El dios de las travesuras

El dios de las travesuras

Josué Ortega Zepeda

Josué Ortega Zepeda

Ficciones

Ely-ja estaba castigado: aún le escocían los varazos que el maestro había descargado sobre sus nalgas por no saberse completas las Letanías del Padre Sol.

Además de los varazos, el castigo incluía que el chico, de trece años, encontrara una trufa ígnea. Con el ánimo por los suelos, Ely-ja aventaba hojarasca a puntapiés, totalmente consciente de que aquella era una tarea condenada al fracaso —¡como si toparse con una trufa ígnea fuera cosa de todos los días y de todas las temporadas! Seguramente regresaría con las manos más que vacías y sería condenado a una segunda tanda de dieciocho y a una reprimenda de magnitudes apocalípticas cuando papá se enterara.

¡Qué había de malo en no aprenderse palabra por palabra las Letanías del Padre Sol! Honestamente, Ely-ja no sentía aberración por las oraciones ni por lo que decía el Libro Sagrado, ni por los Mandamientos —pensaba que era totalmente justo no robar o no matar—, pero por qué era que esas cosas prácticas y hasta a veces románticas y heroicas se volvían tan monótonas y aburridas en el ejemplo de los sacerdotes y de los maestros.

Ely-ja tampoco entendía por qué los adoradores de algo enorme, redondo y brillante como el Sol, debían ser tan estrechos, cuadrados y opacos. Tampoco comprendía por qué un dios creador de tanta diversidad, tantos cambios, tantas mutaciones entre los humanos y las criaturas, exigía que unos mismos mandamientos rígidos, dictados desde muchos siglos atrás, debían ser cumplidos, incluso ahora que los pensamientos y las necesidades no eran los mismos.

El Sol dormía durante la noche. No veía a los hombres. No reinaba cuando la oscuridad estrangulaba al mundo, por lo que no se le podía llamar un rey omnipresente y todopoderoso. El caso de la Luna, a la que otros tantos también adoraban, era muy similar al del Sol, aunque de manera invertida.

Ely-ja pensó enseguida que, si existiera una cosa impredecible, libre, sin turnos, lejana y cercana a la vez y con el poder de derribar y acariciar al mismo tiempo, seguramente él la adoraría. Esa cosa, en definitiva, tendría que ser como el viento.

¡El viento! ¡Cáspita!

Ely-ja se echó, relajado, con la cabeza algo más despejada de los regaños y de las crispadas sentencias de su profesor. Experimentó su cuerpo alargado sobre el suelo y pensó que el viento, con rugidos y empellones impetuosos o con palmaditas suaves y cariñosas de abuela, era el responsable de haber juntado toda esa tierra para hacerla montaña. Así, sin más, durante miles de años, había sido el formador de todas las montañas y de todos los valles del mundo.

Fue el viento quien exhaló vida sobre su inexpresivo rostro de recién nacido cuando mamá le cantó la primera nana de su vida; también era el que le acariciaba la oreja, en el susurro de la abuela, cuando ésta se inclinaba para murmurarle que ya era hora de levantarse. Era el viento el que arremolinaba las nubes antes de que los adivinos las tomaran por presagio. Era el viento el que apaciguaba el calor, inclemente castigo del Padre Sol. Era el viento el que apagaba la vela y también el que avivaba la hoguera en las gélidas noches invernales.

Fue el viento el que, alzando travieso la enagua de la vecina, lo despertó al deseo sexual.

El viento, a diferencia de la Luna y del Sol, no era tan serio y rígido en su andar, pero precisamente su irreverencia y holgura era lo que lo haría una deidad divertida y apetitosa, un dios travieso.

Ely-ja estaba decidiendo que adoraría al viento a partir de ahora cuando, precisamente el viento, arremolinó la hojarasca y reveló ante sus ojos la trufa ígnea más grande y más hermosa de toda su vida. Ely-ja rió y brincó con tal distracción y desvergüenza como cuando tenía apenas cinco años. Llevaría la trufa ante su profesor y entonces el avergonzado y castigado sería él, serían todos: maestros, sacerdotes, su padre, y cada necio que se encargaba de encasillar el espíritu en absurdas tradiciones.

Así pensaba Ely-ja cuando de pronto, la inmensa alegría en su corazón brincó de esos pensamientos a otro más claro y coherente: ¿y si al viento, por su propia naturaleza, le importaba una mierda ser adorado? ¿Y si, a diferencia del Sol y de la Luna, el viento era un dios que en vez de amar que le ofrendaran amaba ofrendar cosas a los humanos?

Ely-ja descendió por la pendiente, hacia su destino.

La deliciosa trufa ígnea, deshaciéndose en su boca tras una gran mordida, lo sumergió en una experiencia de placer indescriptible.

Se acortaba el tiempo para los dieciocho varazos, pero a Ely-ja ya no le importaba: ahora, el dios de las travesuras se había declarado su amigo.

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