
Si algo nos ha enseñado la historia de la humanidad es que somos expertos en equivocarnos. Nos da pánico cometer errores, diseñamos planes milimétricos para evitarlos y, aun así, terminamos metiendo la pata. Pero aquí viene el gran secreto que los libros de texto a veces nos ocultan: algunos de los inventos y descubrimientos más revolucionarios de la ciencia y la tecnología no nacieron de un momento de genialidad, sino de un glorioso, caótico y afortunado error.
La ingeniería del error es, básicamente, el arte de tropezar con una piedra y descubrir que, debajo de ella, hay una mina de oro. Uno de los ejemplos más conocidos de ello es el del mismísimo Alexander Fleming, quien, por no lavar el instrumental de su laboratorio, un día se fue de vacaciones y dejó unas placas de cultivo de bacterias abandonadas. Al volver, notó que un hongo raro se había colado por la ventana y había aniquilado a todas las bacterias. En lugar de pensar “¡Qué asco!”, y tirarlo a la basura, se preguntó por qué pasaba eso.
El resultado de su flojera vacacional fue el descubrimiento de la penicilina, un antibiótico que ha salvado millones de vidas en todo el mundo. Y no solo eso: anteriormente, y también por error —cuando el moco de un estornudo cayó en una caja de Petri donde había un cultivo de bacterias, que también fueron aniquiladas—, había descubierto la lisozima, una enzima capaz de dañar la pared celular de las bacterias. Como se puede notar, dos grandes descubrimientos fueron resultado directo tanto de la suerte como del descuido y la falta de higiene en el laboratorio de Fleming.

Otro afortunado ejemplo es el de Wilhelm Röntgen, quien experimentaba con rayos catódicos en un tubo de vidrio forrado con un cartón negro. De pronto, vio que una pantalla cubierta con químicos que estaba cerca empezaba a brillar, lo que le hizo deducir que el tubo emitía radiaciones desconocidas. Al experimentar con diversos materiales, se dio cuenta de que uno en especial impedía el paso de dicha radiación: el hueso humano. Para comprobar la hipótesis, pidió a su esposa que colocara la mano sobre una placa fotográfica y encendió su tubo por algunos minutos. El resultado fue la primera radiografía de la historia.

Otro caso de errores afortunados fue el descubrimiento del Teflón, que sucedió cuando el químico Roy Plunkett intentaba crear un nuevo refrigerante y dejó un gas congelándose en unos cilindros. Al abrirlos, el gas había desaparecido, dejando en su lugar un polvo extremadamente resbaladizo en el interior. Hoy en día, gracias a ese polvo los huevos del desayuno no se pegan en la sartén.

Recreación del descubrimiento del Teflón. De izq. a der.: Jack Rebok, Robert McHarness y Roy Plunkett. Obsequio de Plunkett al Hagley Museum & Library. Cortesía de sciencehistory.org.
La tecnología no se queda atrás en “el club del tropiezo”. En 1968, el químico Spencer Silver intentaba desarrollar un pegamento ultra fuerte, pero el resultado de su fórmula fue un adhesivo tan débil que se despegaba con solo mirarlo. El invento se quedó en el olvido hasta que un compañero suyo, harto de que los separadores de papel se le cayeran de su libro de coros en la iglesia, recordó el pegamento flojo de Silver. Así nacieron los Post-it, esas notas amarillas que hoy sostienen la productividad de oficinas enteras.

Uno de los casos más curiosos es el del ingeniero Percy Spencer. Mientras probaba un tubo generador de microondas para radares (magnetrón), notó que una barra de chocolate que llevaba en el bolsillo se había derretido. Entonces, experimentó colocando cerca del tubo granos de maíz y estos se hicieron palomitas; después puso un huevo, que explotó debido a la presión generada por el calor interno. Raytheon, la empresa para la que Spencer trabajaba, presentó entonces la primera patente de la invención y lanzó al mercado el primer microondas en 1947, llamándolo Radarange.

Por último, hablemos del marcapasos, que nació gracias a un error cometido por Wilson Greatbatch, ingeniero e inventor con más de trescientas patentes en su haber. Mientras trabajaba con un dispositivo para registrar los latidos del corazón, le instaló una resistencia equivocada; cuando notó que el circuito comenzaba a emitir pulsos eléctricos a intervalos exactos, se dio cuenta de que esto podría estimular el corazón. Si bien se le conoce como el inventor del marcapasos en general, en realidad trabajó para desarrollar el primer marcapasos implantable.

Lo hermoso de estos accidentes es que requieren de algo que la inteligencia artificial todavía no puede imitar: la curiosidad humana ante lo inesperado. Un algoritmo ve un error de cálculo y simplemente lo descarta, porque no cumple con la regla. El cerebro humano, en cambio, tiene la capacidad de mirar un desastre y pensar: “A ver, esto no es lo que buscaba, pero es extrañamente interesante”.
Al final, la ingeniería del error nos invita a perderle el miedo a la imperfección. La próxima vez que arruines una receta de cocina, le envíes al jefe un correo personal o provoques un cortocircuito haciendo un experimento casero, no te desanimes. Y, en lugar de decirle equivocación, llámalo “fase de investigación avanzada no planificada”. ¿Quién sabe?, tal vez estés a un tropezón de distancia de patentar el próximo gran invento de la década…



