El prestigio del absurdo: la élite secreta de los empleos más raros del mundo

El prestigio del absurdo: la élite secreta de los empleos más raros del mundo
Julio Báez

Julio Báez

Hay una mentira que nos contaron desde que éramos niños y que nos repetimos como mantra cada lunes por la mañana: si estudias con tesón y trabajas duro, serás una persona respetable y tendrás un buen empleo; o sea, uno de esos trabajos que puedes explicar sin provocar caras de extrañeza o de lástima cuando respondes la pregunta de a qué te dedicas. Pero el mundo actual —ese organismo que respira capitalismo y suda ansiedad— está lleno de personas que viven justo en el borde de esa mentira. Personas que no solo trabajan en empleos raros, sino que han convertido lo extraño en una forma de sabiduría que no cabe en un currículum.

Porque mientras tú pules tu CV con palabras del argot empresarial como liderar, skills o resiliencia, alguien en Alemania huele axilas sintéticas ocho horas al día para probar la eficacia de un desodorante y lo hace con una seriedad casi religiosa, como si participara en un antiguo ritual que nadie entiende del todo, pero es necesario para que el mundo no huela peor de lo que ya huele. Así, la pregunta no es por qué existen estos trabajos, sino ¿por qué creemos que los nuestros son menos absurdos? Como sea, aquí algunos de los empleos más raros del mundo:

Esto no sabe exactamente a pollo

Cuando de niños nos preguntaban qué queríamos ser de grandes, nadie habría dicho: “catador de comida para mascotas y probar croquetas sabor salmón con notas de cartón húmedo”. Y sin embargo, ahí están: personas reales, con cuentas que pagar y vidas que sostener, describiendo perfiles aromáticos de alimentos que ni siquiera están diseñados para humanos. En países como Estados Unidos o el Reino Unido, estos catadores de comida para mascotas existen porque las marcas necesitan validar la calidad de sus productos más allá del instinto animal y traducir el lenguaje del perro al lenguaje del mercado. Y ese alguien mastica, huele, escupe y toma notas como si estuviera en una cata de vinos en la Toscana… pero con el leve sabor de la dignidad diluyéndose en cada bocado.

Catador de comida para mascotas
Vamos a jugar mientras aprendemos

Por otro lado, tenemos a los testers o probadores de videojuegos educativos, que no juegan el último título de moda, sino que pasan horas probando apps para enseñar matemáticas a niños hiperactivos. Su trabajo no es divertirse: es detectar si el juego es lo suficientemente entretenido como para enganchar a un niño de edad escolar y hacerlo aprender sin que se dé cuenta, en una especie de ingeniería del engaño pedagógico. Y sí, también se cansan; porque incluso el juego, cuando se convierte en obligación, deja de ser juego.

Sí corro y sí empujo

Hay empleos que usan la mente, otros que utilizan el tiempo… y luego están los que emplean el cuerpo de formas que rozan lo absurdo. Y en Japón, donde la puntualidad es casi una religión, existen los empujadores del metro: personas cuya función es meter a otros humanos en vagones que ya no tienen espacio. No es una metáfora, sino contacto físico real, repetitivo y sistemático; o sea, empujar hasta que la puerta cierre y hasta que la ciudad pueda seguir funcionando. Empujar como si una multitud de seres humanos fuera solo una masa que puede comprimirse para caber en un vagón.

Empujador en el metro
El cuerpo como herramienta de trabajo extrema

Otro ejemplo son los catadores de olores industriales, cuya función es evaluar cómo huele un producto en distintas condiciones —sudor, calor, encierro— y trabajan en laboratorios alemanes y japoneses. Sus narices están entrenadas para detectar lo que la mayoría preferiría ignorar; por eso, con el tiempo su sentido del olfato se vuelve una herramienta quirúrgica y pueden distinguir matices que nosotros ni siquiera sabíamos que existían. Pero también pagan un precio: vivir con una percepción de que todo el mundo tiene un olor demasiado notorio.

Una siesta en el trabajo

Algo similar ocurre con los probadores de colchones de lujo: personas que pasan horas acostadas o cambiando de posición para evaluar la firmeza, la temperatura y el soporte lumbar del producto. Desde fuera, ese trabajo parece un sueño hecho realidad; pero, desde dentro, es una rutina que convierte el descanso en un trabajo en el que dormir deja de ser un escape y se convierte en una tarea que debe documentarse, evaluarse y justificarse.

Probador de colchones de lujo
Una luz para orientar a los viajantes

Por último, están los cuidadores de faros en países como Escocia o Canadá. Este trabajo, que parece sacado de una novela romántica del siglo XIX, es solo para personas capaces de estar solas, aisladas, rodeadas de mar y con la única misión de mantener una luz encendida. Su día de trabajo no incluye videollamadas, correos electrónicos ni reuniones, sino solo viento, silencio y una tarea tediosa y repetitiva. Son recordatorios vivientes de que el trabajo también puede ser soledad.

La rutina invisible de lo extraordinario

Lo más perturbador de estos empleos no es su existencia, sino su normalidad para quienes los ejercen; porque, al final del día, todos desarrollan rutinas.Y ahí es donde ocurre lo interesante: el trabajo deja de ser extraño y empieza a ser simplemente trabajo, con sus frustraciones, pequeñas satisfacciones y momentos de tedio. La diferencia no está en la naturaleza del empleo, sino en cómo lo percibimos desde fuera. Mientras tanto, otros seguimos encerrados dentro de pequeños cubículos en oficinas con aire acondicionado, fingiendo que nuestro empleo tiene más sentido solo porque suena mejor en una conversación.

Y aquí estamos: trabajando en cosas que quizá nadie soñó…

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