Lenguaje inclusivo: pros y contras

Lenguaje inclusivo: pros y contras

Hugo Masse

Hugo Masse

Miscelánea

El uso hace la norma.
Eugenio Coserui, lingüista rumano

Uno de mis primeros recuerdos infantiles proviene de cuando iba al kínder, en una junta en que había muchas mamás, incluida la mía, y un solo papá. Y recuerdo que la maestra, al darse cuenta de que también había un padre presente, cambió de “mamás” y “señoras” a “señores” o “señores padres”.

Desde esa tierna edad, el incidente me hizo preguntarme si era justo que, por un hombre, las treinta y nueve mujeres ya no fueran llamadas “señoras”. Me pareció entonces —y aún pienso así— que la mayoría debería determinar el género del sustantivo que se usa en plural para referirse a un grupo heterogéneo de personas, o que la lengua española debería tener un plural en el que se reflejaran la multitud de géneros que pueden manifestarse en un grupo en particular.

Al estudiar un posgrado en lingüística, me di cuenta de que prefiero la postura descriptivista en lugar de la prescriptivista; esto es, prefiero examinar las características del lenguaje tal y como lo usan las y los hablantes —es decir, los usos—, antes que dedicarme a “limpiar, fijar y dar esplendor” [1]  a las reglas o sugerencias de uso de las academias —y, sobre todo, rechazo la idea de forzar a todos los hispanohablantes a ceñirse a ese corsé de talla única que, en realidad, a muy pocos nos queda a la medida.

En ese sentido y especialmente en las redes sociales, me he visto obligado a explicar que las reglas de la RAE no dejan de ser sugerencias de uso, y que el lenguaje en realidad sólo existe cuando las y los hablantes lo crean, usándolo para comunicar sus ideas. Y si en su afán por comunicarse de la manera más eficiente y económica rompen las reglas… pues, lo siento por las reglas: tendrán que ajustarse a las nuevas necesidades de quienes usan la lengua y no al revés.

De ahí que no me parece disparatado el lenguaje inclusivo —un poco del cual he usado en este texto—, sin llegar al punto que más odian los autoproclamados defensores de la lengua española: el uso de una inflexión de género nueva, no -o que indique masculino ni -a que indique femenino, sino -e como género neutro. “Les hablantes de la lengua española están listes para usar el nuevo género”.

Ícono identificador del lenguaje inclusivo desarrollado por Perspectivas Revista de Ciencias Sociales

Es revelador cómo lo, un género neutro que ya existe en español es en realidad masculino, lo cual queda claro al usarlo junto a un adjetivo: “Lo bueno es que ya llegaste”. Del mismo modo, los géneros plurales neutros —o que incluyen a hombres, mujeres y lo demás— son masculinos: “Los estudiantes sabrán qué hacer”, aquí manifiesto en el artículo definido.

He oído hablar de la “invisibilización” del género femenino y no me parece un concepto descabellado. Como quedó claro en el ejemplo del principio, en la gramática tradicional una sola gota de masculinidad “contamina” todo un mar de feminidad al punto de cambiar el género de todas ellas con su sola presencia, de modo que usamos la misma expresión para un grupo de 99 mujeres y un hombre que para un grupo compuesto por cien hombres.

Por otra parte, creo que la adopción o el descarte de esta propuesta no va a ser decidida en artículos académicos escritos por lingüistas de uno u otro bando, ni en los encendidos debates en las redes sociales. Si dentro de algunas décadas el género neutro terminado en -e va a ser adoptado, será como resultado de que más y más hablantes adopten dicha forma de hablar.

Como dice el epígrafe de este artículo: el uso hace la norma, y no a la inversa. Los diccionarios recogen el uso, así que este cambio deberá darse primero, justo, en el uso corriente. Quizás al principio bastará con emitir un sonido poco claro al terminar las palabras susceptibles de adoptar este género neutro: uno que, como maestro de inglés, siempre he descrito como un “pujido de zombi” que no suena exactamente como ninguna de las vocales, sino un poco a cada una.

Hay quienes sostienen que este sonido “no existe en el español”, pero eso es tan dogmático como quienes afirman que la palabra ghostear no existe “porque no está en el diccionario”: si hay hablantes que la usan, y tiene un significado propio y específico en un contexto particular, claro que existe; en todo caso, es el diccionario el que no está al corriente.

¿Tendría caso la inclusión de este género neutro en el habla hispana? Me parece que sería una manera económica —en el sentido de economía lingüística: el poder expresar el máximo de información con un mínimo de sílabas— de no borrar a las personas de un conglomerado humano que no correspondan al género masculino, y una manera más corta y directa de decir “los y las estudiantes”.

Muchas personas se burlan del lenguaje inclusivo al decir cosas como “doctoros y doctoras” o “les amigues sen les mejeres queses de le vede”, tergiversando la propuesta y llevándola a extremos absurdos. Yo soy del parecer que, si se empieza a usar de manera consistente y numerosa, dentro de un par de décadas tal vez será posible escuchar con normalidad un discurso público en que el lenguaje inclusivo sirva para comunicar inequívocamente que te estás refiriendo a hombres, mujeres y muchos otros seres maravillosos que no son ni lo uno ni la otra.

[1] Lema de la Real Academia Española. [N. del E.]

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