Mi encuentro con José Luis Cuevas

Mi encuentro con José Luis Cuevas
Francisco Masse

Francisco Masse

Advierto que esta es una historia real…

Era el año de 1992. Yo estudiaba la licenciatura en la UAM Azcapotzalco y, como parte de mi servicio social, me involucré en un proyecto editorial que buscaba recopilar la historia del performance, la instalación y la ambientación en México durante el siglo XX. El proyecto, concebido y coordinado por la artista visual Maris Bustamante —mi maestra, a quien cariñosamente llamaba sénsei—, aunque nunca vio la luz, sirvió como una especie de rito de iniciación a mis veinte años, pues tuve la oportunidad de convivir muy de cerca, tanto con la escena artística alternativa y underground de la primera mitad de la década, como con ciertas “vacas sagradas” de la vanguardia mexicana. Entre ellos, José Luis Cuevas.

José Luis Cuevas

Fueron dos veces las que pude escucharlo de cerca, en el mejor escenario posible: su estudio, ubicado su casa de la calle de Galeana, en el barrio de San Ángel. La primera vez fue durante la entrevista “oficial”, a la que acudimos más de una docena de personas, entre Maris, el equipo del proyecto, fotógrafos, unas personas con cámara de video y bastantes añadidos que solo fueron a verlo.

La segunda vez, mucho más entrañable, fue un soleado sábado por la mañana, cuando a un grupo muy reducido nos recibió en su estudio, aún en bata de dormir, para echar una mirada a su acervo fotográfico. Porque han de saber que el maestro Cuevas, además de dibujar, grabar, pintar y esculpir, también formó parte de la “Generación de la Ruptura” y realizó varias instalaciones y acciones performáticas que eran dignas de registrar en aquel libro en proceso.

Durante la entrevista, una de las primeras anécdotas que contó fue cuando estuvo a punto de ser linchado en la Academia de San Carlos por “una turba que había sido azuzada por Raquel Tibol” —aún recuerdo su voz, imitándola— y tuvo que refugiarse en un hotel de paso en la calle de Moneda, acompañado de una chica. Desde luego, el desenlace de sus crónicas casi siempre era sexual.

También nos contó el origen del famoso brazalete de cuero que siempre portaba en la muñeca derecha y que le regaló, en 1966, el actor Gilbert Roland —un galán de cine que en realidad se llamaba Luis Antonio Dámaso de Alonso y tenía ascendencia mexicana—, cuando viajó a Hollywood para una exposición. Vagamente recuerdo que nos contó que era una especie de amuleto sexual; luego de oír sus anécdotas —y de ver con mis ojos las reacciones de mis compañeras, jóvenes guapas y casi cuarenta años menores que, aun así, “babeaban” con él—, no dudo que haya cumplido eficientemente su propósito.

José Luis Cuevas

José Luis Cuevas era el mejor conversador que he conocido. Sentado en medio de todos nosotros y sabiéndose observado, mientras hablaba de forma pausada y precisa, iba girando su cabeza para dirigirnos un instante la mirada a todos y cada uno, algo que jamás he vuelto a presenciar; de esta forma, nos sumergía de lleno en aquello que estuviera contando y te sentías tomado en cuenta.

También era notoria su vanidad, pues en cuanto detectaba que estaba siendo enfocado por una cámara, rotaba su rostro para ocultar la cicatriz que la mordida de un chango le había dejado en la mejilla izquierda; y por supuesto que posaba, recargando su mano derecha con el índice levantado en la sien, como cavilando algo. Pero, contrariamente a lo que uno podría pensar, dada su imagen pública de ególatra y narcisista, en su trato era amabilísimo, hospitalario y hasta con rasgos de humildad. ¿Cómo, si no, habría recibido a unos completos desconocidos en su casa, recién levantado y aún sin haberse puesto el pantalón?

Al revisar las fotografías de su acervo —no tuvimos acceso a los autorretratos que diariamente se hacía, con el objetivo de registrar el paso del tiempo—, vimos cómo el niño prodigio de traje y bien peinadito iba transformándose en un joven alto, de melena larga y enormes ojos azules que llegó a ser el enfant terrible del arte mexicano en la década de 1960 y hacía que los críticos conservadores alzaran la ceja ante sus irreverencias, como cuando puso a la venta pequeños frascos con “semen del artista” —en realidad era Resistol, nos lo confesó esa vez, “pero lo importante era la idea”.

Tales experiencias y la personalidad de Cuevas marcaron profundamente al joven de veinte años que yo era. Mi estilo de dibujo de aquel entonces empezó a verse influido por el suyo, que muy al estilo del cubismo desdoblaba y contraponía formas y volúmenes, creando figuras abigarradas y contrahechas que algunos odian… y otros, como yo, admiran profundamente.

Pintura de José Luis Cuevas

Salí de la universidad y, como perdí contacto con el mundo del arte, nunca más volví a ver a Cuevas, pero siempre estuve pendiente de sus exposiciones y sus entrevistas hasta su muerte en julio de 2017. “Se murió tu amigo”, me dijo en broma mi mamá durante una llamada, cuando supo la noticia. No fue mi amigo —ojalá lo hubiera sido—, pero a la fecha a cada tanto he usado un brazalete de cuero en la muñeca; un poco por gusto, un poco como imitación del maestro y, a veces, un poco con la fe puesta en que también me sirva como amuleto.

No sé por qué razón, treinta y cuatro años después de esta etapa de mi vida, llegó a mi mente con tanta fuerza el recuerdo que aquí comparto. Como sea, sirva esta breve crónica como un sencillo homenaje a uno de los más grandes artistas plásticos mexicanos del siglo XX; un hombre que, según sus propias palabras, “pintaba siempre en estado de erección”, haciendo del arte un acto tan carnal, apasionado, fascinante y naturalmente humano… como el acto sexual.

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