¿Realmente existen “el indicado” y “la indicada”?

¿Realmente existen “el indicado” y “la indicada”?

Francisco Masse

Francisco Masse

Miscelánea

“Lo que pasa es que no te ha llegado el indicado”. “Cuando llegue la indicada, tu corazón te lo dirá”. “Si te hace morder la almohada y apretar las sábanas, sabrás que es el indicado”. Creo que muchos de nosotros, si no es que todos, nos hemos topado con este tipo de afirmaciones en torno a un tipo de persona idónea o, al menos, adecuada para establecer una relación de pareja a largo plazo.

Pero, como cuestiona el título de este texto, ¿realmente existe “el indicado”? Es decir, ¿en verdad existe en alguna parte del mundo un hombre o una mujer que, como si fueran zapatos, están hechos a la medida de nuestros gustos y necesidades? ¿O se trata de una mera ilusión del amor romántico?

Llama la atención la palabra en cuestión: indicado. A la vez adjetivo calificativo y pasado participio del verbo indicar, según el Diccionario del Español de México se refiere a una persona “conveniente, apropiada o adecuada para un determinado fin”. Y más interesante aún resulta la etimología de indicar, que deriva del latín indicare, ‘señalar con el dedo’.

Lo anterior nos habla, entonces, de una persona que es apropiada o conveniente para nuestro fin, que en este caso sería una relación amorosa “definitiva” —como si tal cosa fuera posible en nuestras vidas efímeras y cambiantes— y que, por esa razón, elegimos y “señalamos con el dedo” como diciendo: “ésta es”.

Pero hay en las frases originales algo que se opone a esta idea de la elección, y es la idea romántica de que el amor —así, en abstracto— “llega”, como si fuera un tren arribando a una estación, y normalmente lo hace en la forma de una persona, hombre o mujer, que cumple con todas las expectativas que tenemos acerca de con quien queremos compartir lo bueno y lo malo de la vida.

Esto recuerda a la doctrina del determinismo, que sostiene que todo suceso físico —incluyendo los actos y pensamientos humanos— está causalmente determinado por una irrompible cadena de causa y consecuencia. Y, también, a la idea de la “media naranja” que embona y coincide perfectamente contigo, un ser incompleto antes de tener la fortuna de hallar a su “otra mitad”.

Quizá quienes afirman lo anterior tienen razón y existe un hado o una “fuerza del destino” que controla nuestras vidas, muchas veces en contra de nuestros deseos o expectativas, y que nos presenta los hechos y a las personas con las que tenemos que encontrarnos, en una sucesión predeterminada de hechos.

Así las cosas, si tan sólo somos una mitad de nosotros mismos y “el indicado” o “la indicada” están ahí, no sabemos dónde, pero esperándonos en alguna parte del camino para completarnos y “ser felices para siempre”, no vería el caso de, como dicen, “ir en busca del amor”. Si es mi destino, “la indicada” llegará y mi corazón me lo dirá, supongo, con una especie de palpitar que reconoceré.

Personalmente, no comulgo con esa idea. Prefiero remitirme a la etimología de la palabra y ser yo quien elija y señale con mi dedo índice a quienes quiero invitar a compartir la vida conmigo, haciéndolos así “los indicados”.

Y si dentro de ellos alguna desea quedarse más tiempo y más cerca, y esta interacción se convierte en algo placentero y provechoso para ambos, y permite el crecimiento de cada uno en un marco de libertad y confianza, no habrá necesidad de preguntarse si es “la indicada” o no, pues según yo el amor no llega sino se construye, y es el cerebro, no el corazón, quien envía esas señales.No creo estar hecho a la medida de nadie, más que de mí mismo, y esperaría compartir la vida con alguien que tampoco sea la horma o la contraparte de otro ser humano. ¿Será ésa acaso mi definición de “la indicada”?…

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