¿Qué es eso del J-pop?

¿Qué es eso del J-pop?

Mad hi-Hatter

Mad hi-Hatter

Café sonoro

A uno que le dicen Japón y de inmediato piensa en el filo de la katana, en el kimono y el kabuki. O en Toshiro Mifune y en Akira Kurosawa, en los siete samuráis o en un trono de sangre. O en El imperio de los sentidos. O en la niña del aro o en una llamada perdida. O, si uno es frívolo, en los perfumes de Kenzo o en sushi, témpura y sashimi. O en un sake para animar el espíritu. Y si uno añade música, recordará los acordes electrónicos de Tomita, o las orquestaciones de Ryuichi Sakamoto o quizá hasta el proyecto Fantastic Plastic Machine.

Pero hasta ahí llega el conocimiento de uno. Por eso me extraña que hoy llegue mi hija a hablarme de algo en el que intervienen jovencitos orientales, flacos, lampiños y andróginos, que son famosos en las redes sociales y en YouTube, y que han suscitado un interés masivo por la cultura pop del país del sol naciente. El J-pop, me dice. Y yo sin entender nada. Pero como a Mad hi-Hatter no le gusta quedarse con la duda, algo averiguó. Y aquí lo comparte…

J-pop. Como es habitual, nadie se pone de acuerdo sobre de dónde viene el término. Queda claro que: a) el rock japonés debe su origen a la influencia de Elvis Presley y The Beatles, que hicieron que los músicos japoneses adoptaran la musicalidad occidental pentatónica; b) que en una estación de radio llamada J-wave se aplicaba el término a los músicos nipones que sonaban como bandas de habla inglesa, y c) que la extinta Tower Records definió al J-pop como toda aquella música con el sello de la Asociación de la Música Grabada de Japón. El equivalente del rock/pop en inglés, pero con artistas japoneses.

La historia empieza en 1956, cuando la popularidad de Elvis abría camino para el rock ʽnʼ roll en todo el mundo, incluyendo al Japón de la posguerra. Las radios apostadas en bases militares estadounidenses en Japón tocaban una y otra vez “Jailhouse Rock”, y esto encendió la mecha de artistas como Kosaka Kasuya and the Wagon Masters y Kyu Sakamoto and The Drifters —esta última fue la primera banda japonesa en colocar un hit en las listas de Billboard. En 1961, The Ventures visitaron Japón y llevaron el influjo de la música electrónica, y en 1966 The Beatles, unos dioses para muchos, tocaron en el Budokan. A raíz de eso, surgió una multitud de bandas de rock con nombres incomprensibles para nosotros, que se debatían entre cantar en inglés o en japonés, y recibieron el mote colectivo de “Group Sounds”. Décadas pasaron, y en los años noventa —cuando la industria musical se basaba en los discos compactos y en los videoclips— el término J-pop ya había trascendido y estaba dominado por artistas como B’z, que ostenta el récord del mayor número de discos vendidos en Japón, o Mr. Children, que vendió 3.4 millones de copias de su álbum Atomic Heart (1994).

Llegaron los dos miles, y con ellos internet, las redes sociales, y la música y los videos en línea. Llegaron los iPods, los smartphones y el acceso inalámbrico a una wi-fi. Y los japoneses, con su gran innovación tecnológica, aprovechan estos nuevos canales para poner a los galancitos de ojo rasgado y a las escuálidas pubertas no sólo a cantar, sino a actuar en los muy populares doramas —”telenovelas para jóvenes, pero con buenos guiones”, me aclaran—, a bloguear o videobloguear, y a alimentar cuentas de Twitter y Facebook con millones de seguidores en Japón, Corea, China, Europa y América. Hoy día, gracias a esa idea nebulosa de la globalización, resulta que ni MTV ni VH1 ni la poderosa industria fonográfica de los Estados Unidos han podido parar a la locomotora del J-pop. Las industrias de oriente y occidente libran una guerra en los diversos campos de batalla que eligen.

Dice mi hija que hay otra cosa llamada K-pop, que se trata de lo mismo, pero en Corea del Sur, y que éste es un férreo competidor del J-pop. También menciona a Sabão, una banda fundada en 2011 por Tama y Takuya, quienes tienen sus propios blogs; a mi hija le gusta porque dos de sus canciones son el opening y el closing del dorama Mischievous Kiss: Love in Tokyo; otras de sus artistas niponas favoritas son Namie Amuro, conocida como “la Reina del J-pop” —imagino a Madonna con ojos rasgados— y por su canción que es el ending de The Reason I Can’t Find My Love, y  Cyntia, que se hizo popular por su canción “Kiss Kiss Kiss”, que es el closing de la segunda temporada de Mischievous Kiss: Love in Tokyo.

Y uno que sigue sin entender nada. Pareciera que le hablan a uno en chino. O en japonés.

Hasta el próximo Café sonoro…

Si te gustó este artículo, podría interesarte…

Pitágoras: el auténtico padre de la música

Pitágoras: el auténtico padre de la música

Al leer el osado título de este artículo —porque sospecho que los muertos no conocen de barreras lingüísticas—, es muy probable que el…
Mozart niño

Mozart niño

Uno de los arquetipos más asombrosos que se presenta a cada tanto en el arte de la música es el del niño prodigio. Y nadie lo representa…