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Dos libros para iniciarse en el budismo zen

Dos libros para iniciarse en el budismo zen
Hugo Masse

Hugo Masse

Mente y espíritu

El otro día recordaba la ocasión en que, de camino a mi empleo como maestro de inglés en el Instituto Anglo-Mexicano —en la colonia San Rafael de la Ciudad de México—, varié el trayecto que regularmente tomaba y pasé frente a la Librería Británica que, en aquel entonces, estaba sobre la calle Serapio Rendón. Ese día habían sacado a la calle una mesa con libros de segunda mano en oferta; y yo, sin pensar que ahí encontraría algo que cambiaría mi vida por completo, me acerqué a ver qué podría interesarme: así fue que hallé, a un precio increíblemente bajo, dos libros clásicos que me conducirían a la práctica del budismo Zen.

Uno de ellos era Los tres pilares del Zen, publicado originalmente en 1965, del estadounidense Phillip Kapleau, quien había trabajado como reportero durante los juicios de Nuremberg —en los que se juzgaron a criminales nazis por delitos contra la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial— y después desempeñó un papel similar en los juicios de Tokio. En Japón, conoció al prisionero alemán Karlfried Graf Dürckheim, quien ya había encontrado en ese país la veta de espiritualidad que hacía falta en una Europa desgarrada por la guerra.

"Los tres pilares del Zen", de Phillip Kapleau

Dürckheim recomendó a Kapleau acudir a las pláticas que impartía D. T. Suzuki, uno de los primeros y más grandes divulgadores del budismo en occidente a mediados del siglo XX. El atractivo intelectual que muchos sentían por esa filosofía —los escritores Beat, por ejemplo, mostraron un interés apasionado por las ideas del Zen— no fue suficiente para la curiosidad de Kapleau, quien se mudó a Japón y se inscribió como alumno en un monasterio Zen. A la larga, Kapleau se convirtió en maestro de esta escuela y en un firme proponente del vegetarianismo budista.

En su tiempo, el libro Los tres pilares del Zen ayudó a disipar muchos mitos y dudas que había en torno a la práctica del budismo Zen, los cuales persisten hasta hoy y seguramente hay mucha gente que sigue creyéndolos. Con su experiencia como reportero, Kapleau traducía las pláticas dictadas por los maestros Zen para los practicantes occidentales poco fluidos en japonés, y tras cada ponencia tomaba notas rápidas para después reescribir la conversación.

Los tres pilares a los que alude el título se refieren a los fundamentos del budismo: la enseñanza, que se expresa en las pláticas públicas que el roshi o maestro dicta a los discípulos; la práctica, donde no solo observamos las instrucciones que reciben los practicantes, sino también algunos intercambios de preguntas y respuestas en sesiones individuales entre éstos y el roshi; y finalmente, la iluminación, que se ilustra con relatos de gente con trabajos comunes de 9 a 5, que viaja a Japón y logra vislumbrar lo ilusorio de nuestra realidad cotidiana, y experimentar en carne propia la realidad trascendente que el Buda promete a quienes siguen sus instrucciones.

Después de leer Los tres pilares del Zen se pierde la imagen idealizada de los monjes que sonríen desde la nube en la que están plácidamente sentados en posición de flor de loto, mientras sueltan frases crípticas totalmente alejadas de cualquier situación mundana. En cambio, el libro brinda el panorama de una cosmovisión y las instrucciones para desaprender muchos hábitos que pueden parecernos inocuos, pero que nos impiden ver esa realidad ulterior, lo cual es el resultado de una labor constante y tenaz. En la iluminación, no hay accidentes.

El otro libro fue Zen y el Arte del mantenimiento de la motocicleta, de Robert M. Pirsig, que desde su introducción advierte que la obra no trata acerca del budismo y que sólo aborda tangencialmente cómo dar mantenimiento a una moto, pero a pesar de ello es uno de los libros de filosofía más populares desde hace décadas. La historia de Pirsig es similar a la de Kapleau: fue un niño con un altísimo cociente intelectual quien no logró adaptarse al ambiente académico, y que durante su servicio militar en Corea entró en contacto con el pensamiento oriental, el cual tuvo una influencia determinante en su filosofía de vida.

"Zen y el Arte del mantenimiento de la motocicleta", de Robert M. Pirsig

A través la narración de un viaje en moto a lo largo de los Estados Unidos, Pirsig comparte ideas acerca de nuestra cultura —“Cuando una persona sufre de un delirio, se le llama locura; cuando mucha gente sufre del mismo delirio se le llama religión”—, el sentido común —“no es más que las voces de miles de fantasmas, es decir, invenciones humanas de la naturaleza o de la lógica”— y, especialmente, acerca de la calidad, de cual acota que “sabes lo que es hasta el momento en que te preguntan qué es; puedes mencionar objetos que la tienen o no, pero no es fácil definirla”.

Buena parte del libro gira en torno a la idea de la calidad y acaba por proponer una metafísica propia acerca de la realidad, más allá de lo objetivo y lo subjetivo, que inicia con la escasa o rebosante calidad de una experiencia: cuando tenemos una experiencia de alta calidad —por ejemplo, al comer algo delicioso o estar frente una obra de arte excelsa— nos sentimos atraídos a ella tanto como buscamos evitar experiencias de mala calidad, tales como sentarnos en una plancha caliente. Al final, toda la realidad puede verse como una búsqueda constante de experiencias de calidad.

A la vez que presenta sus ideas, Pirsig narra cómo antes de ese viaje él era una persona muy distinta, simbolizada por Phaedrus o Fedro: un personaje que buscaba la verdad y tuvo una experiencia parecida a la iluminación de los budistas, pero al no contar con la guía de un roshi, ésta acabó por desestabilizar su equilibrio mental al grado de terminar internado en un hospital psiquiátrico, donde recibió un tipo de terapia que ahora nos parece aberrante.

Los cristianos suelen imaginar que, si Jesucristo regresara el día de hoy, muy probablemente acabaría en un manicomio por sus delirios de creerse “el Elegido y el hijo de Dios” o en una prisión, acusado de alterar el orden público. Del mismo modo, un Buda contemporáneo sería tomado por una persona desquiciada y tal vez se le sometería a alguna terapia radical para regresarlo a la “normalidad”.

Volviendo a la anécdota del inicio, en estos dos libros —nada superficiales, por cierto— hallé a un par de guías espirituales del modo en que éstos deberían ser hallados: sin estarlos buscando, pero sabiendo que se está en el camino para encontrarlos. Incluso ahora, varias décadas después de este hallazgo, ese par de lecturas siguen siendo una referencia en mi búsqueda personal de respuestas acerca de la naturaleza de las cosas… y por eso te las comparto hoy.

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