
En la Grecia clásica, la palabra hubris —traducida a veces como “insolencia, presunción, orgullo o atrocidad”— designaba las acciones humanas impregnadas de una arrogancia tal que terminaban siendo transgresiones contra los dioses. Puesto en palabras más sencillas, el hubris tenía lugar cuando un simple mortal presumía de ser mejor que un dios o que una diosa en una habilidad o en un atributo, y por ello a menudo recibía un castigo divino.
En la esfera humana, el hubris deriva de un acto arrogante en el que una figura poderosa, inflada por el orgullo desmedido y la excesiva confianza en sí misma, trata a otros con insolencia y desprecio. Por eso, los psicólogos que estudian el poder en la política y las empresas llaman síndrome de hubris al conjunto de síntomas que coloquialmente conocemos como “enfermedad de poder”.

“Subirse al ladrillo”
Como pudimos leer, el trastorno que sufren ciertas personas cuando son dotadas de poder —y que, a la vuelta del tiempo, termina siendo su propia perdición— ha sido identificado desde la antigüedad. Sin embargo, fue en 2008 que el médico y político británico David Owen acuñó y perfiló este término médico en un ensayo que se publicó en la revista Clinical Medicine, donde analizó a líderes políticos de los Estados Unidos y del Reino Unido como Margaret Thatcher, Tony Blair y George W. Bush.
El habla coloquial mexicana describe la actitud y las acciones de personas que se embriagan de poder con frases como “se le subieron los humos” o “se subió a un ladrillito y se mareó”. Pero Owen enlistó una serie de síntomas del síndrome de hubris que, de coincidir con el comportamiento de una persona en al menos cuatro instancias, permiten diagnosticar dicho trastorno. Estos síntomas son:
- Propensión narcisista a ver el mundo como un espacio para que ellos ejerzan el poder y busquen la gloria, no como un lugar con problemas que requieren un enfoque pragmático que nada tiene que ver con ellos.
- Predisposición a realizar aquellas acciones que los harán lucirse o mejorar su imagen.
- Una forma mesiánica de hablar sobre lo que hacen y una tendencia a la exaltación en su habla y sus modales.
- Una preocupación desproporcionada por su imagen y presentación.

- Una excesiva identificación con su nación o su empresa, al punto de considerar la perspectiva y los intereses de ambos como idénticos.
- Tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o al uso del “nosotros” que usa la realeza.
- Confianza excesiva en su propio juicio y desprecio por los consejos o críticas de los demás.
- Una confianza en sí mismos tan exagerada que raya en la percepción de omnipotencia acerca de lo que pueden lograr personalmente.
- Creencia de que, en lugar de rendir cuentas ante sus colegas o la opinión pública, el único tribunal al que responden es a la Historia o a Dios —y con frecuencia esto se acompaña de la creencia inquebrantable en que, tras ese proceso, serán reivindicados.
- Hiperactividad, imprudencia e impulsividad constantes.
- Pérdida de contacto con la realidad, a menudo asociada con un aislamiento progresivo.
- Tendencia a creer que su visión o decisión es suficiente, por lo que no necesitan considerar los aspectos prácticos, los costos o la posibilidad de resultados adversos de la misma.
- Creencia arraigada en ser indispensable, insustituible o de suma importancia para el mundo, el país o la empresa.
- Una “incompetencia arrogante” en la que las cosas salen mal debido, no a errores en la toma de decisiones, sino a que el exceso de confianza los lleva a desestimar los detalles prácticos de una decisión.

¿Te suena familiar? No es de extrañar, pues es muy común toparse con personas que operan a partir de esta enfermedad de poder y no solamente en las altas esferas de la política, sino también en las empresas de cualquier tamaño y hasta en nuestras relaciones personales. Pero hay que tener cuidado: con frecuencia estos rasgos también se presentan en personas que sufren el trastorno narcisista de la personalidad, con la diferencia de que el síndrome de hubris es inseparable del poder, que es también un prerrequisito para padecerlo.
Una sentencia atribuida al ilustrado francés Voltaire dice que “la estupidez es una enfermedad extraordinaria: no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás”. Y algo muy similar podría afirmarse del síndrome de hubris…

Vacunándose contra el síndrome
En su ensayo sobre el síndrome, David Owen aclara que aún no alcanza la categoría de diagnóstico clínico ni de trastorno de la personalidad, y que tampoco está muy clara su patogénesis —es decir, su origen, sus mecanismos y las circunstancias de su desarrollo—. A pesar de ello, entre las prácticas que pueden, de alguna forma, “vacunarnos” contra este síndrome se cuentan:
- Tras asumir una posición de poder, elegir una relativa modestia y conservar el mismo estilo y nivel de vida.
- Contar con y escuchar a confidentes cercanos que no tengan miedo de contrariar o señalar errores de juicio; por ejemplo, cónyuges, colegas o amigos de confianza.
- Establecer mecanismos institucionales de toma de decisiones que eviten concentrar el poder en una sola persona, incluso si es la dueña.
- Y lo más difícil: tomarse el trabajo con sentido del humor, humildad y autocrítica sana, evitando sobredimensionar su importancia.
Según el especialista, el síndrome es más grave en la medida que el individuo esté al mando por más tiempo, suele ser proporcional a la relevancia de la posición de poder —pone el ejemplo de presidentes y jefes de estado— y remite poco a poco cuando la persona es relevada del puesto y regresa a la vida convencional, si lo hace. No obstante, muchas veces los daños a su reputación, a otras personas y a su país o institución son irreversibles.
Y tal vez eso sea lo más preocupante del asunto. Como concluye el propio Owen en su laureado trabajo científico, “puede que no haya cura médica, pero cada vez es más evidente que el síndrome de hubris es una amenaza más grave que las enfermedades convencionales para el buen gobierno de nuestro mundo”. Y cualquiera que haya leído recientemente las noticias le dará la razón…



