
Aunque no lo parezca, en la actualidad leemos muchísimo. Todo el tiempo recibimos ráfagas de tuits, mensajes instantáneos, noticias, videos cortos, subtítulos, notificaciones, etc.; pero al hablar de gente que lea libros de ficción impresos o electrónicos, si bien durante el último lustro en México ha resurgido en el interés por la literatura, siguen siendo pocas las personas que leen novelas, especialmente si son textos largos y complejos.
Las causas son multifactoriales y es difícil señalar una sola. Se involucran factores sistémicos, como deficiencias en la educación y poco acceso a la literatura, pero también fenómenos sociales y tecnológicos que cambian radicalmente nuestra forma de consumir información.
En Estados Unidos, por ejemplo, hubo un cambio importante en la enseñanza de la lectura: durante años se ha desplazado la enseñanza fonética por métodos basados en el reconocimiento de palabras según su contexto. Investigadores como Anne Castles, Kathleen Rastle y Kate Nation han documentado cómo este cambio —reconocido como parte de las reading wars— terminó afectando la alfabetización básica y la comprensión lectora de millones de estudiantes.

La economía de la atención siempre gana
Uno de los factores que más ha transformado nuestra relación con la lectura es la presencia de dispositivos digitales. Vivimos en un mundo lleno de estímulos, donde casi no existe el tiempo vacío. Frente a eso, las palabras impresas parecen perder la batalla contra videos cortos que ofrecen satisfacción inmediata: nuestro cerebro busca estímulos novedosos y recompensas rápidas, por eso el scrolling puede afectar la atención, tan necesaria para la lectura.
En 2023, el investigador Francesco Chiossi comparó a un grupo de personas que, antes de someterse a pruebas cognitivas, pasaron 30 minutos viendo reels en TikTok, YouTube o X, contra otro que pasó el mismo tiempo en reposo. Quienes miraron videos obtuvieron peores resultados en memoria prospectiva; es decir, en recordar qué iban a hacer después. La conclusión del estudio fue que los videos cortos consumen recursos atencionales y pueden dejar al cerebro en “piloto automático”.
Las redes sociales parecen entrenar a nuestros cerebros para cambiar de estímulo constantemente. En su libro Superficiales —The Shallows— (2011), el periodista Nicholas Carr argumenta que internet no necesariamente nos vuelve menos inteligentes, pero sí favorece una forma de procesar la información más rápida, superficial y fragmentada. Esta idea dialoga con el trabajo de la neurocientífica Maryanne Wolf, quien advierte que los entornos digitales pueden dificultar la llamada “lectura profunda”: aquella que requiere reflexión, inferencia y atención sostenida.

Leer requiere algo que las pantallas no exigen: agencia
¿Cómo competir contra corporaciones que hacen inversiones millonarias para hacer su contenido cada vez más irresistible? Quizá el primer paso sea medir y reconocer cuánto tiempo dedicamos diariamente al contenido digital y pensar cuánto de ello podríamos destinar a otros intereses, como la lectura. Después vendrán las decisiones prácticas: borrar aplicaciones, establecer límites diarios de pantalla o simplemente dejar el celular en otra habitación durante media hora. Sin embargo, existe otra barrera menos evidente: la motivación.
Cada vez que abrimos una app o un servicio de streaming, encontramos un menú de opciones cuidadosamente seleccionado para nosotros. En plataformas como TikTok, Instagram Reels o YouTube Shorts ni siquiera elegimos: el siguiente video aparece automáticamente, “peladito y a la boca”, sin exigirnos ningún esfuerzo. Leer funciona exactamente al revés: es necesario sentirse atraído por ese libro que, como un gato, a veces es arisco y no nos llama con sonidos, colores o notificaciones; simplemente espera, silencioso, desde el librero. Somos nosotros quienes debemos acercarnos, abrirlo y decidir leerlo, página tras página.
La paciencia cognitiva también se entrena
Por eso la lectura es una actividad profundamente activa, aunque muchos podrían pensar que solo estamos sentados en un sillón. Mientras leemos, el cerebro decodifica palabras, construye imágenes mentales, interpreta ironías y metáforas, aprende vocabulario, conecta ideas y establece vínculos emocionales con personajes que ni siquiera existen. Todo ello requiere esfuerzo. Maryanne Wolf sostiene que durante la lectura profunda el cerebro establece conexiones entre la memoria, el razonamiento, la empatía y el pensamiento crítico, procesos que necesitan tiempo para desarrollarse y que difícilmente aparecen cuando consumimos información de manera fragmentada.
Un lector de ficción, especialmente de novelas largas y complejas, enfrenta además otros desafíos: necesita comprender recursos como la ironía, la metáfora y las múltiples capas de significado de un texto; requiere un vocabulario amplio, buena comprensión lectora y suficiente memoria para mantener presentes personajes, acontecimientos y relaciones durante cientos de páginas. Entonces, la lectura exige dedicarle tiempo y concentración si queremos convertirla en hábito; es un esfuerzo placentero, sí, pero sigue siendo un esfuerzo. Y es precisamente esa paciencia cognitiva la que está disminuyendo: existe evidencia de que los periodos de atención sostenida frente a tareas demandantes se reducen a medida que aumentan las interrupciones y el cambio constante de estímulos.

Por último, una revisión reciente encabezada por Lena Wimmer encontró que la lectura de ficción se asocia con mejoras en la empatía y en la habilidad de comprender los estados mentales de otras personas, aunque aún hace falta más evidencia para confirmar muchos de estos beneficios.
¿Qué leen realmente los mexicanos?
Pero incluso entre quienes leen, ¿qué es lo que realmente se está leyendo? De acuerdo con el INEGI, 62.5 % de la población mexicana de doce años y más afirma leer libros. A primera vista parece una buena noticia; sin embargo, los títulos más leídos son libros de texto escolares, de autoayuda y textos religiosos. La ficción ocupa un lugar considerablemente menor y el promedio nacional apenas ronda los cuatro libros al año. Vale la pena preguntarse, entonces, si todos los libros ejercitan las mismas habilidades cognitivas, pues quizás un best seller no demande el mismo nivel de interpretación, inferencia o complejidad narrativa que una novela de Dostoyevski, Woolf o Rulfo.
En cuanto a quienes no leen, las razones reportadas por el INEGI son comprensibles: falta de tiempo, cansancio, burnout y, simplemente, falta de interés. Si pensamos en la realidad del mexicano promedio, que muchas veces trabaja largas jornadas, dispone de poco tiempo libre y no siempre tuvo acceso a una educación de calidad, no sorprende que muchos muestren nulo interés por la literatura. Y si finalmente deciden leer, es lógico que su elección no sea En busca del tiempo perdido, que tiene casi tres mil páginas: es como pedir a alguien que nunca ha hecho ejercicio que escale el Everest.

Para quienes usan su capacidad de lectura solo para escanear titulares, hojear páginas o saltar de un estímulo al siguiente, obras monumentales como Los hermanos Karamazov de Dostoyevski o Los miserables de Víctor Hugo seguirán siendo inaccesibles. La experiencia literaria exige una forma distinta de atención que hoy practicamos cada vez menos: solo podrán deleitarse con tales libros quienes tengan la capacidad de sostener la atención durante largos periodos y resistir la tentación del estímulo fácil.
Marcel Proust decía que cada lector es, mientras lee, el lector de sí mismo. Entonces, ¿será que quienes leen novelas largas tienen más capacidad de bucear en sus adentros?…



