Fluir o cómo dejar de intentar controlar todo

Fluir o cómo dejar de intentar controlar todo

Nancy Gutiérrez Olivares

Nancy Gutiérrez Olivares

Inspiración

¿Sabes qué es un nanómetro? Bueno, visualiza primero un milímetro: esa unidad que tu ojo aún alcanza a percibir y que es la fracción más pequeña de una regla escolar; ahora imagina que divides esa pequeña fracción en un millón de partes. Así es: cada uno de esos pedacitos es un nanómetro, y es lo que mide en promedio el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 que, desde marzo de 2020, cuando se declaró la pandemia, tiene en jaque a la humanidad.

Fue en diciembre de 2019 que, desde Wuhan, China, fuimos notificados por primera vez de la existencia de este virus. Y si bien el mundo ya había enfrentado guerras mundiales, terremotos, tsunamis, huracanes e inundaciones, nunca en la historia contemporánea algo tan diminuto había descontrolado el orden mundial con la dimensión que hemos presenciado.

Coronavirus SARS-CoV-2

El control social que caracteriza a los gobiernos chinos fue aún más estricto: los protocolos de aislamiento en Wuhan y las ciudades circundantes fueron como de novela de ciencia ficción, y en el resto del mundo se vivió la mayor cuarentena en la historia. Hoy seguimos viviendo los efectos de esta pandemia que, desde el día uno, ha dejado lecciones y aprendizajes tan diversos como los contextos desde los cuales la hemos afrontado.

Una lección que muchas personas compartimos es la conciencia de sabernos frágiles ante la incertidumbre y de nuestra incapacidad de controlar la realidad, que en estos momentos está determinada hasta cierto punto por el diminuto virus. Durante los primeros meses de 2020, las agendas se volvieron obsoletas y los intentos de planeación, un sinsentido: reuniones de trabajo, celebraciones, viajes, clases y todo lo que implicara convivir en un mismo espacio quedó suspendido en el tiempo o, incluso, cancelado. Las pérdidas económicas fueron poco relevantes en comparación con la ola de pérdidas humanas que sigue sin desaparecer del todo. Y así, a la mala, tuvimos que aprender a dejar de intentar controlar situaciones tan cotidianas como la escasez de papel de baño.

Si bien todos tenemos cierto control sobre nuestras acciones en los ámbitos profesional y personal, nuestro cerebro está más equilibrado cuando tenemos la sensación de que podemos satisfacer las necesidades de nuestro organismo: si tenemos hambre, comer nos hará sentir bien; si sentimos frío, abrigarnos nos aliviará. Pero cuando estas soluciones no están disponibles o dependen de otros, la sensación de control se diluye o, incluso, se pierde.

Depositar la responsabilidad del retorno a un punto de equilibrio en factores ajenos a nosotros puede llevarnos a descubrir la inutilidad de nuestros intentos por controlar todos los aspectos de nuestra existencia, pues la permanencia o el fin de muchas situaciones están fuera de nuestro alcance.

Así, a casi dos años del inicio de la pandemia, una de las lecciones es que lo opuesto al control no es el caos, sino el equilibrio, y que encontrarlo es un proceso de aprendizaje cotidiano, no un fin en sí mismo. Y uno de los caminos para hallar este equilibrio es dejar de intentar controlar situaciones, personas, circunstancias, tiempos y otros factores en los que depositamos la respuesta a nuestras necesidades, e intentar tomarlos de la mano para fluir con ellos.

La sensación de que al dejarnos fluir “perdemos el control” por no tener claridad en los resultados inmediatos no es algo que desaparece en un instante; este aprendizaje viene de asumir y abrazar las circunstancias. La lucha contra ellas puede ser tan absurda como la de la princesa Nuwa, a quien su amor por el mar la convirtió en una apasionada navegante­… y en férrea vengadora.

Desde muy joven, Nuwa disfrutaba adentrarse en pequeños botes a las orillas de las hermosas bahías del reino de su padre, el emperador chino Shen Nong, quien cuidaba de ella en sus primeras travesías. Su habilidad para navegar aguas turbulentas fue perfeccionándose hasta que tuvo la confianza de que nada malo le ocurriría. Pero un día que decidió adentrarse sola en altamar, una gran tormenta hizo naufragar su embarcación, arrojándola en las aguas más profundas. Al caer la noche, su padre la buscó sin éxito; la pérdida de su amada hija lo hundió en una terrible depresión que lo llevó a la muerte.

'Nuwa se convirtió en la hermosa ave Jingwei...'

Así, el alma apasionada de Nuwa convirtió todo el amor por el mar en un odio tan profundo como las aguas en las que había perecido; por eso decidió regresar a vengar su propia muerte y la de su padre. Nuwa se convirtió en la hermosa ave Jingwei, volvió a la Tierra para enfrentarse con el mar y amenazó con secarlo, arrojándole todas las piedras, ramas y cuanto objeto pudiera soportar hasta llenarlo y acabar con él. Así nadie volvería a morir ni a sufrir por su culpa.

'El mar, burlándose de ella, la retó a intentarlo...'

El mar, burlándose de ella, la retó a intentarlo, advirtiéndole que no lo lograría. Es por eso que hasta el día de hoy se pueden observar hermosas aves, como Jingwei, sobrevolando las bahías chinas y arrojando ramas y piedritas. Aprender a fluir es también aprender a planear y a disfrutar del vuelo; la otra opción es unirnos a las parvadas de Jingwei e intentar secar los océanos arrojando piedrecitas que terminan siendo del tamaño de un nanómetro en el mar…

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