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El horror de Horacio Quiroga

El horror de Horacio Quiroga

Pita Escalona

Creatividad

El escritor Horacio Silvestre Quiroga Forteza observaba al mundo como si éste fuera un inmenso libro: las personas de carne y hueso se convertían en personajes que trasladaba al papel, y la más agradable brisa o el más tempestuoso huracán, las monótonas calles de concreto o las sorprendentes selvas tropicales, se convertían en escenarios de sus historias. La vida de Quiroga era una obra literaria sin fin: de aquí y allá tomaba fragmentos para combinarlos y transformarlos a su antojo.

Este hombre, que en sus retratos aparece serio, pensativo, delgado y elegante, mirando con ojos cristalinos, nació en Salto, Uruguay, el último día de 1878; fecha marcada por un funesto destino, que comenzó a desvelarse a los pocos meses de su existencia con la muerte de su padre. Tragedia, desgracia, enfermedad, sufrimiento, amor, desilusión, locura y muerte son los temas de su repertorio literario, al que se suman historias para niños inspiradas en sus vivencias selváticas. Toda su obra está salpicada —o, mejor dicho, bañada— de tintes autobiográficos.

Fue un hombre ávido de nutrir el espíritu antes que el cuerpo, y constantemente se alimentaba de poesía. Le interesaban la literatura, la filosofía, la fotografía y el ciclismo pero, sobre todo, le fascinaba leer a Edgar Allan Poe, con quien suele comparársele al punto de decir que Quiroga es el Poe latinoamericano.

Una tragedia tras otra

Conoció a su primer amor y también la desilusión amorosa, que vino cuando los padres de la joven, por ser judíos, impidieron la relación. Las crueles consecuencias alimentarían dos de sus obras: Las sacrificadas (1920) y Una estación de amor, escrito en 1898 y publicado varios años después en una célebre colección de cuentos.

La muerte lo eligió, pero él eligió el momento de morir. Uno tras otro, sus seres queridos fueron dejando este mundo, y ahí comienza el asombro: ¿cómo pudo tomar una luz de inspiración de tan negro panorama?, ¿cómo revivir momentos tan dolorosos y transformarlos en impactantes y terroríficos relatos?

Quiroga atestiguó el suicidio de su padrastro. Con la idea de encontrar fama y fortuna, Horacio decidió invertir su herencia en un viaje a París, pero las cosas no salieron cómo lo planeó, así que, luego de cuatro meses, regresó a Uruguay pobre y enfermo. En Montevideo, junto con un grupo de amigos, fundó una especie de laboratorio experimental de poesía y logró publicar el libro Los arrecifes de coral (1901). Sin embargo, poco le duraría la satisfacción: ese mismo año, murieron de fiebre tifoidea sus hermanas Pastora y Prudencia; la cadena de tragedias crecería con la partida de su mejor amigo, Federico Ferrando, a quien él mismo dio muerte de forma accidental mientras limpiaba un arma. Estos sucesos lo ahuyentaron de su tierra natal y lo condujeron a Buenos Aires, donde consiguió un puesto como maestro de castellano en el Colegio Británico.

Cuentos y fatalidad

Por su habilidad como fotógrafo, fue seleccionado para acompañar al poeta y periodista Leopoldo Lugones a una expedición a la selva, en el norte de Argentina. El viaje lo marcó de tal manera que, a su regreso, optó por dejar a un lado la poesía, dedicarse a la escritura de cuentos y mudarse a la exuberante provincia argentina de Misiones al lado de su alumna Ana María Cires, con quien contrajo matrimonio y procreó dos hijos: Eglé y Darío.

Durante su estancia en la selva, entre 1910 y 1916, escribió un libro —del cual hablaré más adelante— que incluye el cuento “El almohadón de plumas”, en el que una mujer recién casada sufre desvanecimientos y se va apagando, en la flor de su juventud, a causa de un pequeño monstruo que habita en su almohada.

En Misiones, Quiroga se encargó de la educación de los pequeños y les inculcó la lectura de cuentos y poesía. Aunque era muy estricto, los niños se divertían mucho con sus lecciones, que algunos calificarán de poco ortodoxas: los sentaba a la orilla de un acantilado o los obligaba a pasar una noche solos en la selva para fortalecer su carácter y enseñarles medidas de supervivencia. Su esposa no comulgaba con aquel método y su indignación llegó al extremo del suicidio: bebió un frasco de veneno y murió luego de ocho días de delirio.

El escritor no soportó la tristeza y se trasladó con sus hijos a Buenos Aires, mientras se consolidaba la publicación del libro que lo llevaría a la cumbre narrativa: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), que alberga uno de los cuentos más famosos del uruguayo: “La gallina degollada”, el cual trata sobre un matrimonio feliz que desea tener hijos; los cuatro primeros, tras haber nacido sanos, al año y medio se vuelven tarados. La pareja continúa intentando procrear un hijo normal, hasta que nace una niña preciosa y sana quien recibe todo su amor, mientras los cuatro primeros quedan a expensas de la niñera. Un día, los pequeños retrasados presencian la muerte y preparación de la gallina que comerían más tarde. El final del breve relato es indescriptible, terrorífico.

Los hijos de Quiroga, por su parte, como recompensa por haber vivido en un miserable sótano de la capital argentina, tuvieron el honor de que su padre les dedicara su libro Cuentos de la selva (1918), que contiene ocho relatos infantiles protagonizados por animales parlantes.

De regreso en Misiones, se enamoró de una joven a la que, a pesar de sus esfuerzos, no logró conquistar. Al percatarse de la insistencia del cuentista, los padres de la muchacha se la llevaron lejos, por lo que un devastado Quiroga decidió convertir su casa en un astillero y construir una embarcación —Gaviota—,en la que navegó hasta Buenos Aires. Allí lo esperaba la que sería su última esposa, María Elena Bravo, compañera de escuela de su hija Eglé. De ese amor nació una niña en 1928, y a las dos se las llevó a vivir a Misiones; sin embargo, madre e hija no soportaron las incomodidades de la selva y, tras interminables pleitos, lo abandonaron.

Las molestias que sufría en el vientre eran cada vez más fuertes, y Quiroga tuvo que trasladarse a Buenos Aires para ser atendido. Un día de los muchos que pasó en el hospital, escuchó gritos de dolor y notó que provenían de un cuarto distante, ocupado por un hombre —Vicente Batistessa— tan deforme como el hombre elefante. Quiroga pidió a los médicos que lo llevaran hasta aquella habitación, donde encontró a un amigo y futuro cómplice.

Cuando los médicos le informaron que tenía cáncer de próstata y que era incurable, el escritor quiso ganarle tiempo a la muerte y pidió permiso para salir a dar un paseo. Regresó con un frasco de cianuro, que bebió con la ayuda de Vicente. Falleció a los pocos minutos, luego de mucho dolor, el 19 de febrero de 1937.

Al revisar la vida de Horacio Quiroga, uno concluye que parece sacada de un libro de horror y que muchas de sus historias no son sino geniales reflejos de su pavorosa existencia.

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