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Saint Germain: la historia del conde inmortal

Saint Germain: la historia del conde inmortal
Ana Pazos

Ana Pazos

Inspiración

Dicen que para tener una personalidad interesante —con varios pliegues o distintos niveles de lectura— y mantener siempre vivo el interés de quienes nos rodean, es necesaria una cierta dosis de misterio. El hombre del que hablaré hoy era consciente de lo anterior, y por ello construyó en torno a su figura un complejo drapeado que hasta la fecha sigue levantando interrogantes y sospechas. Se hacía llamar “Conde de Saint Germain”, pero su verdadero nombre, al igual que su procedencia, continúan siendo inciertos. Se rumora que fue un mago, un alquimista y un maestro ascendido comparable a Jesucristo; que hablaba a la perfección más de una decena de idiomas, que tocaba el violín mejor que Paganini, y que su erudición parecía haber sido cultivada a lo largo de centurias o milenios. Pero antes de caer en la tentación de la leyenda, intentemos extraer algunas verdades de la historia del enigmático conde.

Un príncipe húngaro

Decenas de voces aseguran conocer el origen de este personaje: “Era un marqués de Portugal” —se escucha decir a algunos—; “Fue un judío de nombre Simón Wolff” —replican otros—; “Es la reencarnación de Hesíodo y de Platón; fue José, el esposo de María; ocupó el cuerpo del filósofo Proclo y luego volvió como Roger Bacon, Cristóbal Colón y Francis Bacon” —objetan quienes han construido una especie de religión inspirada en sus enseñanzas—…. Sin embargo, la teoría más aceptada proviene del príncipe alemán Karl von Hessen-Kassel, quien fuera amigo y seguidor de Saint Germain, y aseguró haber escuchado de los labios del conde que éste era vástago del último príncipe de Transilvania, Francisco Ráckózi II, y de su esposa Teleky. De ser cierto, esto significaría que Saint Germain fue el hijo menor del príncipe que, según los registros, nació el 26 de mayo de 1696.

Aparición

En 1740, un extraño hombre comenzó a presentarse en los más importantes eventos de la alta sociedad vienesa. Su figura alta y esbelta, envuelta en ropas oscuras con vaporosos cuellos y puños de lino blanco, contrastaba con los coloridos y fantasiosos atuendos de los asistentes que, como palomillas atraídas por la luz de una farola, se acercaban a mirar los anillos con piedras preciosas que adornaban cada uno de los dedos del misterioso invitado. Hombres y mujeres quedaron hechizados por sus ojos profundos como túneles; por esas manos que, con aire marcial pero suave a la vez, acompañaban su riquísima conversación; y por los rubíes, los diamantes y las esmeraldas que Saint Germain sacaba de sus bolsillos para convidar a sus admiradores, como si de dulces se tratara.

Hombres y mujeres quedaron hechizados por sus ojos profundos como túneles...

Pronto, su nombre se encontró en boca de toda Viena: el caballero —que aparentaba tener una treintena de años— hablaba a la perfección varios idiomas, entre ellos alemán, chino, francés, latín, español y sánscrito; en las tertulias, incluso los más eruditos se sentían intimidados por sus vastos conocimientos sobre política, medicina, química, arte, música y pintura; sus relatos de episodios históricos, por otra parte, eran de una viveza tan detallada que algunos sospechaban que el conde había estado allí para atestiguarlos; sin mencionar que componía y ejecutaba piezas musicales con una maestría tal que más de uno se atrevió a compararla con la de Niccolò Paganini. Pero la imagen de genio políglota, apuesto e inmensamente rico alcanzó nuevas alturas cuando Saint Germain fue capaz de sanar —contra todo pronóstico y con un procedimiento desconocido— al mariscal francés Belle Isle, quien había resultado seriamente herido durante una campaña en Alemania.

Cobijado por esa aura luminosa, llegó a París, donde su historia comenzó a adquirir tintes aún más sobrenaturales gracias a una fiesta organizada por la anciana Condesa von Gregory. Ella había conocido al conde en Venecia hacía medio siglo y, al observar a ese hombre de apariencia intacta que se acercaba para besar su mano, no pudo sino pensar que se trataba del hijo de Saint Germain: “¿Acaso su padre estuvo en Venecia hace unas décadas?”, preguntó la condesa. “No”, dijo él, “yo mismo estuve allí y la recuerdo muy bien: era una hermosa y joven muchacha”. “¡Imposible!”, sentenció ella, “entonces usted debe tener casi cien años”. “Madame, yo soy muy viejo”, replicó el conde sonriendo…

Prodigios

Federico II de Prusia, el escritor Horace Walpole, el clérigo Charles Webster Leadbeater, el rey Luis XV de Francia y su amante madame de Pompadour, entre otros famosos personajes, aseguraron haber conocido al sabio viajero de aspecto eternamente joven que respondía al nombre de Saint Germain —mote francés proveniente del latín Sanctus Germanus, que significa ‘santo hermano’. Así que no estamos hablando de una figura fantasmagórica como la del rey Arturo o la de Merlín, sino de una persona de carne y hueso sobre la que se escribieron múltiples testimonios, cuyas piezas musicales se encuentran resguardadas por el Museo Británico, y a la que se le han atribuido numerosas obras literarias. No obstante, son tantas y tan increíbles las cosas que se han dicho sobre él, que resulta difícil tomar una postura al respecto.

El rey Luis XV aseguraba que Saint Germain era capaz de eliminar las imperfecciones de los diamantes usando una técnica de “vivificación” del carbono puro que había aprendido de un brahmán en la India. Entre los miembros de la corte real francesa, se rumoraba que era dueño de la piedra filosofal, por lo que más de una doncella se acercó a él para pedirle un trocito de vida eterna, como la que el conde parecía reflejar en su piel rozagante. También se decía que era capaz de leer textos con los ojos cerrados; de escribir un tratado de alquimia con la mano derecha, mientras con la izquierda, y de forma simultánea, redactaba una carta; y de pasar casi cincuenta horas en estado de éxtasis profundo.

Dejando a un lado las declaraciones de terceros, es importante decir que el principal artífice de esta leyenda era el propio Saint Germain. Durante sus viajes por Europa, se encargó de diseminar historias que endiosaban a la mayoría, mientras el resto ponía los ojos en blanco con la certeza de que el conde no era más que un charlatán. Aseguraba, por ejemplo, que en una vida anterior había conocido a Jesucristo y asistido a las Bodas de Caná; del mismo modo, confesó haber estudiado magia con el místico del siglo XIII Raimundo Lulio, y pintura con Cimabue, el creador de los mosaicos florentinos que murió a principios del siglo XIV; durante esa misma encarnación, Saint Germain habría entablado amistad con el astrólogo suizo Paracelso (1493-1541), y asistido al profeta francés Nostradamus (1503-1566). Esto significaría que, al momento de hacer su aparición en Viena, el conde tenía más de quinientos años de edad.

Aseguraba, por ejemplo, que en una vida anterior había conocido a Jesucristo...

Ante estas fantásticas declaraciones, cualquier persona razonable colocaría el nombre de Saint Germain en la lista de los farsantes. Sin embargo, resulta difícil no sentir una cierta admiración por el conde —posiblemente transilvano— que fascinó a sabios como Voltaire y a algunos de los líderes más poderosos del siglo XVIII. Además, cabe mencionar que su intervención en la política europea fue tan relevante que la historia del mundo habría tomado un rumbo distinto de no haber existido el “Santo hermano”.

Supuesta muerte

La iglesia de Eckenford registró la muerte de Saint Germain el 27 de febrero de 1784. Y, sin embargo, varios de sus admiradores afirmaron haberlo visto después de tal fecha: el escritor e historiador italiano Cesare Cantú declaró que el conde estuvo presente en la Conferencia Masónica de Wilhelmsbad de 1785; en sus memorias —escritas en 1822—, la Condesa de Adhémar aseguró haber conversado con Saint Germain en numerosas ocasiones después de su presunto fallecimiento; y en 1930, un hombre llamado Guy Ballard dijo haberse reunido con el conde en la cúspide del Monte Shasta —en Siskiyou, California— para fundar una organización secreta encaminada a despertar la presencia de Dios que, según las enseñanzas atribuidas a Saint Germain, existe en cada uno de nosotros. Dicha filosofía ha sido adoptada por distintas tradiciones místicas —como la Sociedad Teosófica y algunas ramas de la masonería— que ven en el conde a un maestro ascendido que, a pesar de haber alcanzado la iluminación, decidió permanecer en la Tierra para iniciar a otros en la vía de la transformación espiritual.

El punto final de este texto se acerca y es posible que la mayoría de los lectores considere que Saint Germain no era más que un erudito impostor. Yo, que me he tomado el tiempo de ahondar en el tema, sólo puedo concluir una cosa: vale la pena leer sobre su vida, disfrutar de sus sonatas [1] , zambullirse en sus misterios y darle una oportunidad a sus enseñanzas.

Cierre artículo

[1] A través de este link puedes escuchar una sonata para violín compuesta por Saint Germain.

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