Search

Las mil y una noches… para adultos

Las mil y una noches... para adultos
Hugo Masse

Hugo Masse

Inspiración

Hay acontecimientos que suceden sólo una vez en la vida. Yo, por ejemplo, recuerdo la primera vez que escuché el álbum The Dark Side of the Moon de Pink Floyd, y casi podría afirmar que esa tarde fue cuando terminó mi infancia. Si alguna vez se patenta la tecnología para borrar la memoria con precisión quirúrgica, voy a pedir que se borre ese momento, tan sólo para volver a vivirlo.

Me imagino que algo parecido le ocurrió a la gente en la Inglaterra victoriana cuando lograba saltarse las cercas de la represión sexual de esa época. Una forma en que esto ocurría era a través del arte: los cuadros con ángeles y personajes mitológicos a menudo eran representados por mujeres que, a no ser por breves y vaporosos paños, estaban desnudas. Y en la literatura, cuando estas criaturas decimonónicas descubrieron el exotismo oriental, lo abrazaron con fuerza, pues les permitía escapar del corsé de las convenciones sociales. Y Las mil y una noches, traducido por el orientalista Richard F. Burton, cumplía muy bien con ese cometido, pues en su versión “directa y literal”, además de usar excesivamente arcaísmos del inglés, estaba fuertemente condimentada con escenas sexuales inusitadamente explícitas.

La fuerte impresión que esto debió de haber tenido en la sociedad está plasmada en una escena de Drácula (1992) de Francis Ford Coppola. El director buscó que el largometraje tuviera un aire de sueño erótico, y esto resulta evidente en una escena en la que vemos a las recatadas Mina y Lucy leyendo a escondidas un libro con ilustraciones que mostraban actos sexuales de parejas vestidas con ropas estrambóticas: sin duda era Las mil y una noches.

Tal vez la juventud actual, cada vez más partícipe del sexting, tenga un tanto complicado entender por qué en esa época se armó un gran revuelo por esta publicación. Curiosamente, las sociedades premodernas en las que las mujeres llevan el torso desnudo también se rascarían la cabeza al lado de nuestra juventud sexteadora: seguramente la clave está en el hecho de que basta con que algo se vuelva tabú para que se convierta en obsesión y objeto de nuestro deseo. Y el cuerpo humano —en especial el femenino—, con excepción del rostro y las manos, era un tabú en la Inglaterra victoriana.

He ahí el atractivo del exotismo oriental, cuyas corrientes profundas corren a lo largo de la literatura de hace dos siglos. En una sociedad como la victoriana, en la que cada persona tenía un lugar fijo que ninguno podía eludir, leer acerca de omnipotentes visires y rajás cuya sociedad y religión les permitía —o exigía— demostrar su valía con fastuosos palacios y con harenes en los que podían gozar de eso que para ellos era tabú, constituía un acto inmoral sólo excusable por el exotismo del asunto: sería impensable que la reina Victoria realizara actos similares, pero si era el maharajá de algún reino que ni siquiera se sabía si existía en realidad, nadie podía sentirse ofendido.

Richard F. Burton conocía bien a su sociedad y, cuando publicó sus diarios de viaje, había comprobado que estaba tan interesada como él en la sexualidad. En ellos, se extendía en detalles como la longitud peniana de diversas etnias y las prácticas sexuales de otros pueblos —implicando su propia participación en las mismas—, con los que exacerbaba el morbo de sus contemporáneos, quienes oscilaban entre el disgusto y la curiosidad, y quizá por ello toleraban su Sociedad Kama Shastra, un club privado con el cual eludió las leyes que prohibían cualquier publicación “obscena”. En asociación con Forster Fitzgerald Arbuthnot, Burton publicó diversas obras eróticas orientales, incluyendo el Kama Sutra, el Jardín perfumado y, por supuesto, la obra que inspiró este texto.

Cabe preguntarse si los detalles picarescos resultan necesarios en traducciones como la de Mardrus al francés, de la cual dice Borges que es licenciosa en ambos sentidos de la palabra, o la de Burton, “antropológica y obscena”. Desconozco la razón por la que hasta ahora nunca me había preguntado esto: ¿Por qué el rey Schahzaman de Salamarcanda Ti-Ajam decidió un día mandar degollar a su esposa, esclavas y esclavos, y pidió que su visir le llevara a una joven virgen, a quien desposaba, desfloraba y degollaba al amanecer? Cuando niños, esa parte del cuento era irrelevante e imprecisa, un detalle insignificante en el prólogo al desfile de maravillosos relatos —pues, como sabemos, Scheherezada, la hija del visir, terminó con la matanza al contarle una aventura distinta cada noche y abundar en los detalles a fin de dejarla inconclusa y, mediante esta táctica, postergar su ejecución una noche más—; pero la razón es la siguiente:

Cuéntase que hubo un rey entre los reyes de Sassan que tenía dos hijos. Llamábase el mayor Schahriar y su hermano, Schahzaman. Un día el mayor sintió vehementes deseos de ver a su hermano, por lo que ordenó a su visir que partiese y volviese con él, lo cual hizo; Schahzaman inmediatamente dispuso los preparativos de la partida, pero a medianoche recordó una cosa que había olvidado; volvió a su palacio apresuradamente y encontró a su esposa tendida en el lecho abrazada con un negro, esclavo entre los esclavos. Al ver tal cosa, el mundo se oscureció ante sus ojos.

Pero esa no fue la única ocasión que tuvo Burton para abundar en detalles lascivos. De visita con su hermano, Schahzaman, indispuesto por el recuerdo de la infidelidad de su esposa —a quien por cierto degolló, al igual que al esclavo—, es testigo de un infidelidad aún mayor por parte de su cuñada, en una orgía en la que participa una docena de esclavas y esclavos. Los hermanos, confundidos, se retiran al desierto a meditar en lo ocurrido, cuando se encuentran a un Efrit, genio poderoso y monumental, a quien contemplan desde lo alto de un árbol y que hace salir de una botella a una joven bellísima a la que había raptado el día de su boda. El Efrit cae dormido y, entonces, la joven obliga a los hermanos reales a fornicar con ella, bajo amenaza de despertar al genio y delatarlos. Ellos acceden a sus deseos y su sorpresa es mayor cuando ella les muestra quinientas setenta sortijas, una por cada amante que había tenido cuando el Efrit caía dormido. Los hermanos concluyen que si un ser tan formidable como el Efrit tampoco escapaba de las infidelidades femeninas, ¿qué podían hacer ellos?

Personalmente, esos episodios lúbricos me parecen totalmente relevantes y no me importaría saber más detalles, sólo para entender la frustración y la ira de los hermanos reales o su sorpresa al ser forzados, prácticamente violados, por la prisionera del Efrit. Aunque entiendo que esos pormenores me habrían resultado perturbadores de niño.

Pero ahora soy adulto…

Cierre artículo

Recibe noticias de este blog