¿Por qué acumulamos cosas que ya nunca usamos?

¿Por qué acumulamos cosas que ya nunca usamos?
Julio Báez

Julio Báez

En mi casa —como en casi todas las casas del mundo, supongo— hay una caja que funciona como una suerte de cementerio emocional: nadie sabe qué contiene exactamente, todos saben que existe y ninguno se atreve a vaciarla. Estas cajas pueden estar escondidas en algún sitio y ser como cápsulas del tiempo, llenas de decisiones que nunca se tomaron, cables y cargadores de dispositivos obsoletos, manuales de electrodomésticos extintos, llaves sin puerta, boletos de conciertos de hace décadas, una cámara fotográfica que ya no enciende y, tal vez, un Nokia que sobrevivió a tres mudanzas y algunas rupturas amorosas.

Lo más extraño es que nadie quiere tirar esa caja, aunque todo lo que contiene sea inservible, no tiene ningún valor económico ni va a sacarnos de un apuro. La conservamos porque esos objetos inútiles o ridículos son pequeñas extensiones de nuestra biografía pues los seres humanos, más que máquinas, somos animales que desarrollamos apegos sentimentales con nuestras pertenencias.

La clásica buhardilla

En algunas casas, las cajas ocupan por completo áticos, cobachas o “el cuarto del fondo”, y ahí conviven con muebles rotos, candelabros antiguos, libros, revistas y armarios llenos de antigüedades. En México, sería muy sencillo convocar a los señores del “Se compran colchones, tambores…” y deshacerse de todo eso; pero para muchas familias el rosario del abuelo, el chifonier de la tía soltera y la ropa del hijo que murió joven son como un símbolo que hace menos dolorosa la ausencia de esos familiares. Quizá por eso nadie tira completamente el pasado, pues sería como una traición a nuestra gente; solo lo reorganizamos en cajas.

Otras personas, en cambio, coleccionan objetos inútiles del pasado por el gusto de poseerlos. Compran vinilos sin tener donde tocarlos, ceniceros viejos aunque no fuman y adornos vintage que nunca lucirán en sus paredes, pero que les genera una conexión con otros tiempos, personas o lugares. Y también existe la subespecie del “nostálgico tecnológico” que guarda reproductores de CD, teléfonos de solenoide, todos sus celulares y hasta su iPod Classic, aunque Spotify exista desde hace años. Se refiere a aparatos descompuestos como si fueran soldados caídos en batalla, recuerda con precisión el sonido del módem de internet y quizá tiene un cajón lleno de floppy disks a los que ya nadie puede acceder.

Vendedor de "chácharas"

En otra categoría están quienes convierten cualquier caja o envase bonito en almacén de otros objetos: compra galletas danesas, no por el sabor de estas, sino porque le tiene echado el ojo a su lata redonda para que termine llena de hilos, fotografías, botones, medicinas o su kit de fumar… lo que sea que fume. Los dulces o las galletas son lo de menos; lo importante es el potencial del recipiente.

Además, están los previsores que guardan los botones de respuesto de todas sus camisas, los tornillos y las piezas que les sobran al armar un mueble, así como retazos, piezas y cacharros de tela, madera o metal, con la premisa de que “a lo mejor un día sirven”. Y en lo que ese momento llega, ahí se van acumulando todas estas pequeñas soluciones a problemas que casi nunca se presentan.

La utilidad nunca ha sido el criterio

Todos conocemos a alguien que tiene una colección de objetos decorativos que son completamente innecesarios, pero que aman profundamente. Figuras de cerámica, peluches de animales, souvenirs vacacionales, imanes de refrigerador, esferas de nieve, miniaturas, figuras de Lladró o vasos comprados en el cine con imágenes en 3D… todo, porque “son de colección”. Muchas veces ni siquiera lucen bien, pero funcionan como dispositivos de continuidad histórica que ayudan a mantener una narrativa personal estable en un mundo que cambia demasiado rápido. Cuando una persona conserva algo en apariencia absurdo, muchas veces está intentando conservar también una sensación, una época o una conexión.

La ciencia ha observado que tendemos a humanizar objetos. Ese fenómeno llamado antropomorfismo explica por qué algunas personas le ponemos nombre a nuestros coches o peluches, nos da “sentimiento” las muñecas viejas o hablamos de ciertos objetos como si fueran seres vivos con sentimientos. Nuestro cerebro está diseñado para construir vínculos incluso con cosas inanimadas.

Colección de robots de juguete

Y claro, también existe el otro lado del asunto: el consumo moderno produce toneladas de cosas sentimentalmente pegajosas. Las marcas entendieron hace tiempo que no venden productos, sino pertenencia; por eso, el marketing emocional convierte objetos comunes en símbolos personales. Unos jeans Levi’s son símbolo de nuestra identidad, la tornamesa Fisher de papá lo trae de regreso a la vida y nuestros viejos tenis Converse reviven nuestros años universitarios.

Las generaciones actuales tienen una relación tan extraña con la nostalgia. Y es que lo obsoleto se vuelve entrañable porque ofrece algo que la tecnología moderna ya no da: permanencia mental. Vistos así, estos objetos no son inútiles realmente; tal vez ya no funcionan de forma práctica, pero sí ayudan a sostener memorias, identidades y emociones, y son pequeñas piezas de archivo humano. Son recordatorios físicos de personas, etapas, anteriores versiones nuestras y momentos mínimos que nuestro cerebro se rehúsa a perder.

Y tú, ¿también guardas objetos inútiles por valor sentimental?

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