
En mi opinión personal, no todas las personas tienen creatividad. Lo digo porque he conocido gente para la que el mundo es un rompecabezas que, una vez ensamblado, no da cabida a cambios o variables. En contraste, hay seres en los que se puede detectar el germen de la innovación desde muy temprana edad: niños y niñas que ven rostros, dragones o unicornios en las nubes o en manchas de humedad de paredes y techos, y a partir de ello imaginan historias fantásticas.
Y es que cuando el mundo aún no está completamente explicado y asentado, se puede respirar el olor a creatividad, que también presente cuando jugamos a caminar por las banquetas sin pisar las líneas entre los bloques de cemento, como si éstas fueran grietas peligrosas que nos llevan a otros mundos; o también en esa travesura doméstica —no muy celebrada por los abuelos— de brincar de sillón en sillón porque el suelo, por decreto imaginario, se ha convertido en lava.

En síntesis, hay personas que sin mucho esfuerzo inventan historias, imágenes, melodías o soluciones inesperadas a problemas cotidianos. En ellas parece habitar una especie peculiar de sensibilidad creativa, un organismo intangible que —sabrá Dios por qué combinaciones biológicas, psicológicas, genéticas, fisiológicas o espirituales— encuentra un ecosistema ideal para anidar. Pero hasta estas mentes fértiles atraviesan temporadas áridas en las que las ideas frescas no llegan, cuando todo suena repetido y la imaginación parece caminar en círculos. Y quizá no sea casualidad.
Un ejemplo que se me ocurre para explicar mejor esta idea son los famosos algoritmos de las redes sociales, que están diseñados para primero “aprender” de nosotros y luego ofrecernos contenido a la medida: videos, artículos, imágenes y noticias que encajan con nuestros intereses, creencias y aficiones. La experiencia es cómoda, sin duda; pero con el tiempo se vuelve predecible, tediosa. Algo parecido ocurre con el cerebro: si nos exponemos por periodos muy prolongados a los mismos estímulos —las mismas músicas, los mismos lugares, las mismas rutinas mentales—, terminamos atrapados en un bucle alimentado siempre por las mismas conexiones.
En Avatar (2009) de James Cameron —ese fenómeno cinematográfico que no puedes más que amar u odiar, sin matices intermedios—, hay una escena que ilustra bien mi razonamiento: la líder espiritual o Tsahìk le dice al protagonista, Jake Sully, que su “vaso está lleno” y que necesita vaciarlo para poder aprender cosas nuevas. Con la creatividad sucede igual: a veces estamos tan saturados de nuestras propias referencias que no dejamos espacio fértil para lo nuevo. Por eso, con humildad sugiero algunos consejos para desafiar la rutina mental y potenciar tu inspiración creativa.

Camina descalzo
Para que tenga chiste, date la oportunidad de ir a un lugar boscoso para andar sobre la hierba y la tierra; y si tienes la suerte de que haya un riachuelo, mete los pies en el agua. Permítete sentir las texturas y temperaturas en estado natural, sin intelectualizar mucho la experiencia, sin prisas y sin contar el tiempo. Deja que la medicina de la naturaleza surta efecto en tu cuerpo y en tu mente.
Juega
Pero sin hacer trampa; o sea, juega con tu cuerpo y con tu mente, sin la ayuda de ningún dispositivo electrónico. Como padre de dos hijos y dueño de tres gatos, he sido testigo de cómo muchas veces el empaque del juguete termina siendo más atractivo que el juguete mismo: esto se debe a que la diversión no requiere de complejidades para hacerse presente. La diversión parece reintegrarnos y rearmarnos, como si fuéramos rompecabezas orgánicos y espirituales.
Cambia tu ángulo de visión cotidiana
Fue una vez que recorría la misma ruta de siempre que, en lugar de mirar hacia el suelo y hacia el frente, decidí dirigir mi vista hacia arriba: así pude apreciar azoteas, las copas de los árboles, semáforos, anuncios, cables de todos tipos, macetas en balcones, ardillas o gatos paseándose por las cornisas… ¡Parecía que estaba transitando un lugar totalmente diferente!
Habla un ser vivo no humano
Animal o vegetal, esa ya es tu elección. Yo tengo tres gatos y un árbol de framboyán de tres años —sembrado por mí mismo— a los que, además de procurarles el sustento, les hablo todos los días. Me he dado cuenta de que no sólo parece agradarles, sino que me ayuda a descubrir soluciones insospechadas a mis problemas. Lo importante no es tener conversaciones triviales sino establecer una especie de diálogo: yo expongo mis asuntos y hago como que el gato o el árbol me contesta. Con este ejercicio he descubierto mucho de mí y de mis capacidades de respuesta, y me he hecho consciente de que, en este mundo trazado con tiralíneas, no todo son números, cuentas, resúmenes fiscales, ecuaciones, algoritmos, unos y ceros.
Escribe cartas a amigos ficticios. Si tuviste un amigo compañero imaginario en la niñez, puedes recurrir a él o ella y escribirle una carta hablándole de tus dudas existenciales y tus problemas. Por favor, no trates de realizarlo como un profesional; en cambio, cuida que todas tus palabras sean sinceras.

En momentos de aridez creativa no nos hace falta esforzarnos más, sino exponernos a lo distinto: ideas que nos incomodan, rutas que no solemos transitar, voces que no suenan como la nuestra. Salir física o mentalmente de las zonas de confort puede ser, paradójicamente, la manera más directa de volver a casa: ese lugar interior donde la imaginación vuelve a hacernos jugar como cuando el suelo era lava y el mundo aún estaba por inventarse.



