El arte de vivir con color: Anado McLauchlin

El arte de vivir con color: Anado McLauchlin

Yolanda Bravo Saldaña

Yolanda Bravo Saldaña

Creatividad

San Miguel de Allende siempre sorprende por variopintas razones, como su arquitectura ocre que retumba entre el verdor de sus árboles, sus calles empedradas y sus esquinas en pendiente, su particular sonoridad, su festivo ambiente y gastronomía de corte internacional.

Este singular encanto ha sido reconocido no sólo por los mexicanos, sino también por miles de extranjeros que, desde hace décadas, han decidido hacer de dicho lugar su residencia. Entre ellos se encuentra el artista Anado McLauchlin.

Anado McLauchlin, nacido en 1947 bajo el nombre de James Rayburn McLauchlin III, es un muchacho de corazón; un hippie de vestimenta y espíritu multicolores, larga barba blanca y unas eternas gafas de redonda moldura. Es un poeta y artista del collage y de la técnica mixta, y es también un estadounidense originario de Oklahoma que arribó hace casi veinte años a San Miguel de Allende con su esposo y socio, el historiador Richard Schultz, para afincarse en ese paraje semidesértico de cactáceas y vegetación baja denominado La Cieneguita, cerca del balneario de Guadalupe —a su tierra natal, dice Anado, nunca se sintió muy conectado, quizá porque, en sus propias palabras: “Se supo pecador desde los ocho años”.

Anado McLauchlin junto con su pareja Richard Schultz

Foto tomada del sitio www.chapelofjimmyray.typepad.com

En la Casa de las ranas, guarida de claro sabor mexicano, aunque al mismo tiempo absolutamente sui generis —la casa cuenta con una galería y una edificación plástica denominada Capilla de Jimmy Ray—, Anado McLauchlin ha desplegado arquitectónica y escultóricamente las alas de su universo artístico. Con su fabulosa imaginación y a través de distintas técnicas, Anado creó un espacio con un sinfín de colores y vibraciones que se desbordan del interior hacia el exterior.

Su paleta, como él mismo lo reconoce, no tiene reglas; si las tuviera, quedaría limitada. Tampoco hay reglas para los objetos en los que despliega sus obras: escaleras, vanos, muros, arcos, puertas, fuentes, bardas, sillas, nichos, ventanas, pasamanos… Nada escapa al collage, a la intervención, a la decisión de transformar plásticamente un espacio; al horror vacui de este artista visionario —que quizá podría recordarnos al mundo barroco, con sus excesos, su dramatismo y su sobrecargado simbolismo.

Exterior de la Casa de las ranas

Foto de Yolanda Bravo Saldaña.

Interior de la Casa de las ranas

Foto de Yolanda Bravo Saldaña.

De joven, Anado McLauchlin estuvo en las fuerzas navales de su país natal, fue taxista por algún tiempo, y una de las etapas más importantes de su vida tuvo lugar en la India, durante los años setenta. Ahí estuvo en estrecho contacto con el místico, y no falto de controversia, Osho. Su estancia en la India fue una experiencia transformadora, de recuperación de la conciencia —como él mismo lo ha reconocido en entrevistas. Fue precisamente Osho quien le cambió el nombre a “Anado”.

Después de la India, la vida lo llevó a San Francisco y a Nueva York, en momentos clave para la lucha a favor de los derechos de los homosexuales. Precisamente en California, en 1998, cerca de un bosque de Secuoyas, Anado conoció a Richard, el amor de su vida. Poco después de conocerse fueron voluntarios en un hospicio de enfermos de sida, en San Francisco. En 2001 llegaron a México y comenzaron la construcción de la casa donde viven sus sueños.

Anado, como muchos lo conocen y como lo saludan al verlo caminar por las calles de San Miguel de Allende, reconoce un variado abanico de fuentes de inspiración: los diseños geométricos de los indios navajos, las imágenes de la cultura mexicana, prehispánica y popular, como la Virgen de Guadalupe, a la que admira en extremo, o las figuras de Quetzalcóatl o Xochipilli; pero también diversas manifestaciones religiosas —con el budismo en primer lugar— e imaginería del tarot. Otra de sus grandes influencias es, desde luego, Antoni Gaudí, el gran maestro del mosaico troceado y del organicismo, así como el trabajo de la escultora y pintora francesa Niki de Saint Phalle, también amante del trecandís.

Otro detalle de la Casa de las ranas

Foto tomada del sitio www.madebyanado.com

La libertad creativa de este estadounidense expatriado es tal que todo puede hallarse dentro de un mosaico o pieza elaborada por él. Serpientes, aves, ranas, y el dios Ganesh conviven estrechamente con la Virgen de Guadalupe, querubines, máscaras, animales, seres fantásticos y santos. Su universo de formas y colores, en el que destaca el rosa mexicano, es infinito.

Cabe decir que en San Miguel de Allende son famosas las fiestas de apertura de la Capilla de Jimmy Ray y de la galería de la Casa de las Ranas. Anado y Richard, siempre generosos y sonrientes, reciben a cientos de personas durante todo el día. Al lugar, desde temprana hora, llega todo tipo de gente, desde simples curiosos y uno que otro despistado, hasta artistas, críticos de arte, músicos, maestros del perfomance y poetas.

En 2016, el cineasta Julio Carlos realizó el documental The Guy from Oklahoma, el cual, además de relatar la vida y obra de este artista, nos cuenta un poco sobre la comunidad estadounidense afincada en San Miguel Allende —que es, en cierta medida, responsable de haber dotado a la ciudad de una identidad muy particular y plena de cultura. La película fue estrenada en el XIX Festival Internacional de Cine de Guanajuato. “La vida no es un problema por resolver, sino un misterio por vivir”, dice Anado McLauchlin en la cinta, y sus palabras se reflejan en cada pieza que ha desarrollado y en cada reto plástico que sigue emprendiendo desde la Casa de las Ranas, junto a su amado Richard.

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