¿Ponerse en los zapatos del otro?

¿Ponerse en los zapatos del otro?

Miguel Ángel Hernández Acosta

Miguel Ángel Hernández Acosta

Andanzas

Teníamos seis meses de habernos mudado a Pachuca. No habíamos hecho muchas amistades y veíamos esa fiesta infantil como una oportunidad de interactuar con otros padres y conocer personas.

Isaac fue el primero en hacernos la plática. Era un hombre amable que rápido pasó de la pregunta obligada del clima a averiguar a qué nos dedicábamos, dónde habíamos estudiado y si conocíamos a un pediatra que pudiéramos recomendarle. Fue fácil sentirse cómodo con él, así que nos relajamos y comenzamos a responder de forma sincera las preguntas que nos hacían. “¿Ya se acostumbraron al clima de la ciudad?”, cuestionó una mujer. “La verdad es que no mucho. Hace bastante calor”, respondió mi esposa. Las personas que estaban sentadas a la mesa se nos quedaron viendo y soltaron una carcajada. “Dirás frío, ¿no?”, preguntó otra señora queriendo ser amable. “No, calor”, reviré yo.

Pachuca es conocida por ser “la bella airosa”. Si le preguntáramos a cualquiera de sus habitantes, contestaría que en un día se viven todas las estaciones del año y que, si uno se fija en las pocas personas que caminan por la calle, es posible notar que casi todas llevan puesto un suéter o una chamarra. “Nunca habíamos escuchado algo parecido”, soltó uno y volvieron a reír. Me sentí un poco irritado y, como una forma de apoyar a mi esposa, comencé un hilo de preguntas que parecían inconexas: “¿tienen carro?, ¿trabajan en oficina?, ¿qué hacen normalmente a mediodía?”… Conforme fueron respondiendo, sentí que podría acallar sus carcajadas. “Bueno, lo que pasa es que nosotros no tenemos auto, así que caminamos o nos movemos en transporte público; además, como somos free lance, aprovechamos las mañanas para resolver pendientes, vamos por el mandado o al banco. Y créanme, a esa hora y hasta las tres, el sol quema de tal manera que nuestros amigos de la otra ciudad bromean sobre si nos fuimos a vivir a la playa”.

Todo quedó en silencio. Nos vieron con la extrañeza con la que suelen mirar a quienes vivieron en la Ciudad de México y el ambiente se emborrascó. Una madre optó por ir a ver cómo estaba su hijo. Traté de salvar la situación, pero mis palabras sonaron más como una protesta por su actitud que como una explicación.

Isaac amenizó la tarde con un chiste y alguna otra pregunta, de modo que al poco tiempo la plática volvió a ser fluida. Por la noche nos despedimos y, de camino a casa, mi esposa y yo nos preguntamos si me había equivocado al reaccionar de esa manera.

No me gusta ir a velorios porque nunca sé qué decir. Me parece que un “Lo siento mucho”, un “Sé por lo que estás pasando” o un “Era una gran persona” no ayudan en nada al doliente; que esas frases hechas no demuestran empatía de nuestra parte, sino sólo un formulismo que siempre intentamos cumplir. Pensé en eso porque al mencionar lo del calor nos sentíamos en un ambiente que nos cobijaba, que entendía lo que para nosotros había sido la mudanza —muchos de ellos también habían emigrado a Pachuca años antes—, pero nos topamos con que su llegada había sido diferente. Si nosotros hubiéramos llegado con carro, si conociéramos a más personas, si no se hubieran complicado nuestras finanzas, si no nos sintiéramos tan solos, tal vez ni siquiera nos molestaría el calor, concluí. Pero los otros padres no sabían eso y quizás aquella era la razón de que no nos entendieran. Tampoco podíamos comprenderlos, pues su vida en ese momento era muy diferente: la estabilidad, la adaptación e incluso el estar en una fiesta con personas conocidas les confería seguridad.

Muchas veces dicen que uno debe “ponerse en los zapatos del otro”, pero no sé si en realidad sea posible. Me parece que más que intentar hacerlo se debe comprender la situación que vive la otra persona, y para ello es necesario ir más allá: hacer una segunda o tercera pregunta, averiguar por qué actúa de determinada forma, ser sensible a sus carencias y necesidades, y entender también desde qué lugar se está expresando. En ocasiones logramos descifrar las conductas de las personas sólo cuando nos damos la oportunidad de conocerlas a fondo, cuando sabemos sus razones para comportarse de determinada manera. No digo que los otros padres no debieron reírse, pero pudieron haber averiguado por qué pensábamos eso. También sé que, en lugar de cuestionarlos, pude intentar averiguar por qué no nos comprendían, y si mi discurso hubiera sido otro más conciliador, quizá nos habríamos evitado ese momento incómodo.

Hace un par de días mi esposa me contó de un anciano que no les hizo caso a unas personas que lo llamaban, quien después de un rato terminó contestándoles con un grito y se salvó de que le dieran una golpiza cuando confesó que era medio sordo —por eso no había escuchado cuando lo llamaron y les había hablado fuerte. Pero, ¿qué tan dispuestos estamos a averiguar las razones del otro, a ir más allá del juicio y explorar de dónde viene cada postura? Creo que en eso radica el ser empático y no en compartir un sentimiento con alguien más. Tal vez cuando estemos convencidos de que a cada efecto le precede una causa y que de nosotros depende tratar de conocerla y no sólo juzgar, nos será más fácil convivir con los demás y aceptar que en la diversidad, y no necesariamente en la coincidencia, está la riqueza de una sociedad.

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