
Creo que todos hemos conocido algún familiar, amigo o compañero que “tiene la costumbre” de parpadear con fuerza y repetidamente mientras habla, que se rasca la nariz de pronto y sin razón aparente, que hace sonidos con la boca mientras parece concentrado en alguna tarea o que, al ponerse nervioso por alguna razón, comienza a realizar movimientos extraños con una o más partes del cuerpo, dando claros signos de exasperación.
A estos movimientos y sonidos repentinos o espasmódicos los llamamos tics o tics nerviosos. Esta voz proviene del francés tic, que a su vez es una onomatopeya para expresar un movimiento repentino y fue adoptada por la medicina para nombrar a este fenómeno.

¿Qué son los tics nerviosos?
Los tics nerviosos son movimientos o sonidos involuntarios que aparecen de forma repentina y no rítmica, como si el cuerpo decidiera improvisar un solo de jazz sin pedir permiso. Suelen ser breves, repetitivos y difíciles de controlar, y a menudo resultan vergonzosos o incómodos para quien los sufre. Se manifiestan como contracciones musculares o vocalizaciones que ocurren sin intención consciente. La persona que los padece puede intentar detenerlos, pero normalmente reaparecen con más fuerza, como ese amigo que insiste en contar el mismo chiste en cada reunión.
Se distinguen varias categorías:
- Tics motores simples: parpadeo, muecas, encogimiento de hombros.
- Tics motores complejos: movimientos más complejos, tales como saltar o tocarse repetidamente una parte del cuerpo.
- Tics fónicos simples: sonidos cortos, chasquidos, carraspeos o gruñidos.
- Tics fónicos complejos: palabras, frases repetidas o ecolalia —es decir, repetir lo que otros dicen.
- Síndrome de Tourette: combinación de múltiples tics motores y fónicos, persistentes y crónicos.

Billie Eilish, cantante, compositora y productora estadounidense, quien padece síndrome de Tourette
¿Qué los causa?
Entre los múltiples factores que desencadenan la aparición de estos tics nerviosos se encuentran los de tipo neurológico: alteraciones en los circuitos cerebrales que regulan el movimiento; también hay factores de tipo genético, refiriéndonos a antecedentes familiares que hacen más probable padecerlos; de igual forma, el estrés, la ansiedad y los cuadros de tensión emocional o timidez patológica —también conocida como fobia social o trastorno de personalidad evitativo— pueden desencadenarlos o intensificarlos.
Otro factor que se debe considerar son las etapas de desarrollo, ya que muchos tics aparecen en la niñez y desaparecen con el tiempo. Por último, hay trastornos asociados como el Síndrome de Tourette o el TDAH —trastorno por déficit de atención e hiperactividad— que parecen favorecer su aparición.
¿Son curables?
Aunque no existen curas milagrosas ni palabras mágicas que los eliminen al decir “abracadabra”, sí hay métodos que ayudan a reducir los tics. Por ejemplo, las terapias conductuales con técnicas como la “inversión del hábito”, que enseñan a reemplazar el tic con una acción menos disruptiva; en casos severos, los especialistas también pueden recomendar tratamiento médico con medicamentos que regulen la actividad neurológica.
Por otro lado, está el apoyo psicológico, que ayuda al paciente a comprender, aceptar y gestionar el tic, para reducir la ansiedad que lo alimenta. Por último, también se recomiendan la práctica de la meditación o del mindfulness, las técnicas de respiración profunda y las actividades creativas, pues la relajación y manejo del estrés colaboran para disminuir su frecuencia.
Los tics nerviosos son una mezcla curiosa de biología y emoción: el cuerpo habla cuando la mente está ocupada en otras cosas. Aunque a veces parecen inoportunos, tratarlos con empatía es la mejor manera de tratarlos, si los sufres, o de acompañar a quienes los padecen. Al fin y al cabo, todos tenemos pequeñas manías que nos hacen humanos; los tics son solo una versión más ruidosa y espontánea de éstas.



