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El poder de la música en nuestras emociones

El poder de la música en nuestras emociones
Julio Manzanares Brecht

Julio Manzanares Brecht

Inspiración

Desde el pasado más remoto, la música ha estado vinculada a las emociones y acciones del ser humano. La utilizamos como un modo de comunicación, pero también como herramienta de supervivencia. Por eso sus usos son diversos: en el ritual, la celebración, como alerta de peligro, ante un hecho triste o victorioso, para deleite o como medio de denuncia.

Inicialmente se desarrolló como un lenguaje local, pero con el tiempo cobró una proporción universal. Y hoy en día hay creaciones musicales que representan a regiones o generaciones enteras o, incluso, melodías con las que se pretende representar a la humanidad en su conjunto.

La música tiene un efecto profundo en lo individual, lo colectivo y en lo más profundo del espíritu humano. Algunos lenguajes resultan incomprensibles para algunos sectores sociales, pero la música puede ponernos a cantar, bailar, tararear o llorar a todos, pues potencia las emociones haciéndonos más empáticos e, incluso, vinculándonos de manera más intensa con la naturaleza.

Ya que la música activa áreas cerebrales que echan a andar la imitación y la empatía, las neuronas espejo reflejan las acciones e intenciones de los otros como si fueran propias. De esta manera podemos sentir el dolor de los demás, su alegría, tristeza, angustia o su miedo. Y puesto que altera nuestras emociones, también puede crear o quebrantar lazos personales o sociales, porque nos permite compartir sentimientos o diferir de ellos.

La música tiene la capacidad de expandir la conciencia individual, y también la de vincularnos con la conciencia colectiva. En este sentido, podemos recordar la catarsis a la que llegan algunas tribus al entonar cantos o hacer sonar sus instrumentos musicales, o bien, la euforia que sentimos en medio de un concierto de nuestro músico predilecto. Cuántas veces los eventos musicales, al desbordarse, han culminado en actos violentos o en situaciones en que las masas alcanzan un tipo de éxtasis con la sutileza de un concierto.

Banda de música tradicional

Gracias a los hallazgos de la ciencia, hoy sabemos que la música es capaz de hacer evolucionar diversas capacidades neuronales y potenciar nuestras formas de inteligencia, la racional y la emocional. Por eso es una herramienta muy poderosa con múltiples aplicaciones, capaz de alterar nuestro estado de ánimo porque asociamos sus sonidos con emociones y experiencias, y por ello, reaccionamos acorde al contexto.

Pero aunque escuchemos una canción triste, podríamos sentirnos alegres o relajados, y viceversa: una pieza alegre puede ponernos tristes. A mí me ha pasado, y también que no logro identificar con exactitud la razón de la intensa emoción que experimento al escuchar alguna canción. Recuerdo con simpatía que, al escuchar el álbum Animals de Pink Floyd, mi abuelo más de una vez me pidió clemencia para silenciar “esos tamborazos”, a diferencia de mi abuela que exclamaba “¡Cómo me gusta ese disco!”, aludiendo al Mixup de The Cure. A mí los boleros que escuchaban mis abuelos me deprimen y el rock & roll en español sesentero de mi padre me pone de muy mal humor.

Los científicos aún no se ponen de acuerdo acerca de por qué la música tiene un efecto tan profundo en nuestras emociones, pero algunos estudios nos dan algunas explicaciones. A través de la resonancia magnética, se ha comprobado que ningún otro estímulo auditivo es capaz de hacer trabajar a tantas neuronas al mismo tiempo: al conjunto de sectores que se activa al escuchar un buen son se le llama el “circuito musical del cerebro”.

“No existe casi ninguna parte del cerebro que no se vea afectada por la música”, dice Stefan Koelsch, neurocientífico y profesor de psicología de la música de la Freie Universität de Berlin. También se sabe que si bien a la persona que escucha música se le activan muchas zonas del cerebro, a la que la crea mediante algún instrumento se le activan casi todos los sectores.

Un estudio de 2001 de los neurocientíficos Anne Blood y Robert Zatorre, de la Universidad McGill en Montreal, explica que lo que percibimos al oír música placentera es similar a lo que experimentamos con el buen sexo, la comida sabrosa o las drogas potentes.

Al escuchar música, se activan las regiones límbicas y paralímbicas del cerebro, asociadas a las respuestas eufóricas, debido al impulso que genera la dopamina, un neurotransmisor que asocia el placer con nuestra supervivencia y propagación. Ese hecho permite entender por qué muchas veces, al escuchar música, ésta es casi una adicción y nuestro cuerpo pide más.

A estos descubrimientos se suma una teoría del filósofo y compositor Leonard Meyer, quien en 1956 propuso que la emoción en la música tiene que ver con lo que esperamos: cuando hallamos lo que queremos —ya sea amor, sabor o una sustancia—, la recompensa es enorme y queremos repetir la dosis o, en este caso, la pieza musical.

Por otra parte, hay que aclarar que las emociones que produce la música están vinculadas con la cultura, con nuestras experiencias personales y colectivas, que influyen en el disfrute de la obra musical. Variantes como la edad, el sector social, el grado de conocimientos, la región geográfica o el momento histórico, así como la escucha a solas, en pareja o en grupo, inciden en este disfrute musical. Sin embargo, estudios coordinados por Stefan Koelsch indican que por distintas que sean las sociedades, ante una pieza musical alegre o triste, la gran mayoría de sus miembros perciben la emoción correspondiente.

Público en concierto

¿A poco no conoces a alguien que en público hace gala de sus exquisitos gustos musicales, pero en la ducha se tararea una canción popular? ¿Y acaso no tienes en tu playlist canciones que te gusta cantar a todo pulmón y otras que usas para deprimirte deliberadamente? Las emociones que despierta la música son incontables y difíciles de describir, pues no sólo genera “buenas vibraciones”, sino también ansiedad, aburrimiento, ira y hasta temor.

No es difícil saber que la música tiene la capacidad de modificar radicalmente estados de ánimo y, por lo tanto, inducir a ciertas acciones; pero la ciencia ha revelado además que es posible modular cualquier estructura emocional del cerebro gracias a los estímulos musicales: así de grande es el poder que tiene sobre nosotros como seres emocionales y como organismos.

Como la música tiene aplicaciones prácticas, no es extraño que se use para restaurar la salud emocional y física, así como en asuntos relacionados con lo espiritual. Parece una bella, placentera, saludable y satisfactoria opción que a través de la música podamos desarrollar nuestras capacidades cerebrales, mejorar nuestra salud e incidir en nuestros estados de ánimo. Así que, a ampliar el playlist.

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