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Remember a day

Remember a day
Francisco Masse

Francisco Masse

Relatos de la vida real

Cuando era niño, sólo existían tres maneras de pasar el tiempo cuando no se estaba en la escuela, leyendo o inmiscuido en tareas escolares: sentarse frente a la tele y aprender de memoria los capítulos de Don Gato y su pandilla, los diálogos de los Looney Tunes, las peleas entre Birdman y el Sindicato del Terror y las peripecias de la Liga de la Justicia, o salir a jugar.

Algunos, más afortunados, podían jugar en la calle: ese territorio inhóspito, virgen e inexplorado para mí. Pero la casa de mis abuelos —donde crecí— tenía un patio de tamaño suficiente para que mis dos hermanos y yo —o, en domingo, una pléyade de primos y primas— quemáramos nuestras energías jugando “gol para”, lanzando con precisión un balón de futbol americano hecho de hule o convirtiendo el pasillo en una cancha de tenis.

Pero más allá de la actividad física, propia de los cachorros machos del género humano, la infancia fue un espacio dedicado al ejercicio de la imaginación. Con sólo desearlo —y armado con espada y escudo de madera—, me convertía en Aquiles, el héroe de la Ilíada, y luchaba contra Héctor —mi hermano, un primo o simplemente el aire— bajo la higuera de mi casa; o bien, con una ballesta de juguete, me convertía en vikingo que invadía y saqueaba las “aldeas” donde mis primas jugaban a la casita o la comidita; una gabardina color hueso —muy grande, puesto que la hurtaba del ropero de mi tío— hacía de mí un detective o un agente secreto en una decisiva misión de espionaje.

Por supuesto, no faltaron los rigurosos roles de indio, de vaquero, de policía, de ladrón y hasta de piloto aviador, en una aeronave invisible como la de la Mujer Maravilla, cuyos asientos eran las sillas de la sala y el comedor, y cuyas azafatas eran mis tías y primas. Los hermosos días de la inocencia y la convivencia familiar, hoy recuperables sólo a través de proyecciones de Super 8.

Hide from your little brother´s gone
Dream yourself away

Pero mis primos se iban a sus casas, y mis hermanos crecían y se convertían en adolescentes, más preocupados por sus peinados, sus tareas y sus novias que por atajar mis tiros a gol o atrapar mis lances de quarterback infantil. Mi madre trabajaba y mis tías se ocupaban de preparar la comida y hacer la limpieza, así que cuando reinaba el silencio en la casa de los abuelos, el barullo era interno, propio, íntimo, silencioso. No hacía falta compañía, ni libros ni caricaturas: yo me construía un mundo en el que podía ser quien quisiera y gobernar a mi antojo las reglas del espacio y del tiempo.

Bastaba con cubrirme de la luz del día con una cobija para convertir esa tiniebla densa en un universo completo, un vacío disponible para llenarlo como lo deseara. Con la mirada puesta en el cielo, podía imaginar viajes estelares, a los cuales accedía convirtiendo un viejo tinaco abandonado en nada menos que una de las naves Apolo, con rumbo y dirección desconocidos. La oscuridad que proporcionaba aquel recinto improvisado era un terreno fértil para que imaginara nebulosas, estrellas, el paso de otras naves y civilizaciones alienígenas, las cuales combatía con una “pistola de rayos láser” que me habían comprado en la juguetería del mercado de la colonia.

Después, los capítulos de Viaje al fondo del mar me hacían desear estar en un submarino, el cual improvisaba colocando unas toallas para aislar la luz de la litera baja donde dormía, que entonces era ya un camarote sumergido a miles de metros de profundidad. Pero, cuando era necesario por “la presencia del enemigo”, había que dinamitar el sumergible, así que me introducía debajo de la cama —ese espacio habitado por los monstruos nocturnos— y colocaba “explosivos” en los intersticios de la litera.

Ante la explosión imaginaria, lo que realmente salía volando era el tedio, la soledad y el silencio. La vida era, pues, la suma de aquellos momentos en los que nada, nadie, se interponía entre las posibilidades infinitas de mi mente infantil y el goce pleno de la existencia; de un mundo que, de tan fuertemente imaginado, se convertía en algo mucho más real y más placentero que los gritos de mi maestra de cuarto de primaria, la merienda de las siete y media, o la matiné de los domingos. Era mi espacio, mi otra realidad construida.

Why can´t we play today?
Why can´t we stay that way?

Pero a mí también me alcanzó el tiempo. Crecí y me hice adolescente. Las hormonas cumplieron su función y las nacientes curvas de mis compañeras empezaron a interesarme más que los valles de Marte que frecuentaba en mis fantasías diurnas. Después, el constante diálogo con el espejo —la imagen, la apariencia, la ropa de moda— oxidó la mirada de niño y terminó por sustituirla: la diversión se convirtió en competencia, y la escuela y la idea de “ser el mejor” —la mejor ropa, la novia más guapa, las mejores calificaciones para aspirar al mejor sueldo—, en la prioridad. Cuando volteé la cara, era un licenciado que estaba obligado a construir su vida y luchar por su supervivencia diaria.

Pero quizá resulte que lo que hacemos todos los días es seguir jugando: nuestros juguetes ahora son coches, pantallas de plasma, smartphones, computadoras personales… y hombres y mujeres jugamos a que somos escritores, empleados, empresarios, ejecutivos exitosos, amas de casa o madres ejemplares. Jugamos a la casita y a la tiendita. Volvemos a calzar los zapatos y los trajes de nuestros papás y salimos a la calle. A veces, con gozo y entusiasmo; otras, con pesadumbre y cansancio.

Decía mi psicoanalista que concebir al mundo como un lugar terrible y peligroso era “ver al mundo con ojos de niño”, y quizá tenía razón. Pero tal vez el verlo con mirada de asombro, intervenirlo cuando no nos gusta y percibirlo como algo enorme y colmado de posibilidades, sea también recobrar esa mirada de niño que explora la tiniebla densa bajo su cobija, e imagina, goza y crea la realidad que vivirá al día siguiente. ¿No será que cada mañana seguimos poniendo bombas imaginarias para hacer estallar el tedio, la soledad y el silencio? Tú sabrás…

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