primero tienes que crear un universo.

Carl Sagan

Hay quienes son capaces de tomar un pincel y pinturas, y crear una imagen que trascenderá al tiempo. Otros fueron dotados de una formidable coordinación física y, al bailar, pueden llevar al Cielo a quienes los contemplan. Existen personas que, golpeando furiosamente un teclado, hilvanan palabras que habrán de permanecer en la memoria del mundo, y otras con el don de combinar sonidos y silencios en un orden que sublima el espíritu al sonar las notas musicales. Yo, carente de esos dones y, sin duda, un hombre más modesto, puedo decir —como en aquella película— que lo mío, lo mío, lo mío… es cocinar.

Y no, no me refiero a “cocinar” como lo hacía Walter White —sí, el antihéroe de Breaking Bad— en un laboratorio clandestino, ni al tipo de cocina al que se refería el ineludible Morrison cuando cantaba “Soul Kitchen”: esas son otra clase de cocciones y de sustancias. Yo me refiero al acto rupestre de tomar vegetales, hierbas, carnes y esencias, combinarlas de modo afortunado —a veces, en complicidad con el fuego— y, al llevar el resultado a la lengua, al paladar y al estómago, dar forma a cualquier expresión del arte culinario.

Tampoco es que me sienta a la altura de cualquiera que haya empeñado horas de estudio de la alta cocina. Simplemente afirmo categórico que hay cosas que uno hace para ganarse el pan y sobrevivir —a menudo, para el beneficio de alguien más— y otras en las que uno simplemente es. Y así, recién despertado y en pijama, como ahora, aún con mal aliento y sin peinarme, lo primero que hago en una mañana como esta es dirigirme a la cocina, hurtar del refrigerador lo necesario, encender una hornilla y, mientras pico, mezclo y frío, simplemente ser.

Alrededor del fuego —dicen quienes saben— fue que el simio se hizo humano, ya que en torno a unos tizones encendidos fue que sucedió el milagro del lenguaje. Pero aquel —o, más probablemente, aquella— que, en silencio, supo llevar el fruto de la caza y la colecta a esa fogata primitiva y extraer de ella olores, sabores y texturas más gratos que los de la carne cruda y llana, que después notó que ciertos frutos y vegetales eran más suaves y dulces al ser sometidos al calor, y por ello ideó instrumentos y recipientes para preparar sus alimentos, fue quien trazó la línea que une la magia de la naturaleza con la civilización humana.

Alrededor del fuego —dicen quienes saben— fue que el simio se hizo humano

Por eso, todo aquel que cocina por gusto, y no por rutina u obligación, tiene un poco de ese primer mago, de esa primitiva alquimista. Quienes nos resistimos a la facilidad de la comida ordenada a domicilio con un simple clic, es como si al despuntar la mañana, por la tarde o cada noche, creáramos una especie de microcosmos que cabe en una sartén o una cacerola, una galaxia de sabores y colores que hacemos girar con cucharas de aluminio o de madera. Por un momento, somos el dios de nuestro propio universo y lo confeccionamos a nuestro antojo, quitando esto y poniendo aquello según nos place.

Hay días en los que, a manera de exorcismo o de catarsis, se me antoja escribir ese sueño perturbador que tuve la noche anterior. Eso es otro tipo de magia que algunos llaman inspiración. Del mismo modo, hay otros días en los que me invade la pulsión de crear un platillo. Imagino el viaje al mercado, la selección minuciosa de la materia prima, la limpieza y preparación, me veo con el cuchillo en la mano mientras, en una suerte de trance, traigo a la memoria la receta y controlo mentalmente el corte, los tiempos, las temperaturas. Una alquimia personal.

Ser poco ortodoxo y no seguir recetas fijas me permite redescubrir una y otra vez el mismo platillo

En ese momento —todos los que me conocen lo saben—, yo doy las órdenes y no escucho los consejos de nadie. Ser poco ortodoxo y no seguir recetas fijas me permite redescubrir una y otra vez el mismo platillo, disfrutar sus variaciones porque sé que son irrepetibles —tal como cualquier día o la vida misma— y, de pronto, compartir la creación con quienes sean convocados. La recompensa es doble: por un lado, junto con el estómago queda saciado el ánimo creativo, y por otro está el reconocimiento de mi tribu: mi familia, mis amigos.

Porque de eso se trata: de crear, que no es otra cosa sino transformar una materia en algo distinto según nuestros designios, para compartirlo con tu mundo. ¿O es que acaso el destino de una pintura es quedarse en el taller, el músico escucha en soledad sus propias melodías o el bailarín realiza su ejecución encerrado en su propio cuarto? Lo confirma el filósofo Epicuro: “Debemos buscar a alguien con quien comer y beber, antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo”.

Por eso digo que hay quienes son capaces de tomar un pincel y pinturas, y crear una imagen que trascenderá al tiempo, o quienes bailan, componen, toman fotos, escriben o ganan el Oscar… pero pocos de ellos pueden comerse sus propias obras. Y esa pequeña diferencia, en estos tiempos de escasez —como en aquel comercial—, no tiene precio…

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