
Esta interrogante suele dividir a las personas en dos bandos. Cuando preguntas a alguien si se considera una persona creativa, unos responderán con aplomo que sí, pues ilustran, escriben, diseñan o trabajan en las artes, la publicidad o cualquier otra industria creativa; otros, en cambio, rechazarán la idea porque piensan que eso es “cosa de artistas” y que ellos nunca han creado nada extraordinario. Esta segunda respuesta revela que, durante siglos, hemos concebido a la creatividad como una actividad exclusiva de unos pocos, cuando en realidad es una capacidad que todos poseemos.
Entonces, tal vez el problema no es si existen personas creativas y personas que no lo son, sino que llevamos mucho tiempo con una concepción errónea acerca de lo que significa ser creativo. Analicemos el asunto desde otras perspectivas…
La noción de la creatividad
Nuestra sociedad tiene una idea romántica de la creatividad. Películas, biografías y redes sociales contribuyen a perpetuar el estereotipo del artista que a media noche despierta inspirado y crea una obra trascendental, o del emprendedor que un buen día tiene una idea de negocio que revoluciona una industria completa. Nos gusta pensar que las grandes ideas llegan en forma de chispazo y que la inspiración aparece sin previo aviso, casi como un regalo de las musas reservado para un puñado de seres privilegiados.
Pero cuando observamos con atención las historias de los escritores, científicos, cocineros, arquitectos, músicos o inventores que destacaron en sus respectivos campos, descubrimos algo mucho menos romántico: sus ideas geniales no nacieron de un instante mágico, sino después de cientos de errores, ensayos, prácticas, correcciones y horas de trabajo constante. Entonces la creatividad, más que una chispa, suele ser una disciplina; y es esta la que hace el trabajo duro.

Cocinando con ideas
Pensemos en algo como la cocina. Puedes seguir una receta rara al pie de la letra o, bien, modificarla porque te falta un ingrediente, porque eres alérgico, porque el horno calienta distinto o, simplemente, porque quieres experimentar con nuevos sabores. Entonces, sustituyes elementos, ajustas cantidades y pruebas procesos que jamás habías intentado. No estás inventando una nueva gastronomía, pero sí usas el mismo mecanismo que se emplea en cualquier proceso creativo: combinar elementos existentes para generar una solución diferente. Tal vez por eso las mejores recetas no suelen encontrarse en libros, sino en la memoria de la abuela que un día improvisó con lo que tenía disponible y perfeccionó la fórmula luego de prepararla cientos de veces.
Algo parecido sucede durante una entrevista de trabajo: desde afuera, aparenta ser un simple intercambio de preguntas y respuestas; pero, en realidad, es un ejercicio creativo complejo donde el candidato interpreta qué busca la empresa y, a partir de ello, selecciona las experiencias más relevantes de su trayectoria, construye un relato coherente sobre sí mismo, expresa dudas estratégicas y adapta su discurso a medida que la conversación avanza. Entonces, la creatividad se manifiesta en la capacidad de reorganizar tu historia dependiendo del contexto, de refrasear para comunicar tus ideas con claridad y de encontrar ejemplos que conecten con la persona que tenemos enfrente.

Desde esa óptica, hasta las relaciones amorosas están llenas de creatividad. Basta pensar en lo que ocurre cuando intentamos acercarnos a la persona que nos gusta: algunos recurren al humor, otros prefieren escuchar, unos más hacen preguntas inteligentes y el resto encontramos intereses compartidos para romper el hielo. Visto así, “ligar” es uno de los ejercicios creativos más antiguos de la humanidad, pues desde hace milenios hemos buscado maneras originales para seducir y cautivar la atención de quien deseamos.
¿Redactores creativos o escritores?
La escritura también desmiente el mito de la inspiración permanente. Quienes nunca han escrito profesionalmente imaginan que el autor simplemente se sienta frente a una hoja en blanco y las palabras comienzan a aparecer por inspiración. Pero la realidad del escritor por encargo se parece más a una fragua o a un taller: hay investigación, notas, versiones descartadas, frustración, párrafos que aparecen y desaparecen, otros que cambian de lugar y un trabajo incesante en el que uno, a golpes en el teclado, moldea palabras y párrafos como si fuera un herrero.
Con frecuencia la versión original de un texto dista mucho de la definitiva, porque escribir consiste menos en dar con la frase perfecta y más en descubrirla tras haberla corregido una y otra vez. La creatividad no vive solo en la primera idea, sino también en la capacidad de pulirla hasta que comunique exactamente lo que queremos… o incluso aquello que ni siquiera sabíamos que queríamos decir.

Hay una razón por la que muchos encuentran soluciones mientras caminan, se bañan o lavan los platos: en esos momentos, se activa la red neuronal por defecto —default mode network, en inglés—, que participa en la asociación de recuerdos, la imaginación y la creación de nuevas conexiones entre ideas. Es así que, mientras parece que nuestra mente está descansando, en realidad sigue reorganizando información y automatizando tareas repetitivas.
Por todo esto, la creatividad no es un privilegio reservado para artistas y genios, y se convierte en una forma de enfrentar la realidad. No consiste en vivir inspirado todo el día, sino en tener la disposición de observar, conectar ideas y encontrar soluciones cuando las circunstancias lo exigen. Quizá nunca escribas una novela ni diseñes un edificio inteligente o compongas una sinfonía, pero eso no descarta que seas creativo; en cambio, significa que tu creatividad se manifiesta en escenarios más cercanos: las decisiones que tomas, los problemas que resuelves y la forma particular en que construyes día a día tu manera de vivir.
Porque algo es cierto: la creatividad no siempre hace ruido y constantemente llega en silencio, disfrazada de una buena decisión, una conversación bien llevada, una receta improvisada, una ruta inesperada o un artículo que empezó con alguien formulándose una simple pregunta. Entonces, volviendo a la cuestión original, ¿te consideras una persona creativa? Porque tal vez, sin darte cuenta, lo has sido toda la vida…



