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Inspiración: ¿qué pasa en el cerebro cuando “nos hablan las musas”?

Inspiración: ¿qué pasa en el cerebro cuando "nos hablan las musas"?
Francisco Masse

Francisco Masse

Inspiración

¿Qué es exactamente la inspiración? ¿De dónde proviene ese “estímulo que anima la labor creadora en el arte o la ciencia”, como lo define la Real Academia de la Lengua Española? Y, concretamente, ¿qué sucede en nuestros cerebros cuando nos sentimos inspirados y entramos en ese estado en el que “todo cobra sentido” y somos capaces de crear obras trascendentes? ¿Existe acaso una parte específica del cerebro encargada de esos brotes de inspiración?

Recuerdo que, durante las clases de Literatura, un maestro de la preparatoria nos describía la inspiración “como si alguien más, una voz que no es la tuya, desde dentro de tu cabeza te dictara, palabra por palabra, lo que tienes que escribir”. Por mi parte, desde los días cuando estudiaba diseño gráfico siempre he querido hallar el método para encender a voluntad esa “chispa de genialidad” que uno experimenta en momentos de inspiración y que permite dar con soluciones estéticas, originales y eficaces, que es a lo que todo creador aspira llegar.

La solución a ese enigma siempre se me escabulló, lo mismo que el método para desencadenar la reacción química neuronal precisa que conduce al estado mental que produce actos creativos fluidos, pues uno no dispone más que de anécdotas de genios que usan la regadera, los paseos, las siestas, los sueños, ciertos rituales o a la meditación para propiciar la dulce llegada de las nueve musas descritas por el poeta Hesíodo… o de alguna otra que se les haya unido.

Los científicos ya escudriñan los mecanismos y la neurociencia detrás de ese "estadio...

Pero en esta segunda década del siglo XXI los científicos ya escudriñan los mecanismos y la neurociencia detrás de ese “estadio emocional subjetivo, repentino y efímero, en el que de manera concentrada experimentamos sentido y tras el que, generalmente, nos vemos motivados a actuar”, que es la definición de Jesús Alcoba González en su libro Inspiración. La llama que enciende el alma. Pero, para estudiarla, primero hay que definirla con palabras más precisas de las que usan los poetas, así como analizar sus componentes psicológicos.

En su ensayo “Inspiration as A Psychological Construct”,[1] los investigadores Todd M. Thrash y Andrew J. Elliot definieron a la inspiración como un constructo tripartita compuesto por tres características esenciales del estado de inspiración: la evocación, la trascendencia y la motivación. La evocación se refiere a que la inspiración es evocada más que iniciada deliberadamente por el individuo, el cual no se siente responsable de dicho estado y lo adjudica a un estímulo externo, tal como una persona, una obra de arte, un aroma o un sonido, el cual produce una especie de “visión” o de “epifanía”; durante el episodio, el sujeto se da cuenta, de forma vívida y concreta, que se han abierto nuevas posibilidades y que se han generado ideas novedosas que trascienden lo ordinario y lo mundano; una vez inspirado, el individuo se siente fuertemente motivado a actuar, a expresar, realizar, llevar a cabo o cristalizar la nueva visión.

En el mismo estudio, Thrash y Elliot precisan que la inspiración consiste en dos procesos distintos: uno pasivo, un estado mental o emocional en el que el sujeto “es inspirado por”, y uno activo, en el que el sujeto “está inspirado a” y supone una voluntad de acción. Pero volviendo a mi búsqueda de la chispa inspiradora, parece que la inspiración funciona justo al revés, pues para dar con ella es preciso, justamente, no esforzarse. O, al menos eso sugiere un artículo del diario español El Mundo,[2] que da cuenta de investigaciones científicas recientes.

La inspiración se presenta con más frecuencia cuando el cerebro está en reposo o...

Así es: estudios indican que la veleidosa dama de la inspiración se presenta con más frecuencia cuando el cerebro está en reposo o realizando actividades que no requieren demasiada atención ni concentración —por ejemplo darse un “regaderazo”, lavar platos, caminar o ir en el transporte público—, pues en esos momentos entra en juego la red neuronal por defecto, un conjunto de áreas cerebrales en la corteza prefrontal, parietal y temporal que se activa intensamente cuando el sujeto está sosegado y sin concentrarse en una tarea específica.

“Hoy sabemos que la inspiración suele surgir cuando hay una inhibición de las redes y los componentes menos racionales toman las riendas del cerebro” —explica Sergio Lerma, investigador de la Fundación de Investigación Biomédica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, en España—; por eso surge cuando se realizan tareas que no exigen mucha concentración ni atención hacia los demás y “parece que uno no está haciendo nada”, pues al centrar la atención en un asunto concreto, la actividad de esa red neuronal disminuye.

Por último, demos un vistazo al multicitado asunto de la neuroplasticidad. Un artículo del portal LifeHacker nos recuerda que los neurocientíficos confirmaron que nuestro cerebro es capaz de formar nuevas “conexiones neuronales” incluso en la edad adulta, lo cual hace algunas décadas no se creía posible. Esto va más allá de ser una metáfora: cuando haces una nueva conexión, tus neuronas literalmente se reacomodan para alojar nuevos procesos; entonces, la generación de pensamientos creativos o inspirados dependerá de la plasticidad de tu cerebro —es decir, de su capacidad de relacionar datos, hechos y piezas de información aparentemente disasociados.

Este proceso de formación de caminos neuronales no siempre sucede con la misma eficiencia: cuando estamos alertas, nuestro cerebro produce ondas beta que nos permiten enfocarnos en tareas que ya conocemos; al estar más cansados, distraídos o somnolientos, se presentan ondas cerebrales alpha y theta, que son más lentas e inducen una mayor relajación, la cual a su vez permite que las ideas hallen nuevos cauces y hagan conexiones novedosas.

Lo anterior explicaría por qué muchos hemos dado con la frase exacta, con la idea creativa que nos eludía y con la solución al problema que nos habían quitado el sueño durante días, momentos antes de caer dormidos, cuando nos distraemos o realizamos una actividad rutinaria. Así, al parecer el mejor método para atraer a la musa es esenfrascarnos en el trabajo hasta el límite de nuestras capacidades y entonces, cual modernos Arquímedes, relajarnos en la tina dejando que la red neuronal por defecto conecte dos ideas distantes y nos haga gritar: “¡Eureka!”

Cierre artículo

[1] https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/12703654/, citado en “The scientific study of inspiration in the creative process: challenges and opportunities”, consultado en https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4070479/#B61.

[2] “La ciencia de la inspiración: así funciona tu cerebro para que tengas buenas ideas”, consultado en periódico El Mundo el 10 de enero de 2023 en: https://www.elmundo.es/papel/historias/2019/03/22/5c938f2221efa0745a8b4613.html

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