
Todos conocemos a alguien así. La vecina ecologista que sermonea acerca de la forma correcta de reciclar; el colega que, en pleno Mundial, se queja sin cesar de lo estúpida que le parece la afición al futbol; la tía puritana que desaprueba todas tus relaciones; el primo vegetariano que arruina la parrillada familiar con sus comentarios sobre los rastros; y los activistas que no solo luchan por sus ideologías, sino que satanizan o ridiculizan a quienes no coinciden con ellas. Podría decirse que todas estas personas parecen estar necesitadas de sentirse superiores moralmente a los demás; pero, ¿qué es lo que lleva a una persona a dejarse llevar por esta pulsión de intolerancia?

En un episodio de su pódcast The Psychology of Us, el teórico en psicología teórica e integradora R. J. Starr explica que la superioridad o autosuficiencia moral — self-righteousness en inglés— consiste en “la convicción de que la propia perspectiva moral no solo es válida, sino superior a todas las demás, y que esa superioridad otorga derecho a juzgar, rechazar y, a menudo, a mostrar hostilidad”. Tales perspectivas morales pueden ser éticas, religiosas, intelectuales o ideológicas, y a menudo son correctas y benéficas en diversos sentidos; el problema inicia cuando la adhesión se vuelve dogmática y borda en la intolerancia.
Para distinguir la justa defensa de nuestras ideas de esta autosuficiencia moral, es necesario fijarse en las sutilezas: mientras al primer caso le interesa la razón y que al final se haga lo correcto, a las personas moralmente superiores les interesa, sobre todo, tener la razón. Además, es común que planteen cualquier situación en términos absolutos y en blanco y negro. En la vida personal, una persona que se siente moralmente superior cancela el diálogo y erosiona la confianza, pues parejas, amigos y familiares se sienten juzgados, más que respetados.
Además, la autosuficiencia moral corroe la empatía y deshumaniza a los que se perciben como moralmente deficientes: un conductor que se pasa el alto no es descuidado, sino “una mal ciudadano”, del mismo modo que una conocida con múltiples parejas sexuales es “una zorra”. Este patrón se extiende al ámbito social y cultural, y es un factor determinante de la polarización: no solo discrepamos con los “indecentes” o los “mojigatos”, sino que los satanizamos, los simplificamos en exceso y los descalificamos como interlocutores válidos.

Por otro lado, los entornos dominados por la superioridad moral frenan la experimentación, la creatividad y la innovación, pues las ideas nuevas se juzgan en función de su legitimidad moral y la gente titubeará antes de arriesgarse a equivocarse. El resultado es el estancamiento: conversaciones planas y seguras, horizontes estrechos, temas recurrentes y una cultura donde la gente susurra en lugar de explorar. En el fondo, la postura de superioridad moral que genera tanta seguridad suele estar desconectada del verdadero ser de la persona.
Y antes de que sigas señalando mentalmente a varias personas insufribles en tu vida, considera un estudio de la Universidad de Londres en 2016: usando métodos estadísticos, concluyó que “prácticamente todos los individuos sobreestiman irracionalmente sus cualidades morales” y que la magnitud absoluta y relativa de esta irracionalidad es mayor que en los otros ámbitos de la autoevaluación positiva. En otras palabras, todos vemos la paja de la inmoralidad en el ojo ajeno, pero nuestra irracionalidad no nos deja ver la viga que traemos en los nuestros.

Un artículo de Scientific American que cita el mismo estudio explica que existen al menos dos raíces que podrían explicar este fenómeno de exageración de la propia estatura moral. Una es simple supervivencia: creer erróneamente que las personas son más confiables o leales de lo que realmente son puede ser muy peligroso, de modo que aproximarse a los demás con escepticismo moral puede reducir la probabilidad de que seamos víctimas de un ladrón, un mentiroso o un estafador. El otro mecanismo es más complejo: toda vez que en lo interno “nos ponernos diez en conducta” moralmente hablando, podemos darnos el lujo de distender la disciplina a cada tanto y cometer ciertos “pecadillos”.
Por otro lado, es más fácil justificar el propio proceder moral si conocemos nuestro origen y entorno, nuestras motivaciones y las razones profundas para actuar de tal o cual manera. Tratándose de los demás, en cambio, con frecuencia evaluamos a la gente como si fueran siluetas bidimensionales y simplificamos sus decisiones éticas, casi siempre evaluándolas como incorrectas; en gran medida, esto obedece al desconocimiento de las complejidades personales.
Una de las vías para aminorar este “efecto de automejora psicológica” que sucede en nuestro fuero interno es la práctica de la humildad; es decir, el reconocimiento cabal de que somos falibles, de que no lo sabemos todo y de que podemos estar equivocados. A eso ayuda el contacto honesto y genuino con ideologías distintas a las nuestras, primero a través de información y de lecturas, después conociendo en verdad a las demás personas. Finalmente, hay que dejar de ver la vida como un examen con respuestas acertadas y respuestas incorrectas, y enfocarnos en el bien común más que en el dogma del deber ser.




