Meditación y experiencias místicas

Meditación y experiencias místicas

Hugo Masse

Hugo Masse

Espiritualidad

¿Por qué practicas yoga y te hiciste budista? ¿Y por qué esa búsqueda de respuestas en el chamanismo, esoterismo, paganismo o cualquier otro “ismo”? Como parte de estas “minorías”, he escuchado estas preguntas en infinidad de ocasiones. Y así como existen personas que me cuentan que una película les pareció incomprensible, y eso es casi una garantía de que a mí me gustará, ante estas cuestiones me detengo a pensar en quién las formula y desde qué perspectiva, antes de pensar en cómo explicar mis motivos.

En la adolescencia, mi inquietud por estos temas era hasta cierto punto morbosa. Quería experimentar la extinción del ego, el conocimiento más allá de las palabras; leía a Carlos Castaneda pensando en convertirme en cuervo o enfrentarme y vencer a seres inorgánicos. Mis lecturas esotéricas me hacían alucinar pensando en invocar demonios o seres fantásticos. Pero con el tiempo me di cuenta de que esas aventuras no pasaban de ser algo ilusorio, habitantes de mi imaginación y nada más.

Según el roshi Yasutani, quien guío a Philip Kapleau —autor de Los tres pilares del zen— en el budismo, existen distintas razones por las cuales la gente se acerca a esta práctica. Las primeras dos de ellas son totalmente mundanas: la tradición y la búsqueda de una mejor salud física o mental, que aunque son respetables no dejan de ser egoístas y de corto alcance.

Una premisa en la meditación budista es “salvar a todos los seres incontables”, y hay que recordar que en la mitología de ciertas culturas estrechamente vinculadas al budismo existen diversos planos de existencia, así que estos seres no sólo son animales y plantas con consciencia, sino también demonios y seres de su calaña, y otras entidades celestiales y mágicas que han logrado el Nirvana —esto es, el desapego total y el borrado absoluto de su karma—, por lo que sus actos ya no proyectan consecuencias a futuro.

Supongo que pocas personas toman esto en cuenta cuando descargan una aplicación a su smartphone para meditar cinco minutos mientras pasan a consulta médica o esperan el transporte público. Aclaro: no busco criticar a quienes se acercan a la meditación, el yoga o la mindfulness para “limpiar el caché” de sus procesos mentales y hacerlos más eficientes, pues esos objetivos son fácilmente alcanzables con dichas prácticas. Me dirijo, en cambio, a quienes como yo lo hice de joven, buscan emociones nuevas sin un afán trascendente.

En el libro que ya mencioné, Kapleau reporta que en la tradición zen se conoce como Makyo a las experiencias inexplicables para la mente racional y materialista que suceden durante la meditación: se pueden percibir sonidos, luces y olores, se llega a pensar que uno se ha desplazado a otro lugar en el espacio o el tiempo, o incluso que se le ha revelado una gran verdad cósmica reservada para sólo unos cuantos iniciados.

A diferencia de otros cultos, en los que éstas se consideran experiencias místicas y quienes las experimentan se convierten en personas santas con un alto nivel de unión con alguna entidad superior, en el budismo zen a las Makyo se les mira con cautela. A la persona que las ha vivido se le guía para que no sienta demasiado apego por las mismas, no las atesore ni la convierta en un pivote que cambió el curso de su vida.

Esto se debe a que, para el zen, las Makyo no son experiencias en que se roza la divinidad, sino algo similar a ir al cine; es decir, se vive una gran historia que nos hace vibrar de la emoción, pero ésta es ilusoria y forma parte de la gran ilusión en que vivimos, la cual podemos eludir con mucho esfuerzo y así quitar la venda de los ojos para, al fin, ver la realidad última y sin ilusiones.

Las Makyo se explican como recuerdos que quedan “almacenados” en el cuerpo y se liberan con la meditación, o como un mecanismo de defensa del ego, al cual la meditación intenta destronar y, desde el “control de mandos”, busca preservar su lugar preponderante en nuestras vidas. Con esa distracción, el ego nos detiene y hace pensar que ya alcanzamos el máximo nivel de desarrollo espiritual, y somos portadores de un mensaje divino.

¿Qué hacer entonces si me dedico a alguna práctica meditativa para mejorar mi salud física, mental y emocional, y de pronto me encuentro con una visión que me exalta y no me deja continuar? La respuesta budista es simple: practica el desapego. No tomes la experiencia como extraordinaria; presénciala y déjala ir, para después retomar la práctica como si hubiera sido sólo una pausa.

Así, la premisa de “salvar a todos los seres incontables” no se logra convirtiéndose en gurú, sino activando un “sensor de sandeces” que te permita darte cuenta si estás mareándote al subir al ladrillo de una emoción congelada o si tu ego te está tirando migas de pan para llevarte a donde mejor le conviene.

Y si lo que buscabas son grandes emociones, ahí están. No pienses que son más que eso. Sólo recuerda que hay propósitos más amplios en la práctica de la meditación, que quizá sería bueno considerar desde el principio.

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