Serpientes parlantes

Serpientes parlantes

Fabio Cupul Magaña

Fabio Cupul Magaña

Andanzas

Cuando era niño, mi abuela Teresa me contaba historias fantásticas sobre la vida de la fauna silvestre de la península de Yucatán. Recuerdo vívidamente un relato en el cual me explicaba que en su juventud, para desplazarse de un pueblo a otro a través de la espesa selva y de los extensos campos de henequén —una especie de agave originario de la península de Yucatán empleado en la elaboración de fibras—, utilizaba la seguridad de los caminos de terracería llamados sacbeob, palabra maya que significa “caminos blancos”.

El sacbé —singular de sacbeob— es un camino recto, elevado, sin desniveles y pavimentado con estuco blanco construido por los mayas prehispánicos, aunque también los hay contemporáneos. Este camino tiene la particularidad de ser claro y brillante durante las noches de luna llena, característica que lo envuelve con un velo de misterio sobrenatural. Seguramente por eso los antiguos mayas decían que el sacbé era la vía que permitía llegar al mundo de los muertos; también consideraban que este camino era un sendero celestial para conectar a los hombres con sus dioses. Y, por otro lado, se creía que el sacbé era la representación simbólica de una serpiente que emanaba sangre, líquido vital que constituía el vehículo para infundir vida a todos los seres del mundo. En otras palabras, el camino blanco significa unión, lazo vital, comunidad entre los hombres y comunión entre éstos y los dioses.

Es precisamente esta relación de los caminos con las serpientes lo que da sentido al relato de mi abuela sobre lo que ella llamaba “las serpientes parlantes”. Me contó que en una ocasión se encontraba caminando por el sacbé en compañía de otras personas. Estaba oscureciendo, por lo que aceleraron el paso para no llegar muy tarde a su destino y así evitar toparse con alguna fiera salvaje, ser presa fácil de los maleficios de alguna persona envidiosa o encontrarse con algún borracho impertinente. A pesar de que aceleraron el paso hasta casi correr, no lograron evitar que la noche cayera sobre ellos. El sacbé, sin embargo, brillaba espectacularmente. Caminaron por un corto tiempo hasta que el camino dejó atrás los llanos campos de cultivo de henequén para penetrar en la espesura de la selva. En ese preciso momento, tanto ella como sus compañeros de viaje escucharon las voces de unas mujeres que parloteaban fuertemente y sin cesar. En un primer momento no le dieron importancia, ya que creían que eran mujeres de otras comunidades que venían regresando de buscar frutos y plantas medicinales de lo profundo de la selva. Ya había pasado el sobresalto, cuando de nuevo escucharon las mismas voces femeninas, que ahora, además de hablar, reían burlonamente. Aunque mi abuela se paralizó por el miedo y la zozobra, tuvo el valor suficiente para aproximarse a la orilla del camino de donde provenía el alboroto para echar un vistazo entre la vegetación y así descubrir la identidad de las escandalosas mujeres.

Poco a poco mi abuela fue separando con sus manos las ramas y las hojas que le impedían ver la fuente de tanta palabrería y risa altisonante. Grande fue su sorpresa al observar dos grandes serpientes negras, las cuales se encontraban erguidas una frente a la otra. Tan concentradas estaban éstas en su plática, que nunca se percataron de la mirada furtiva y estupefacta de mi abuela. De inmediato, con el rostro desencajado, ella se los dijo a sus acompañantes y sin pensarlo huyeron despavoridos del lugar.

Más allá de esta historia familiar que envuelve realidad y fantasía, la capacidad de la serpiente de hablar y comunicarse con las de su especie y con los humanos se advierte en el relato bíblico donde el ofidio engañó con su “lengua” —su palabra— a Eva en el Paraíso. Debido a esta historia, no es de extrañar que en otros pasajes de la Biblia se relacione a las serpientes parlantes con la perversidad. Así, por ejemplo, las Escrituras sostienen que los hombres malos “afilan su lengua como serpientes, tienen bajo sus labios el veneno del áspid”. Y todavía hoy son comunes las expresiones “lengua de serpiente” o “lengua viperina” y otras similares para referirse a quienes critican, hablan mal de otros o buscan perjudicar a terceros con la ponzoña de sus palabras.

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