
Hace algún tiempo, cuando el mundo era más joven, tuve una idea de negocios que entonces sonaba descabellada, pero a la que ahora le veo más posibilidades de éxito: vender medias horas, no de placer, sino de atención. Es decir, treinta minutos ininterrumpidos de escucha absorta del problema —o asunto o queja— que la persona desee contar. Sin terapia. Sin intentar solucionar nada. Solo estar en verdad atento durante media hora. Desde aquellos días aún no tan invadidos por notificaciones, videollamadas, selfies y TikToks que reducen cada vez más el lapso que podemos estar concentrados en algo, entendía que la atención es un bien escaso, tanto que mucha gente paga por obtenerla.
Hoy, esta idea que tuve presenta varias aristas. Una es el sarcasmo implícito en mi business plan y otra es una velada crítica hacia la gente que, de muchas formas, evidencia su necesidad de atención; pero en este 2026 hablamos de personas, pequeños negocios, empresas y corporaciones que literalmente están pagando por ocupar lo más que puedan tu atención. Porque, sí, es un bien valioso y muchas veces lo desperdiciamos en lo que no es importante.

La economía de la atención
Un artículo de la Berkeley Economic Review refiere que la Asociación Americana de Psicología —APA, por sus siglas en inglés— define la atención como “un estado en el que los recursos cognitivos se centran en ciertos aspectos del entorno, en lugar de en otros” y añade que, entre humanos, la atención se manifiesta de formas como amor, reconocimiento, obediencia y ayuda.
Ahora, ¿se puede cuantificar la atención? Muchos la medirían por la cantidad de tiempo que dedicamos a un asunto en particular, porque mientras ponemos atención a algo ignoramos otros asuntos debido a que nuestra capacidad de procesar información del entorno es limitada; entonces, en un mundo sobresaturado de estímulos como el nuestro, nuestra atención se vuelve como el oro: algo precioso porque es escaso y muchos desean obtenerlo.
Todo esto dio origen al término “economía de la atención”, que fue acuñado por el psicólogo, economista y Premio Nobel estadounidense Herbert Alexander Simon, quien postuló que la atención es el “cuello de botella del pensamiento humano” que pone límites tanto a la cantidad de estímulos que podemos percibir como a las cosas que podemos hacer. En una conferencia de 1971, titulada Designing Organizations for an Information-Rich World, señaló que “una abundancia de información crea una escasez de atención y la necesidad de asignar esa atención entre la abundancia de fuentes de información que podrían consumirla”.[1]

Años después, en 1997, el físico Michael Goldhaber advirtió que la economía mundial estaba pasando de una economía basada en lo material a una economía basada en la atención, señalando que entre menos personas se dediquen a la manufactura y nos alejemos de la economía industrial, las nuevas profesiones estarían basadas en la información. Treinta años después, un dato económico relevante es que los cinco hombres más ricos del mundo amasaron sus multimillonarias fortunas en las tecnologías de la información.
Una forma muy práctica de entender cómo funciona la economía de la atención es tu cuota mensual por no escuchar o ver anuncios en la versión gratuita de Spotify o en las cuentas prémium de servicios de streaming como Netflix o Disney+. En otras palabras, puedes pagar monetariamente para que los anuncios desaparezcan o pagar con tu atención y tu tiempo de procesamiento cerebral… y “soplarte” los anuncios.
De forma similar, cada vez que entramos a nuestra red social gratuita somos obligados a consumir anuncios y contenidos que, en realidad, no deseamos ver y muchas veces ni siquiera nos interesan. La razón es la economía de la atención: el tiempo que pasas haciendo scroll hasta que encuentras la foto del o la influencer en bikini es capitalizado por las plataformas cobrándole a las marcas y a los negocios por poner sus anuncios en tus narices. El acceso es gratuito, pero de nuevo pagas con tu atención: la profecía de Goldhaber hecha realidad.

Nuestro cotidiano déficit de atención
Como dije párrafos arriba, esta idea tiene muchas aristas. Otra de ellas es un fenómeno que todos, en mayor o menor medida, toleramos a diario en nuestras interacciones sociales, laborales, familiares o hasta amorosas: la paulatina reducción de nuestros intervalos de atención. Es decir, la cada vez menor capacidad que tenemos de mantener la concentración en una tarea o un estímulo sin distraernos por sucesos en el entorno… o por el incesante timbrecito que proviene del smartphone, por la “selfie del recuerdo” o por la imperiosa necesidad, tuya o de tu interlocutor, de “checar rápido, rápido” si alguien no les ha escrito.
Y esto no es tan inocente como parece, pues diversos estudios científicos han confirmado que la exposición constante a contenidos fragmentados, como los reels de noventa segundos en redes sociales como TikTok o Instagram, están generando cambios en la estructura cerebral —fenómeno llamado “TikTok Brain” en inglés— y deterioro cognitivo, con énfasis en la desensibilización y la reducción de los intervalos de atención.
Además, los medios electrónicos y digitales privilegian una especie de “narcisismo del pensamiento”, en el que nada importa más que nosotros y nuestras opiniones sobre lo que sea. Así, en lugar de poner atención en nuestras finanzas personales, en nuestros proyectos de vida o en las relaciones significativas, nuestra atención se desvía todo el tiempo hacia la pantalla de la computadora o del móvil para opinar sobre el trend del momento, compartir nuestra imagen con una frase motivadora, antojar nuestra comida o presumir nuestro viaje… con la esperanza de que otros nos regalen su atención y nos den Like.

Somos como niños que, en lugar de disfrutar el viaje en el caballito del carrusel, tienen sus ojos puestos en quiénes los están viendo. Y, como esos mismos niños, somos capaces de hacer cualquier desfiguro —o hasta de rompernos la crisma— con tal de llamar la atención.
Una propuesta para recuperarnos
Un primer “remedio” que viene a mi mente es el entrenamiento mental de equilibrio atencional que ofrecen prácticas meditativas seculares como el mindfulness u otras de carácter más espiritual, como la meditación Shamata o Vipassana. Un ejercicio muy simple para que tú midas tu intervalo de atención es este: siéntate cómodamente, cierra los ojos y respira profunda y lentamente; cuando estés estable, concéntrate en tu respiración y cuenta tus inhalaciones del uno al diez. Si logras contar dos decenas completas sin distraerte… te felicito.
Una última sugerencia es recuperar dos artes que están empezando a perderse: la conversación y la lectura sin distracciones. Para la primera, las reglas son escuchar y no interrumpir a tu interlocutor, evitar las críticas y las quejas, y apagar las notificaciones del dispositivo durante treinta minutos. La lectura, por su parte, sugiero que sea en formato físico —es más fácil distraerse con una tableta o una Kindle—, en un lugar que elijas ex profeso para esta actividad y, de nuevo, apagando las notificaciones del dispositivo al menos treinta minutos. Tu paz mental, tu concentración, tu productividad y tus relaciones notarán la diferencia.

[1] “Diseñando organizaciones para un mundo rico en información”.


