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Cómo vencí mi dependencia al automóvil

Cómo vencí mi dependencia al automóvil
Rafael Pérez-Vázquez

Rafael Pérez-Vázquez

Inspiración

En meses recientes, las drásticas medidas que se tomaron para combatir la mala calidad del aire en la Ciudad de México y los estados aledaños levantaron una ola de airadas protestas entre la ciudadanía. Y es que hay quienes perciben a sus autos como un elemento esencial en sus vidas. Pero si tú estás considerando separarte de tu vehículo —ya sea por ecología o por los gasolinazos, fotomultas, robos, parquímetros, embotellamientos y la falta de estacionamiento que se experimenta en las grandes urbes— o usarlo menos, quizá te resulten útiles estas ideas para vencer la resistencia a dejar el automóvil… y seguir viviendo una vida normal.

Mi experiencia personal

Mi primer coche, un Renault 12 destartalado, llegó a mí cuando tenía veinticuatro años. Un par de años después, lo sustituí por otro un poco menos usado, en el entendido de que “es lo que hace la gente” cuando se gradúa y/o consigue un empleo: comprar su primer coche, después uno mejor, luego un subcompacto de agencia, y más tarde —cuando con la edad y el trabajo viene mayor poder adquisitivo— sustituirlo por uno con seis cilindros, accesorios eléctricos y aire acondicionado. En pocas palabras, una carrera sin fin. Pero un buen día, por razones que no viene al caso enlistar, vendí mi coche y tuve que regresar a un universo que había dejado atrás: los torniquetes, los empujones, los transbordos y las caminatas. Bajo esas circunstancias, reaprendí todo lo que me había acostumbrado a hacer en coche: llevar a mis hijas a la escuela o a pasear en fin de semana, ir al trabajo —eso fue fácil: hacía años que vivía a unas cuadras de la oficina—; acudir puntualmente a citas; salir de noche con mi pareja, la candidata a ese puesto o con mis amigos —también fue sencillo: por miedo al alcoholímetro, siempre regresaba de mis correrías nocturnas a bordo de un taxi—; e incluso viajar fuera de la ciudad.

Al principio, debido a la continua influencia mediática y social, es muy fácil caer en la tentación de asociar la posesión de un automóvil con el bienestar y el estatus económico, así que uno sin coche se siente “devaluado”. Además, parece imposible no habituarse a la comodidad que brinda la vida moderna, al grado de pensar que se trata casi de una garantía individual de ésas que estipula la Constitución. Pero hoy día, años después de esa fortuita decisión, sigo sin tener automóvil. Y, como dije al principio, sigo viviendo una vida normal.

Las causas de la dependencia

Cuando uno utiliza con mucha frecuencia una invención tecnológica, es posible generar una dependencia hacia ella. Un caso típico es el de la dependencia o adicción al smartphone, cuyas víctimas más graves sienten gran angustia si lo olvidan en casa o son incapaces de dormir si no lo tienen encendido en el buró. Sin embargo, regresando al tema que nos ocupa, no todas las personas que poseen y hacen uso de un coche dependen de él. Entonces, se puede decir que alguien depende del coche si: a) se siente desprotegido o que no puede valerse por sí mismo si no cuenta con él, b) está convencido de que la realización de sus actividades diarias está condicionada a la posibilidad de usarlo, o c) necesita compulsivamente que esté disponible “por cualquier imprevisto”.

Como sea, hasta donde alcanzo a ver, existen tres tipos de causas por las que la gente puede volverse dependiente del auto: físicas: como algún tipo de discapacidad que impida al sujeto caminar o desplazarse por sí mismo, la edad —las aptitudes físicas disminuyen con el tiempo—, el sobrepeso y el sedentarismo; prácticas: se vinculan con actividades que requieren de un vehículo automotor —ser taxista, transportar alimentos, repartir pizzas— o que resultan mucho más cómodas si se realizan a bordo de éste —llevar a un bebé de brazos a la guardería o regresar del súper con catorce bolsas y un garrafón de agua—; y psicológicas: desde la pereza mental de caminar en lugar de usar el auto, el apego emocional hacia un objeto que brinda placer o seguridad, y la identificación del ser con una posesión material —en especial con un símbolo de estatus y ascenso social como el automóvil—, hasta los prejuicios sociales o el mero desconocimiento del transporte público. Me enfocaré en estas últimas, pues son las que dependen de una simple decisión y no de circunstancias.

Algunas ideas para revertir la resistencia

  • Revisa tus creencias. Resulta útil dejar de definirte como “automovilista”, puesto que lo eres mientras conduces un coche que está circulando y dejas de serlo en cuanto te bajas de él. La posesión de un objeto no define a la persona, y no dejarás de ser quien eres por andar a pie: tu valor personal está más allá de las cuatro ruedas o un motor V8. Además, no necesitas el coche ni “naciste” en él: lo usas porque lo tienes, y puedes elegir no usarlo.
  • Considera otras opciones. Infórmate de todas las alternativas que tienes a la mano para transportarte sin auto. No caigas en el prejuicio: organízate con tus vecinos o compañeros de trabajo para compartir auto; ve y conoce el transporte público o las bicicletas, platica con la gente que las usa y anímate a probarlas un fin de semana, de preferencia acompañado, cuando no haya tanta afluencia: te sorprenderás gratamente.
  • Cambia tu actitud mental. Nuestro cerebro aprende rápidamente a asociar actividades con el placer o la molestia que generan, y a partir de ahí se genera nuestra actitud hacia ellas. Si asocias tu auto sólo con el placer, la comodidad o la superioridad —esa mentira que te vendió la publicidad— y no tomas en cuenta el tránsito, las marchas o la falta de estacionamientos, por ejemplo, será muy difícil que venzas tu dependencia. Sé objetivo, valora con justicia los pros y los contras de cada situación, e intenta tomar el asunto como un juego o un paseo en lugar de pensar que “el gobierno te castigó” por no circular, como si aún fueras un niño o como si tu coche fuera un premio; y disfrútalo: ésa es una de las claves.
  • Conoce tu barrio y tu ciudad a pie. Hay varias cosas que agradezco de no tener coche: no preocuparme de tenencias, verificaciones o tarjetas de circulación con chip; no batallar para encontrar un lugar donde estacionarme ni tener que ponerle monedas al parquímetro, sin mencionar la angustia por el robo o la grúa. Pero sin duda la mejor es que, a raíz de eso, ahora disfruto de largas caminatas con mis hijas en las que platicamos mucho, apreciamos rincones a ras de piso que habíamos pasado por alto en el auto y, de paso, peleo gentilmente contra el sedentarismo de una generación acostumbrada a vivir a través de su computadora, tablet o smartphone. Inténtalo: hay muchos beneficios.
  • Sustituye tu mentalidad individualista. Los núcleos urbanos densamente poblados obligan a sus habitantes a considerar a los diferentes actores que comparten los espacios, como automovilistas, motociclistas, ciclistas y peatones, pues todos tienen derechos. De modo que será muy útil que empieces a pensar que, si bien el haber comprado un auto te da derecho a usarlo, su uso no te afecta sólo a ti: aun en una medida infinitesimal, modifica la calidad del aire que todos respiramos. Y si todos somos corresponsables de la contaminación del aire, ¿no deberíamos ser todos, también, corresponsables de ponerle una solución?…
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