
Desde hace algunas décadas, sepultar cuerpos en cementerios —los espacios tradicionalmente destinados para ello— es cada vez menos usual debido al creciente sobrecupo en ellos y a la necesidad de destinar esos terrenos a otros usos, como el de la construcción. Una posible solución sería promover la práctica de la cremación, pero en muchos países la inhumación sigue siendo una ceremonia cuya función es rendir homenaje a las personas fallecidas y, al mismo tiempo, protege al cuerpo de la descomposición al aire libre.
Por eso es que se cavan fosas profundas donde el cadáver se sepulta dentro de un ataúd, el cual se cubre con la tierra extraída; al terminar, la fosa se corona con una lápida que puede ser de cemento o de materiales más lujosos como el mármol, con el fin de evitar rapiñas animales o humanas. O, si los dolientes tienen suficientes recursos económicos, se pueden construir sobre la tumba mausoleos donde se puede inhumar a varios parientes, por lo que llegan a convertirse en una especie de monumentos familiares.
No obstante, estas prácticas de inhumación, desde la simple fosa hasta el rico mausoleo, requieren la posesión de un terreno, normalmente dentro del cementerio. ¿Qué sucede, entonces, cuando en una metrópoli se enfrenta una gran mortandad y espacio insuficiente para sepultar a todos los fallecidos? París tuvo esta problemática y dio con una solución que demostró su practicidad con el paso de los siglos, y que hoy todos los habitantes de la Ciudad Luz[1] y los turistas podemos visitar.
Algo de historia
En algún momento todos los cementerios del mundo han enfrentado el problema del sobrecupo, y la capital francesa no fue la excepción. En 1780, cerró sus puertas el emblemático Cementerio de los Santos Inocentes, que había estado en uso desde el siglo XII; esto se debió al gran crecimiento poblacional, con el consecuente aumento de la demanda de espacios para el entierro de cuerpos. Con los demás cementerios parisinos al tope de sus capacidades, se recurrió a entierros en fosas comunes que derivaron en olores nauseabundos y una grave crisis de sanidad, debido a las enfermedades que se propagaron.
Por esa razón, las autoridades ordenaron el traslado de esqueletos de todos los cementerios parisinos a las antiguas canteras subterráneas que, desde la época del Imperio Romano, se habían excavado para obtener la piedra caliza que serviría para construir edificios y monumentos, muchos de los cuales siguen en pie en la actualidad.
Dicho traslado se llevó a cabo durante las noches y con la mayor discreción posible para evitar protestas de los pobladores y de la Iglesia católica. Así, el 7 de abril de 1786 fueron bendecidas y consagradas las canteras de Tombe-Issoire, y la mudanza de osamentas se realizó entre 1787 y 1814. A partir de entonces, las canteras se convirtieron en osario municipal y pasaron a ser conocidas como las Catacumbas de París, aludiendo a las de Roma.

Si bien estas canteras subterráneas consisten en más de 300 kilómetros de túneles, en la actualidad sólo 1700 metros están abiertos al público. Como sea, en este espacio se pueden observar los huesos y cráneos de unos tres millones de cuerpos, que fueron acomodados en forma estética por los encargados de su traslado, quienes decidieron hacerlo así no sólo por razones de logística —o sea, para ocupar el menor espacio posible—, sino para dar a los restos de los difuntos la dignidad que merecían.

Entre lo prohibido y el turismo
Estas mismas catacumbas que funcionaron como refugios de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial hoy se usan incluso para fiestas. Y a pesar de que la orden ministerial del 2 de noviembre de 1955 prohíbe el acceso a la mayor parte de las canteras subterráneas, numerosos exploradores urbanos no autorizados —llamados “catáfilos”— continúan visitando esas zonas ocultas, documentando su localización y los elementos arquitectónicos que allí encuentran.
La apertura oficial al público ocurrió en 1809 y desde entonces las catacumbas han recibido visitas de personajes ilustres como el conde de Artois, quien más tarde fue el rey Carlos X; el emperador Francisco I de Austria y Napoleón III. Su atractivo no radica únicamente en la arquitectura o en la historia, sino en la experiencia sensorial de caminar entre millones de huesos humanos, en silencio y bajo tierra, como una forma de confrontar la muerte desde una perspectiva estética y filosófica.

La reservación y pago de boletos, consejos y restricciones para la visita, que dura aproximadamente una hora, se pueden encontrar en línea en el sitio oficial de las catacumbas. ¿Te animarías a visitarlas?

[1] Llamada así por dos razones: por su papel como centro de la actividad intelectual en el período histórico de la Ilustración entre los siglos XVII y XVIII, y por ser la ciudad pionera en la instalación del alumbrado público a base de gas, a principios del siglo XIX.


