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Leyendas inspiradoras

Leyendas inspiradoras
Julio Báez

Julio Báez

Inspiración

Más de uno de nosotros ha escuchado la frase “Se convirtió en leyenda” al referirse a un personaje o hecho específico que traspasa los límites del tiempo y se vuelve popular. En ocasiones, esas historias son misteriosas y mezclan el realismo y la fantasía, pero nos hacen felices por todo lo que sucede en ellas —claro está, dependiendo de quién la cuente, del tono de la historia, de los personajes y del tiempo en el que se desarrolle. Además, no es lo mismo escuchar una narración cuando se es niño que cuando se es adulto. En este Trisquel te compartiré tres leyendas de distintas épocas que dejan una enseñanza acerca de cómo usar el libre albedrío para tomar decisiones y actuar de la mejor manera posible.

El maestro budista

El maestro budista

Cuenta la leyenda que, un día, el maestro le dijo a sus discípulos: “Soy pobre y débil, pero ustedes son jóvenes; así que su deber es conseguir dinero para que su viejo maestro pueda vivir”. Los discípulos, incrédulos, le preguntaron cómo lograrían eso, argumentando que las personas de la ciudad eran poco generosas y sería inútil esperar algo de ellas. El maestro les contestó que había un modo de conseguir el dinero sin pedirlo: simplemente tomándolo. Pero dado que él no lo haría, pues era viejo y débil, el deber de los aprendices sería esperar a los hombres ricos en algún lugar tranquilo donde no pudieran ser vistos y robarles sus bienes, pero sin lastimarlos.

Todos estuvieron de acuerdo, excepto uno que estaba callado, escuchando con la mirada baja. El maestro se acercó al joven y le dijo: “Los otros discípulos son valientes y están deseosos de ayudarme; pero a ti te preocupa muy poco mi sufrimiento y no quieres ayudar en la tarea que les he asignado”. El alumno contestó: “Disculpe, maestro, pero el plan que nos explica es irrealizable; ése es el motivo de mi silencio”. “¿Por qué dices que es irrealizable esta tarea tan sencilla que les he encomendado?”, preguntó el maestro, y el alumno respondió: “Porque no hay un lugar en el mundo donde no haya nadie que nos vea; incluso al estar solo, mi Yo me observa. Antes iría a mendigar a las calles, que permitir que mi Yo me vea robar”.

Ante estas palabras, el maestro se iluminó de alegría, lo abrazó y le dijo: “Me siento satisfecho si uno solo de mis discípulos comprende mis palabras”. Los otros, al darse cuenta de la prueba que el maestro les había puesto, se avergonzaron. A partir de ese día, cuando un pensamiento impuro les venía a la mente, pensaban: “Mi Yo me ve”.

Esto nos enseña que muchas veces se nos intenta decir cómo debemos vivir, actuar y pensar. Pero, sin importar la posición de las personas que nos lo ordenen, jamás debemos dejar de pensar por nosotros mismos, ya que sólo nosotros sabemos cómo vivimos, sentimos y pensamos. Si queremos vivir como objetos, basta con dejar que nos digan lo que debemos hacer; pero si queremos actuar y vivir como seres humanos independientes, cada decisión que tomemos debe estar basada en nuestras propias convicciones.

La leyenda del samurái paciente

La leyenda del samurái paciente

Otra leyenda de la milenaria cultura japonesa es la del samurái paciente. Cuentan que, en los alrededores de la ciudad de Tokio, vivía un viejo samurái que tenía el cuerpo lleno de cicatrices y heridas de batallas del pasado; también poseía gran conocimiento y sabiduría, acumulados por la experiencia de una vida dedicada a aprender, escuchar y respetar a sus semejantes.

El viejo meditaba y seguía aprendiendo cada día; además, tenía discípulos a quienes les enseñaba todo lo que había aprendido. Los alumnos lo querían, respetaban y creían ciegamente en él, en parte por las historias que se contaban acerca de su maestro y que decían que, a pesar de su avanzada edad, su espíritu lo llevaría siempre a conseguir la victoria en cualquier lucha con cualquier adversario que se le presentara.

Un día, un joven e inexperto samurái, conocido por tener pocos escrúpulos, retó al maestro con la única finalidad de vencerlo para ganar fama. El joven pensó que sería cosa fácil, pero se equivocó: a pesar de que amenazó, insultó y provocó al maestro, el viejo se mostró sereno y nunca respondió a las agresiones. Después de un tiempo, el joven se retiró, cansado y confundido.

Los alumnos preguntaron al maestro por qué soportó la humillación y no le contestó al joven agresivo. El anciano sabio les respondió lo siguiente:

—Si alguien llegara con un regalo para ustedes, y no lo aceptan, ¿de quién sería el regalo?

—De quien intentó entregarlo —dijo uno de los discípulos.

—Exacto. Y lo mismo sucede con una ofensa o un insulto: si no lo aceptas, sigue siendo de quien lo traía en un principio.

Esto nos enseña que nuestra paz interior depende exclusivamente de nosotros mismos y que nadie puede quitarnos la calma, pues nosotros tenemos el poder de decidir hasta dónde permitimos que algo o alguien nos afecte.

El niño de cera

El niño de cera

Para terminar este Trisquel, les contaré una leyenda africana que nos habla de un niño llamado Kadhi y su familia, quienes tenían un rasgo que los distinguía de cualquier otra: tanto él como sus hermanos eran de cera. Por esa razón, sólo salían de la cabaña donde vivían cuando caía la noche, pues tenían miedo de derretirse con la luz del día. Y aunque eran felices a su manera, en ocasiones se ponían tristes por no saber cómo era el mundo.

La inquietud de Kadhi lo llevaba a soñar con lo que había más allá de lo que conocía: quería saber cómo eran el Sol, los animales, las nubes y las otras personas. Así fue que un día se arriesgó y dejó la seguridad de la cabaña para conocer el mundo. Sus padres quisieron convencerlo de no hacer el viaje, pero no lo lograron, y Kadhi salió sin mirar atrás.

En su viaje, Kadhi conoció el amanecer, las luces en el cielo, los árboles y los animales, todo lleno de color; pero su pequeño cuerpo de cera comenzó a derretirse por el calor. Cuando sus hermanos lo buscaron, no encontraron más que un montón de cera derretida. Abatidos, hicieron un molde en forma de ave, con alas de hojas de palma que lo protegieran de la luz solar, lo llenaron con la cera que hallaron y lo pusieron a secar sobre un montón de tierra. Al salir el Sol, el pájaro de cera se convirtió en fuego y comenzó a volar, girando sobre la cabaña y alejándose, pleno de felicidad.

Esto nos enseña que reprimir la naturaleza humana trae infelicidad, aun cuando la causa sea la seguridad de la persona. También es una metáfora de que debajo de la aparente fragilidad de un niño —cuyos padres quisieran que no lo tocara ni el Sol— se esconde un espíritu libre, capaz de transformarse y elevarse tan alto como desee.

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