El camello albino

El camello albino

Rafael Sánchez

Rafael Sánchez

Ficciones

Una mañana, Madre nos abrazó y nos dijo: “Vamos a tener un nuevo juguetero, un maravilloso juguetero”. Luego nos ha llevado a la parte alta de la casa y allí hemos pasado varios días, encerradas, viendo por la ventana del frente el trajinar de los hombres que descargan materiales de todo tipo. Los descargan en grandes y pequeños bultos, en botellas transparentes que manejan con sumo cuidado. En bolsas tan grandes que es necesario que las lleven entre varios, no por su gran peso, sino porque son tan ligeras que se vuelven incontrolables y tienden a escapar de las manos de un solo hombre. Cierto día una bolsa ha volado de las manos de dos trabajadores ansiosos y han armado tal desastre que Madre ha tenido que llamarles la atención. En la calle ha sido necesario barrer polvos de mil colores, listones de todos los anchos, canicas con todos los nombres, trocitos de latón que semejan a cualquiera de los animales conocidos. Eso lo he visto sosteniéndome el estómago, la risa que me ha dado ha sido tan grande que he estado a punto de perder el sentido. Hermana, en cambio, con apenas una sonrisilla se ha quedado viendo el alboroto por largo rato, intrigada.

Y la construcción, ¡qué cosa la construcción!, yo estaba realmente emocionada. Desde arriba, por la ventana que da a la parte trasera de la casa, se podía apreciar que se trataba de un lugar muy hermoso. Las paredes y los techos han sido construidos con el cristal más transparente. No hay espacio que no quede iluminado durante el día gracias a los rayos del sol. Y para la noche, han colocado focos que irradian una luz azul; estos dan la impresión de que el lugar es parte de un cuento de hadas. Se han edificado pequeños pasillos que nos llevarán de un cuarto de juegos a otro; cada pasillo tiene suficientes juguetes tirados en la alfombra como para entretenerse por largas horas, sin necesidad de llegar a los cuartos. Los cuartos, ¡ah!, los cuartos, con cómodos silloncitos, la adorable camita, las cajitas de música, pequeños estantes con sus libros que adivino llenos de figurillas coloreadas y que, seguramente, contarán mil y una historias. Cómo he deseado estar ahí.

Hermana no está tan contenta. Pasa mucho tiempo durmiendo, a pesar del escándalo que se produce allá abajo. A pesar de que yo la llevo de una ventana a otra, a pesar de que me monto trabajosamente en un mueble cada vez más alto, importunándola con mis movimientos, incluso a veces lastimándola, tratando siempre de tener una mejor visión del lugar. Duerme sin importarle el ruido que hago cada vez que arrastro la silla a la ventana con el deseo de sentarme a ver el final de tamaña construcción.

Han colgado una lona al frente. Madre dice que hay muchos curiosos y que será mejor quitarla hasta que todo esté completo. Yo creo que lo hace para que otros niños menos afortunados no sufran de envidia al ver lo que Madre está construyendo para nosotras.

El día que Madre ha metido la llave en el cerrojo de nuestro temporal refugio he adivinado lo que está por suceder: ha llegado el momento de bajar al juguetero recién terminado. Madre nos toma en sus brazos, Hermana aprovecha para acariciar a Madre, quien con la mano libre nos cubre con una mantilla.

—Hay fresco —nos explica.

Cómo contar lo feliz que Hermana y yo hemos sido en el juguetero. No los primeros días, es cierto. No era suficiente lo bello del lugar: Hermana no disfrutaba. Al contrario, veía con furia a la gente que se acercaba a mirar. Primero fueron unos cuantos, pero luego, cada día ha venido más gente. Nos ven un momento, incluso se detienen, pero los que vienen tras ellos les apremian a continuar. A veces hasta se empujan. Hermana me rasguña, me da golpecitos con sus manos; yo la ignoro por un rato, pero luego me pongo en pie y me retiro de donde está la gente. Sé que eso es lo que me está pidiendo. Toda esa molestia ha durado hasta que Madre nos trajo al camellito albino. Un primor de camellito.

—Tiene el tamaño de un poni y así será por siempre —ha dicho Madre.

En cuanto Hermana lo ha visto, se ha puesto muy agitada: brazos y piernas se le mueven, como si quisiera correr a su encuentro. Voltea hacia arriba, me ve, y sé que me pide que me acerque, que la lleve con el camellito. La satisfago, yo misma siento una enorme curiosidad por él. Desde entonces lo hemos pasado muy bien. El camellito se deja acariciar por Hermana. Le corresponde pasando su enorme y rasposa lengua por la cara de ella, por sus manos, por sus piernillas desnudas, y siento cómo ella tiene esos pequeños espasmos que deben ser sus carcajadas. Qué felices somos.

La noche de la tormenta se ha venido abajo una gran parte de la construcción. Madre ha llegado minutos antes por nosotras, me ha tomado entre sus brazos y yo he arropado a Hermana para protegerle de la lluvia. A la mañana siguiente, Madre ha hecho cuentas de las reparaciones. Luego ha venido a vernos para explicarnos que venderá el camello. Hermana está enojada, me ve con sus enormes ojos siempre abiertos, siempre acuosos. Sus diminutas manos se retuercen nerviosas. Yo me alejo de Madre, no quiero que vea a Hermana en este estado.

Desde que se han llevado al camellito, Hermana se me ha empezado a marchitar, su cuerpecillo pende todo el tiempo de mí, sin movimiento propio. De vez en vez le levanto la cara, un poco para verla, un poco para animarla, pero ya no me hace caso. Sus ojos tienen aspecto gelatinoso y estoy segura de que ya no me ve.

Ayer, Hermana se me ha desprendido. He visto el hueco que me ha dejado, húmedo, viscoso, un poco sangrante. Le he gritado a Madre, he tomado a Hermana para volver a acomodarla en mí, pero no he logrado hacer que se quede. Madre llora y ve el cuerpecillo seco e inmóvil de Hermana.

A veces, Madre viene hasta aquí y me pide que baje al juguetero, pero para mí ya no es lo mismo.

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