El placer de reparar: el inicio de dos nuevas vidas

El placer de reparar: el inicio de dos nuevas vidas
Fernando N. Acevedo

Fernando N. Acevedo

Hay quienes dicen que la felicidad radica en comprar algo nuevo, lo que sea, y en tener ese placer inexplicable —a veces insano— de desempacarlo de su caja. Pero seamos sinceros: pocas acciones dan tanta satisfacción como rescatar un objeto condenado al basurero y devolverlo a la vida. Antes de continuar, aclaro que no soy experto en ningún oficio y que lo aquí expresado nace de un placer adquirido a causa de una serie de necesidades que se fueron presentando a lo largo de mi vida adulta.

Me gusta subrayar “vida adulta” porque en mis primeros años y hasta mi juventud nunca tuve que preocuparme por reparar nada, pues en casa había recursos económicos para arreglar cualquier desperfecto con el simple acto de llamar al especialista en turno. Papá y mamá trabajaban todo el día para darnos esa tranquilidad y nosotros nunca tuvimos que componer el cable de la plancha que se peló, la fuga de agua del inodoro, el goteo de la llave del lavabo o el molesto crujido al subir o bajar el volumen de la radio.

Reparar: dar nueva vida a un objeto

Por eso, cuando la lámpara volvía a encender, la tostadora volvía a lanzar el pan sin parecer una catapulta medieval, la bicicleta dejaba de chirriar y el fregadero ya no goteaba, ese milagro era adjudicado al electricista, al mecánico del taller de bicis o al plomero; así, la gloria de la resurrección eléctrica, mecánica, hidráulica o electrónica correspondía a otros.

Sin embargo, a decir verdad, reparar es un acto creativo disfrazado de necesidad práctica. Uno empieza con la urgencia de que el ventilador deje de sonar como avión al despegar y termina descubriendo que tiene talento para la mecánica casera. Es como si la falla nos lanzara un reto: “A ver si puedes con esto”; y claro que siempre podemos, aunque a veces el resultado sea más experimental que funcional.

Lo curioso es que muchas veces la reparación se convierte en hobby: el que empezó arreglando su radio de pilas con cinta aislante y paciencia, pronto se ve coleccionando herramientas, viendo tutoriales en YouTube y hablando con orgullo de “su taller”. Y no solo eso: como por arte de magia, también uno va aprendiendo que a menudo no basta con torcer dos cables para unirlos y que es necesario comprar un cautín para soldarlos y hacer más duradera la unión. Entonces, lo que inicia como necesidad se transforma en pasión.

El taller que se va formando al comprar herramientas

De ahí, el salto a lo económico no está tan lejos: algunos descubren que su habilidad para revivir electrodomésticos puede convertirse en fuente de ingresos. Además, reparar tiene un toque filosófico: nos recuerda que no todo lo roto está perdido y que las cosas —y, a veces, también las personas— pueden remendarse con paciencia, ingenio y un poco de humor. Porque, sí, hay que reírse cuando el mueble queda chueco o la silla arreglada con clavos parece más escultura contemporánea que asiento funcional.

En un mundo que nos empuja a desechar para volver a comprar, reparar es un acto de rebeldía y, también, un hecho creativo: con frecuencia inventar piezas, improvisar soluciones y dar segundos usos a ciertos objetos nos ayuda a descubrir que la imaginación sirve para soñar, sí, pero también para apretar tornillos y remediar problemas cotidianos.

Así que la próxima vez que algo se rompa o descomponga, no lo veas como una molestia o una tragedia, sino como la oportunidad de sacar al inventor que vive dentro de ti, de reirte de tus intentos fallidos, de descubrir un pasatiempo que podrá acompañarte toda la vida o, ¡quién sabe!, de echar a andar un negocio que dé para comprar más herramientas, pues nunca son suficientes y como dijo un conocido: “aunque ocupes la remachadora una sola vez, más vale tenerla que extrañarla cuando se vuelva a necesitar”.

Al final, reparar es mucho más que arreglar: es crear y reinventar. Es un ejercicio de inventiva y el inicio de dos nuevas vidas: la del artefacto rescatado, porque experimenta una especie de renacimiento, y la del restaurador, pues una vez que se complace por ese renacer… jamás volverá a ser el mismo.

Nueva vida al objeto y a quien lo repara
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