Rayos de luz

Rayos de luz

Fabiola Torres Adame

Fabiola Torres Adame

Andanzas

Hace poco platicaba con un gran amigo sobre los momentos difíciles, pero los realmente difíciles, los que desesperan, los que sumergen en la duda y la desesperanza. Esos que duelen y  anestesian. Él me hablaba de la lucha que, desde hace años, mantiene en contra de una enfermedad. Una recaída severa influyó de manera directamente proporcional no sólo en su estado físico, sino también en su estado anímico. Y es que una situación así, de constante lucha y esfuerzo, de constantes caídas y volverse a levantar para superar un problema, sea cual sea, pone a cualquier ser humano al borde de la línea entre insistir y desistir.

Mi amigo me compartió que, después de haberse lamentado durante todo un día y de renegar por su infortunio, terminó, como tantas otras veces, aceptando la realidad y optando por afrontarla con optimismo, sonriendo en lo posible ante el sufrimiento. Perseverancia que me hace admirarlo profundamente.

En un punto intermedio de la conversación, lanzó esta frase: “A veces es demasiado cansado luchar en la oscuridad sin poder ver la luz”. Cuando mi cerebro la atrapó completa, la convirtió en una imagen para tratar de comprender su sentir. Imaginé entonces una habitación completamente oscura y, sentado en el piso, recargado en la pared, a un ser humano con la cabeza escondida entres sus brazos, apoyados sobre sus rodillas dobladas. Sin embargo, instantáneamente, sin acertar cuánto tiempo después, porque el cerebro a veces reacciona increíblemente rápido, me percaté de que la penumbra adquiría debilidad. Sucedió que delgados rayos de luz se filtraban por el techo de tejas. Esas que, no encontrándose bien sobrepuestas, cuelan pequeñas ráfagas luminosas.

Entonces le externé la reflexión personal que ahora comparto con ustedes: muy probablemente, siempre habrá alguien en mejores condiciones que uno mismo, y también alguien en peores circunstancias. Creo que la oscuridad total depende, en buena medida, de si nosotros queremos o no levantar la cabeza para ver esos pequeños rayos luz. Si nos quedamos cabizbajos, abrazando nuestras rodillas, jamás los veremos, pero si levantamos la cabeza, muy probablemente estarán ahí. Los rayos de luz en medio de la penumbra son esas condiciones, hechos o personas que matizan la oscuridad. Son no sólo los recursos para acceder al servicio médico, al abogado, o a cualquier solucionador de problemas, sino también, y en muchas ocasiones, los más importantes, la mano amiga que se tiende para ayudarnos a estar en pie nuevamente, las palabras de aliento de la gente que nos ama, los raudales de optimismo o de fe que nos dan fuerza para continuar, la certeza de que seguir adelante es lo correcto, entre tantas otras. ¿Cuáles son mis rayos de luz? Convendría preguntarnos cuando estamos en esa habitación oscura.

El mismo día que hablé con mi amigo, conversé con otra persona y, después de escuchar parte de la triste historia de su vida, sentí un fuerte impulso por abrazarla, por manifestarle de alguna forma que lamentaba los hechos y que deseaba lo mejor para ella, aunque desafortunadamente no había nada más que yo pudiera hacer. Después de dudarlo unos instantes, pues temí incomodarla, me decidí a preguntar: “¿me dejaría darle un abrazo?” Ella sonrió y, un poco desconcertada, dijo: “sí, claro”. Intuí que no estaba acostumbrada a los abrazos, pero quizá la sinceridad de mi gesto le transmitió un delgado rayito de luz, apenas perceptible. Tal vez, por la sensación de humanidad y solidaridad que yo experimenté, fue para mi interior un rayo de luz más intenso, uno que me llevó a concluir, después de hablar con mi amigo horas más tarde, que los seres humanos tenemos en nuestras manos la oportunidad de ser pequeños o grandes rayos de luz para la oscuridad de los demás, y también tenemos el poder de aceptar o rechazar la luminosidad que la vida nos ofrece. Así, ante la adversidad desesperante, debemos estar atentos para dar o recibir pequeños rayos de luz.

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