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Magia y mitos celtas en la obra de Leonora Carrington

Magia y mitos celtas en la obra de Leonora Carrington
Zaira Torroella Posadas

Zaira Torroella Posadas

Inspiración

Para Leonora Carrington —la famosa artista nacida en Inglaterra en 1917, nacionalizada mexicana y considerada la última pintora surrealista—, en el orden de la creación primero fueron los animales. Por esa razón creó un bestiario particular en el que, siguiendo la jerarquía de su predilección, primero era el caballo —como su Black Bess, al que adoraba montar cuando era niña. Así, los caballos fueron protagonistas de sus pinturas, sus cuentos y de su obra de teatro Penélope.En 1936, Leonora pintó su autorretrato The Inn of the Dawn Horse —”La posada del amanecer caballo”—, donde el caballo de juguete que representaría su niñez y adolescencia —reprimidas entre colegios de monjas— y la figura autoritaria de su padre, se revela en la figura de un caballo que galopa fuera de su ventana, simbolizando la búsqueda de libertad que marcó su vida.

Desde los dos años de edad, Leonora empezó a tener visiones extrañas de espíritus y fantasmas, y por ello siempre se consideró una niña diferente, incomprendida. Su mundo fantástico bullía desde muy pequeña: en él figuraban gnomos, duendes y gigantes, producto de su educación inglesa y del contacto con la mitología celta. Su madre, que era irlandesa, alimentaba esas visiones que brotaban de su pensamiento contándole historias y fábulas que se mezclaban en la alquimia de su imaginación. Leonora escuchaba atentamente y recreaba en su mente aquellos relatos de los dioses que la mitología celta consideraba creadores de la Tierra. Una y otra vez, estas fábulas se insertaron en su pensamiento inquieto de niña curiosa y ávida de palpar la vida fuera de los muros de la mansión victoriana donde nació y creció.

A los diecinueve años, Leonora rompió las ataduras familiares y, galopando libre por París, conoció al pintor surrealista Max Ernst, de cuarenta y seis años. El “Ave Loplop”, como ella le decía, y la “Novia del viento”, como la llamaba él, se enamoran a primera vista. Se mudaron a una casona en el poblado de Saint Martin d’Ardèche, donde Leonora desarrolló un estilo de surrealismo único, tanto plástico como literario. Escribió La dama oval, una leyenda conformada por cinco cuentos, plagada de símbolos y llena de seres mágicos, como una mitología personal de la transformación radical del universo del hombre. En la historia, es como si Leonora se proyectara en la protagonista, la joven Lucrecia, quien tiene tres metros de altura y un alma triste; su sombra es más larga que su cuerpo y está rodeada de caballos que pastan bajo un sol negro. El cuadro La giganta, que pintó años después y podría relacionarse con la enorme Lucrecia, presenta un diálogo entre la mujer y la naturaleza: una diosa madre omnipresente, rodeada de fabulosa vida animal y embarcaciones celtas, protege un huevo que podría interpretarse como la metáfora de un renacimiento del inconsciente, al que el psiquiatra Carl Jung —cuya obra Leonora conocía— llamaba “el gigante desconocido”.

"La giganta", de Leonora Carrington

La magia de aquellos tres años con Ernst, en los que Leonora descubrió su propio universo, se desplomó al estallar la Segunda Guerra Mundial. Max fue tomado prisionero por ser un alemán en territorio francés y, por lo tanto, un “enemigo de Francia”. Leonora enloqueció, huyó a España y ahí su locura se incrementó, por lo que fue internada en un hospital psiquiátrico de Santander, del cual logró escapar. Se refugió en la embajada mexicana en Portugal y se casó con el periodista y diplomático mexicano Renato Leduc —quizá por conveniencia—, consiguió los papeles para emigrar a Nueva York y llegó a México. “No tenía ni idea de cómo era México. Pensaba que la gente iba a caballo”, contaba ella. Ya divorciada de Leduc, se casó con Emerico “Chiki” Weisz, un fotógrafo húngaro, judío y antifascista. Se establecieron en la calle Chihuahua de la colonia Roma, en la Ciudad de México, donde formaron una familia con sus dos hijos, Gabriel y Pablo.

En México, Leonora conoció los mitos prehispánicos, aunque siguió cultivando sus mitos celtas. Alguna vez dijo: “Las tradiciones mexicanas de magia y brujería son fascinantes, pero no iguales a las mías… Cada país tiene una tradición mágica, pero nuestro acercamiento a lo desconocido es exclusivo de nuestra herencia; es algo que tiene que ver con el nacimiento, tu sangre, carne y huesos”. Para el mural que realizó en 1963 en el Museo de Antropología, El mundo mágico de los mayas, se inspiró en las leyendas y mitos de los tzotziles y tzeltales, con quienes convivió de manera directa; pero si lo observamos con detenimiento, conserva su estilo  surrealista y de imaginería sajona. Toda su obra pictórica, escultórica y literaria es mística; en ella, su interpretación de la tradición celta se transforma en un juego simbólico de planos o de espejos —irradiación y reflejo, como su forma ambidiestra de escribir y de dibujar. Sus obras son poderosas, ausentes de tiempo y, al mismo tiempo, únicas y trascendentes.

"El mundo mágico de los mayas", de Leonora Carrington

A Leonora le gustaba salir a caminar, aun siendo una mujer octogenaria. Se le podía encontrar caminando por la avenida Álvaro Obregón, el Parque México y las calles de la colonia Condesa. Le gustaba ir al mercado y usar tenis. ¡Cómo me hubiera gustado toparme con aquella mujer de pelo cano recogido, esbelta, de porte elegante y mirada firme, que estudió con monjes tibetanos y conoció al Dalai Lama! Esa mujer que no acostumbraba dar explicaciones de sus pinturas y que pedía que no psicoanalizaran sus cuadros. No hubiera sido difícil reconocerla: tan sólo hubiera necesitado fijarme en su sombra. Un refrán popular dice que la sombra de un asno nunca será de caballo; pero la sombra de cierta yegua, yo la hubiera visto como la de un gran pegaso, libre, cual “novia del viento”…

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