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Consecuencias de la censura en el arte

Consecuencias de la censura en el arte
Guadalupe Gutiérrez

Guadalupe Gutiérrez

Inspiración

El arte, sea cual sea el medio en que se presente, es un vehículo de ideas, testimonios y hechos que, por la naturaleza de su constitución, tiene el poder de generar respuestas emocionales e intelectuales capaces de provocar cambios políticos y sociales a gran escala. Por eso es que, a lo largo de la historia, ciertas obras artísticas han sido censuradas por la clase en el poder —la cual, bien lo sabemos, se distingue porque no desea perder sus privilegios.

Así, uno de los métodos más efectivos para evitar que los gobernados cuestionen los sistemas que los oprimen ha sido monitorear, controlar y censurar el arte al que tiene acceso la persona promedio, con lo cual se limita el desarrollo del pensamiento crítico y el análisis de la condición humana, lo que termina por prevenir o aplacar el descontento social.

Una variante de este método de control consiste en permitir y fomentar sólo aquellas producciones artísticas que se ajustan o acatan a los grupos de poder en turno. Eso fue lo que sucedió en la Unión Soviética durante el gobierno de José Stalin, un dictador que suprimió las voces de los artistas disidentes y enalteció la propaganda política de su partido a través de la música, la literatura, la pintura y otras obras artísticas.

José Stalin

José Stalin

A pesar de que se han añadido nuevas dimensiones al debate y al análisis artístico a raíz de la digitalización de obras artísticas y del acceso a redes sociales, en la actualidad el arte no está exento de censura por parte de grupos religiosos, empresariales y gubernamentales, o por quienes ejercen una gran influencia en los medios de comunicación. Pero una de las dimensiones que ha añadido complejidad al debate de la censura artística es la idea de la libertad de expresión y de consumo. Es decir, ¿qué pasa cuando una persona, por la razón que sea, encuentra ofensiva una obra artística?

La reacción más común es el enojo, que puede derivar en acciones encaminadas a boicotear la obra o a limitar el acceso de otras personas a ella. Pero vale la pena preguntarse: ¿basta con que yo desapruebe una obra para que tenga derecho a evitar que se exponga y a coartar la libertad del público para decidir por sí mismo si la consume o no? ¿Es justificable la censura cuando una obra critica ciertas convicciones religiosas o políticas?

Aunque no todo el arte tiene un mensaje político o de crítica social, si sólo se permite el acceso a obras con un contenido estético aparentemente inofensivo, ¿dónde quedará registro de los cuestionamientos y debates de nuestro tiempo? ¿Serán confiables los textos académicos editados y distribuidos por los regímenes totalitarios de cada época? Basta con leer 1984 de George Orwell o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury para intuir la respuesta.

Los actos de censura actuales suelen iniciar con la eliminación de recursos financieros dirigidos a programas culturales o con la limitación del acceso de la población a la producción artística, y pueden llegar hasta la prohibición de libros y de expresiones que estimulan el pensamiento crítico o que cuestionan la forma socialmente aceptada de experimentar el mundo. Y, por desgracia, la censura no termina ahí, porque su objetivo es el control absoluto de la población y de su pensamiento, tanto en lo colectivo como en lo individual.

La censura puede llegar al extremo de amenazar o de terminar con la vida de los artistas, como ocurrió en el ya mencionado régimen estalinista o en las dictaduras militares de América Latina. Un caso de censura muy conocido es el que ha sufrido Salman Rushdie: tras la publicación de su libro Los versos satánicos, el ayatolá Ruhollah Khomeini, líder religioso de Irán, mediante un edicto o fatwa instó a la ejecución del el escritor británico-estadounidensepor los pecados de blasfemia y apostasía, y ofreció tres millones de dólares de recompensa a quien llevara a cabo el asesinato del autor o de quienes publicaran el libro.

Salman Rushdie

Salman Rushdie

Como consecuencia de las amenazas a Rusdhie, en 1991 fueron asesinados Hitoshi Igarashi y Ettore Capriolo, traductores de Los versos satánicos al japonés e italiano, respectivamente. Y hace poco, treinta y cuatro años después de la amenaza original —e incluso ya muerto el ayatolá—, el 12 de agosto del 2022 en Chautauqua, Nueva York, Salman Rushdie fue apuñalado en múltiples ocasiones en el estrado de una presentación; como resultado del ataque el autor perdió la vista del ojo derecho y la movilidad en una mano, pero aun así mantuvo su deseo de escribir y en febrero de 2023 publicó una nueva novela: Victory City.

Casos como el de Rushdie dejan claro que es fundamental preservar la libertad de expresión, condenar los actos de censura y señalar a quienes los ejercen y a quienes se benefician de ellos. En un mundo donde la digitalización del arte, el acceso a internet y las redes sociales permiten el intercambio de información y opiniones, es cada día más relevante hacer uso de ello para impulsar la libertad creativa y el consumo responsable, y no para censurar, condenar o “cancelar” la expresión artística por el simple hecho de que nos ofende o de que no concordamos con ella. ¿O tú qué piensas?

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