Viajar para conocerse

Viajar para conocerse

Miguel Ángel Hernández Acosta

Miguel Ángel Hernández Acosta

Andanzas

Nuestra rutina nos hace creer que la vida del viajero es envidiable: la imaginamos divertida, llena de emociones y sorpresas tomadas como un guiño del destino. Sin embargo, existen viajeros deseosos de ya no amanecer en la ciudad “X” y pasar la noche en el pueblo “Y”, sino de asentarse en un lugar determinado; que están hartos de los aviones, de conocer gente de diferentes culturas y de explorar espacios inimaginables. En mi caso, debo reconocer que más que la experiencia del viaje en sí, lo que me parece fascinante es el trayecto de un lugar a otro.
                                                           
Durante varios años tuve que viajar de una ciudad a otra todos los días: muy de mañana y al atardecer. Por otro lado, cuando obtuve mi primer empleo, solía gastar mis quincenas en ir a conocer lugares que me recomendaban: tomé fotos que nunca revelé, vi el prototípico amanecer desde la ventanilla del autobús y, en ocasiones, me maravillé con los atardeceres que ocurrían delante de mis ojos. Pero, como ya he insinuado, algo más era lo que me impulsaba a viajar; no lo supe sino hasta que dejé de hacerlo, muchos años después, gracias a un cuento del escritor sueco Stig Dagerman.

La historia contenida en el relato “Mi hijo fuma en pipa de espuma de mar” me importa en un punto: un hombre lee un libro. En la historia que lee el personaje, hay otro hombre que decide conseguirse una amante, y cada semana va al pueblo vecino a visitarla. Para pasar el tiempo durante el trayecto, siempre lleva unas tarjetas que lee a ratos; también se deja poseer por el sueño, por el tedio y por los paisajes que desfilan al otro lado de la ventanilla del tren. Un día la relación termina —la mujer muere o simplemente deja de quererlo—, el hombre vuelve a su rutina y cae en una depresión que jamás podría atribuirse a un corazón roto. Entonces descubre que en todo ese tiempo, más que compartir la cama con aquella mujer, lo que realmente disfrutaba era el trayecto al pueblo donde ella vivía. Durante el viaje, pensaba en el trabajo, en la solución a los problemas del mundo y en cualquier cosa que quisiera.

A mí me sucedía algo similar. Llegar al destino me emocionaba por lo que allí encontraría, pero también me causaba ilusión tener que subir al autobús y encerrarme en mí mismo por un par de horas —a veces más.

El inicio y la meta del viaje hablan de nuestras ilusiones, de quiénes somos, en qué deseamos convertirnos, y adónde queremos llegar. El trayecto, por su parte, revela la manera de lograrlo; nuestros gustos y obsesiones más privados se manifiestan y guían nuestros pasos hacia la individualidad. Al transportarse, algunos leen un libro, otros escuchan música, alguien más teje un suéter para el nieto consentido, y hay quien se encuentra inmerso en números y cuentas. Ese viaje solitario es una elección personal que comunica información importante al resto de los pasajeros. ¿Quién duerme en el transporte? El trabajador cansado, una persona enferma. ¿Quién lee unas fotocopias? Un estudiante. ¿Quién escucha música y tararea o toca un instrumento imaginario? Un adolescente. La experiencia del trayecto, además, ofrece la oportunidad de descubrirnos en los pequeños detalles: mientras pensamos en la novia, imaginamos lo que haremos al día siguiente o planeamos nuestra próxima aventura, se desvelan nuestros sueños y pensamientos más íntimos.

Se viaja y se piensa, pero en ese ensimismamiento también influye la forma en que lo hagamos. Hay quien viaja a diario en el transporte colectivo y vive en su mundo presente: con prisa, intentando economizar y aprovechar su tiempo libre. Hay quien se traslada en coche y decide encender el radio para que las voces de otros lo acompañen. Además del autobús, a mí me gusta el viaje que se hace caminando: uno sabe realmente cuánto avanza, cuánto tarda en llegar a otra parte y, también, que el recorrido es un espacio en el cual sólo se atienden los propios instintos y querencias.

Ese viaje en solitario constituye un encuentro con el propio Yo, pues lo único importante es saciar el deseo de estar encerrados en nuestro mundo y olvidar que el reloj marcha inclemente. Robert Louis Stevenson, en su ensayo Excursiones a pie, señala: “Tenemos tanta prisa por hacer cosas, por escribir, por estar reuniendo cosas, por hacer audible nuestra voz en el burlón silencio de la eternidad, que olvidamos esa cosa de la que aquéllas no son sino partes: a saber, nos olvidamos de vivir”.

Así pues, la caminata es el viaje en solitario más placentero, porque en ese lapso logramos ubicarnos en el presente, ser conscientes de nuestra existencia, y regalarnos la dicha de estar con nosotros mismos para dedicarnos a un hobby mental, una especie de espejo narcisista en el que sólo importa el Yo.

Me gusta viajar, lo he dicho, pero me agrada más el trayecto en solitario. En esos momentos, puedo creerme filósofo o ignorante, y en mi soledad no importa nada más que saber que mi acompañante soy yo mismo. Durante el viaje hacia mi interior, soy completamente feliz.

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