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La interpretación junguiana de los sueños

La interpretación junguiana de los sueños
Patricio Bernal

Patricio Bernal

Mente y espíritu

Los sueños son palabras que guían al alma.
Carl Gustav Jung

Si uno lee un poco, no es difícil dar con la razón por la que Sigmund Freud dejó de considerar al psicoanalista suizo Carl Gustav Jung el heredero intelectual que continuaría con su legado, y decidió no tener nada que ver con él.

En la teoría freudiana abundan las menciones a desórdenes provocados por la represión, la exposición o la negación del sexo. Además, en ella los niños son vistos como pequeños “perversos polimorfos” que egoístamente desean deshacerse de uno de sus progenitores para quedarse con el otro, y al crecer, ese Ello vive en un punto ciego de la psique, con el Superyó imponiendo al Yo la voluntad de nuestros mayores a pesar de la distancia y el tiempo. Todo lo anterior constituía un componente psíquico que sólo se podría sublimar en los sueños.

Sin embargo Jung, más proclive a buscar respuestas provenientes de ángulos esotéricos —y que no se privaba de juguetear con ideas metafísicas como la alquimia o la mística de los países orientales—, acabó por caminar en la cuerda floja que divide la charlatanería de la ciencia y terminó ofreciéndonos una inusitada respuesta a las acuciantes preguntas que siempre han asaltado a la humanidad: ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿cuál es el propósito de la vida?

Los sueños eran tan importantes para Jung que, en más de una ocasión, su inspiración para explicar la mente humana la obtuvo de un sueño. Por ejemplo, a los tres años soñó que descendía a la Tierra y vio un enorme símbolo fálico sentado en un trono; su madre le decía que era el “comehombres”, un símbolo que después asoció con Jesucristo, puesto que su nombre era evocado cada vez que un cuerpo era entregado a la Tierra. En su recuerdo, ésa fue la primera ocasión en que asoció los elementos de un sueño con las fuerzas primigenias y oscuras que serían su campo de estudio profesional.

Como se mencionó antes, mientras que su maestro Freud asociaba cualquier simbología onírica con la sexualidad, incluso la infantil, para Jung no todo giraba en torno a ese eje. Para el suizo, la satisfacción de un bebé al recibir el pecho materno no era sexualizada, como afirmaba Freud, sino simplemente el resultado de haber sido alimentado y reconfortado. Por esa razón, los sueños tampoco eran necesariamente una expresión causada por la represión de las pulsiones y deseos que en la vigilia tratamos de ocultar, incluso de nosotros mismos. Por lo contrario, para Jung los sueños servían como una vía de comunicación con el inconsciente, un modo de alcanzar la plenitud y una vía para resolver problemas en apariencia indisolubles, ya que éstos revelan aspectos de la persona y de su relación con los demás, tanto en su sentido aparente como en el latente —a diferencia de Freud, en cuya teoría existía un código oculto al soñador. Por todo esto es que Jung pensaba que no que hacía falta el psicoanálisis para desenmarañar la simbología oculta en los sueños: según él, si durante años se lleva un registro acucioso de éstos, uno mismo es capaz de interpretar sus propios sueños, ya que fue el mismo inconsciente el que los codificó.

Con respecto al inconsciente, también hubo una seria discrepancia entre ambos científicos. Ya se mencionó la estratificación freudiana en Yo, Superyó y Ello; por su parte, Jung también partió del Yo, que es el aspecto externo y social con el que nos identificamos, para luego proponer el Inconsciente, con la novedad de que éste se divide en dos: un Inconsciente individual, forjado por las experiencias propias de cada persona, y un Inconsciente colectivo, compuesto en gran medida por los Arquetipos, que son símbolos emocionales compartidos por todos los individuos que son miembros de una misma raza; es decir, vividos no sólo de manera personal sino también traspersonal. Así, los arquetipos son símbolos o roles que cada ser humano identifica pero que provienen de la memoria colectiva de la especie.

Algunos de los arquetipos son: el Yo y la Sombra, entendiendo al primero como el núcleo central de nuestra identidad, y al segundo como ese lado oscuro del Yo donde reside la habilidad para hacer el mal. La Persona es una referencia al teatro griego: una máscara que usamos públicamente, la “cara” que mostramos a los demás. El Anima y el Animus son, respectivamente, el lado femenino que poseen los varones y el lado masculino en la psique femenina; comúnmente al Anima se le atribuyen características como la emoción o la creatividad que puede expresar un hombre, y el Animus suele asociarse con la razón, la lógica y la capacidad argumentativa de una mujer. Existen otras clasificaciones de arquetipos, de las cuales Jung no especificó cantidad o características; algunas de éstas otras pueden ser: el Héroe y la Heroína, el Padre y la Madre, el Mentor y el Aprendiz, la Doncella y el Anciano, etcétera. Con frecuencia, los escritores prestan atención a estos arquetipos en los argumentos de sus textos y siguen las particularidades comúnmente prescritas para cada uno.

Después de este apretado —y, seguramente, incompleto— resumen de la propuesta junguiana, esbozaré algunos lineamientos para interpretar los sueños según ésta misma. De entrada, es indispensable que lleves un registro de los mismos y procures recordarlos, pues si tras una noche de sueño no despiertas por ti mismo, y es la alarma la que lo hace, difícilmente podrás recordar lo que has soñado, así que es recomendable acostarse más temprano, cumplir con las horas que requiere el cuerpo y despertar de modo espontáneo.

Al registrar tus sueños, debes tomar nota de cada dato o característica que recuerdes, aunque te parezca irrelevante. Por ejemplo, si éste te provocó ansiedad, alegría o enojo, ya que ese nivel de detalle después te servirá en la interpretación. Si, por ejemplo, tienes inclinaciones artísticas, podrías intentar ilustrar tu sueño con algo distinto a las palabras: una obra dancística, pictórica o musical son algunas muestras de esta labor.

Después, debes dejar que el mismo inconsciente sea el que nos dicte la clave para decodificar su mensaje. Por ello, deberás repasar las circunstancias del sueño y después procurar el silencio mental: un momento de sosiego que acalle la cacofonía cotidiana y permita escuchar la voz de tu inconsciente. Por ningún motivo reprimas o juzgues las ideas que surjan; por el contrario, intenta explorarlas y sopesarlas hasta que halles una explicación convincente a ellas. Pero esa convicción debe provenir no de una autoridad en la materia, sino de tu propio interior; es decir, de la misma voz que te envió ese mensaje onírico: el inconsciente.

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