El síndrome de Madame Bovary

El síndrome de Madame Bovary

Michelle Medrez

Michelle Medrez

Miscelánea

En 1892, en su ensayo “Le Bovarysme, la psychologie dans l’œuvre de Flaubert”, el filósofo Jules de Gaultier describió una psicopatología llamada “bovarismo”, que se origina en el análisis de la obra Madame Bovary de Gustave Flaubert y toma a Emma, la protagonista, como el estereotipo perfecto de una persona que sufre lo que él llamó “una insatisfacción crónica afectiva”.

En la obra, Emma está muy contenta con la vida matrimonial, pero luego las cosas cambian sutilmente: la mujer “apenas puede persuadirse de que la tranquilidad de su vida actual era la felicidad de sus sueños”. Al no haber obtenido la felicidad que esperaba, empieza a sentirse atrapada en un matrimonio sin amor.

Así es que Emma comienza a preguntarse qué significan exactamente la dicha, la pasión y el éxtasis, palabras que lucían tan hermosas en los libros; esto la lleva a un buen número de desaciertos extramaritales y amargas decepciones desatadas por sus desproporcionadas expectativas.

Así, Emma usa el romance como una droga para alterar su conciencia. El romance puede ser una forma de narcótico y, como cualquier otra adicción, empieza a destruir su vida, aunque sea por una dependencia excesiva a la fantasía. Se construye un mundo fantástico que no corresponde a la realidad, de modo que le resulta complicado lidiar con la rutina y la mediocridad de lo cotidiano.

Bovarismo en el mundo real

Para quien sufre de este síndrome, la frustración emerge cuando el mundo proyectado no se rige por las reglas que espera y no protagoniza las vivencias que anhela. Por eso, una de sus características es la tendencia a la idealización del amor y las relaciones complicadas y tormentosas —que la persona considera “románticas y apasionadas”.

El problema es que, al no tomar nota de su alrededor, la persona no establece planes concretos para hacer realidad sus metas, sino que se limita a elaborar fantasías sin tomar en cuenta los recursos de los que dispone; entonces, las expectativas son asumidas como hechos, en lugar de ser simples hipótesis, y así se persiguen amores imposibles o estilos de vida fuera de sus posibilidades.

Las personas con el Síndrome de Madame Bovary suelen ser víctimas de un  sesgo de confirmación, ya que mantener la ilusión requiere un procesamiento selectivo de la información del entorno: se da prioridad a lo que confirma nuestras creencias distorsionadas y se hacen oídos sordos a las señales que las cuestionan e indican que vamos por el sendero equivocado. Tarde o temprano, la realidad acaba imponiéndose, lo que provoca un gran sufrimiento.

A menudo estas personas no reconocen sus debilidades o limitaciones, no se conocen y piensan que lo merecen todo. También reaccionan exageradamente a los conflictos, tornándolos tragedias, y en ocasiones adoptan comportamientos que rayan en la paranoia. También hay tintes de un trastorno narcisista pues, al igual que Bovary, estas personas tienen una imagen glorificada de sí mismas.

En general, las personas que se relacionan con ellos suelen describir a quienes sufren este síndrome como seres inmaduros, egocéntricos, con baja tolerancia a la frustración, tendencia a la victimización y a la justificación, además de que culpan a los demás por las cosas malas que les suceden.

Ahora bien, a pesar de lo que podría pensarse, el síndrome no es exclusivo de las mujeres: el estilo de vida moderno ha equilibrado la incidencia, mientras que plataformas de streaming como Netflix brindan mayores oportunidades de evadirse de la realidad, independientemente del género.

Para los académicos y profesionales, el término “síndrome de Madame Bovary” está prácticamente en desuso, pues no tiene validez diagnóstica ni se encuentra en ninguna clasificación de trastornos mentales; sin embargo, comparte rasgos con trastornos de la personalidad como el histriónico y el narcisista.

El bovarismo, como también se le conoce, es el término que se utiliza actualmente para denominar al producto de rasgos exacerbados de una personalidad que fantasea con una vida idílica, alejándose cada vez más de la realidad; debido a la gran insatisfacción que genera, existe el riesgo de conductas suicidas.

Si te identificas con estos síntomas y sientes mucha ansiedad, tristeza, resentimiento, agitación e ira, esto es buena señal para iniciar un proceso terapéutico. El primer paso para encontrar la solución a este problema es la consciencia de que algo anda mal y de que estás evadiendo la realidad. La clave es admitir que, aunque construyas castillos en el aire, nunca vivirás en ellos…

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