Mozart niño

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Mad hi-Hatter

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Café sonoro

Uno de los arquetipos más asombrosos que se presenta a cada tanto en el arte de la música es el del niño prodigio. Y nadie lo representa mejor que Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart (1756-1791), a quien el mundo conocería por el mote de “Amadeus”. Uno de sus biógrafos más notables, el escritor alemán Stendhal (1783-1842), en su obra Vida de Mozart, nos cuenta una anécdota que da fe de la genialidad del natural de Salzburgo.

Stendhal relata que, desde los seis años de edad, Mozart era presentado por su padre, Leopold Mozart —quien era músico y había enseñado a su hijo sus primeras lecciones—, y junto con su hermana Mary Ann, como un niño prodigio en las cortes europeas de la época. El primer viaje fue hacia Múnich, donde el pequeño Wolfgang tocó ante el príncipe elector, “y recibió infinitos elogios”. Después vino Viena, donde tocó frente a la corte y al emperador Francisco I, quien en esa ocasión retó al pequeño a tocar el pianoforte con un solo dedo y sin ver las teclas. Y así lo hizo el niño prodigio. Al año siguiente, hicieron una gira por Múnich, Augsburgo, Manheim, Fráncfort, Kóblenz, Bruselas y París. En 1764, la fama de Mozart lo llevaría hasta Londres, Inglaterra.

Durante los años siguientes, seguiría viajando por Europa y, en el año 1770, su estancia en Roma coincidió con la Semana Santa, de modo que, como era la costumbre, el joven Mozart acudió con su padre a escuchar el celebrado Miserere que se interpretaba en la Capilla Sixtina cada miércoles y viernes santos. Aquella pieza musical, famosa por el fuerte impacto que tenía sobre los asistentes —sin duda, los imponentes y mundialmente famosos frescos pintados en la bóveda por Miguel Ángel algo tenían que ver en el asunto—, había sido compuesta en el siglo XVI por Gregorio Allegri, y era bien sabido que el Papa en persona había prohibido a sus músicos, so pena de excomunión, el hacer copias o mostrar siquiera las partituras de esta composición sagrada.

Pues bien, el pequeño Mozart —que ya daba muestras de la impetuosidad y la incorrección que acabarían distinguiéndolo— se había empeñado en memorizarla con sólo escucharla una vez. Y lo logró: el mismo miércoles, al terminar el oficio religioso, Wolfgang regresó a su casa a verter en papel pautado todas y cada una de las notas que había registrado perfectamente en su prodigiosa memoria. Dos días después, el Viernes de Dolores, Mozart acudió de nuevo a la misa con la partitura escondida en el sombrero, y aprovechó esta segunda interpretación para hacer algunas últimas correcciones. Si se hubiera tratado del siglo XXI, para el sábado, el Miserere ya habría estado disponible en los puestos de piratería y descargable en torrentes en línea de dudoso origen.

Fiel a sus futuras costumbres, Mozart alardeó sobre el hecho y fue retado a cantar el Miserere en público y correctamente. Como era de esperarse, su interpretación fue perfecta, nota por nota, y así lo reconoció un cantante de nombre Cristófori, que había sido una de las treinta y dos voces que lo habían interpretado en la Capilla y que, evidentemente, conocía a la perfección la partitura y toda su complejidad. Cristófori se asombró de que un jovencillo hubiera podido descifrarla en todas sus tonalidades y acentos —algo que ni siquiera se escribía en partituras, y se enseñaba de boca en boca sólo a los cantantes al servicio del Papa— con sólo escucharla dos veces, pues era una pieza compuesta específicamente para el espacio en el que era interpretado: al principio de la pieza, la Capilla estaba completamente iluminada, llenando de luz el Juicio Final pintado por Buonarroti; a medida que el servicio iba avanzando, las luces se iban apagando para crear un efecto de tremendo dramatismo, imposible de reproducir. Hasta que llegó Mozart y Roma, simplemente, se rindió ante él.

El impacto de este Miserere y de su teatral interpretación, nos dice Stendhal, persiguió a Mozart a lo largo de su vida. Y hay quienes ven en su Réquiem un tardío eco de ésta, una de sus primeras grandes hazañas musicales.

Hasta el próximo Café sonoro.

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