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‘Best sellers’ literarios: el precio de la popularidad y la baja calidad

'Best sellers' literarios: el precio de la popularidad y la baja calidad
Andrea González

Andrea González

Creatividad

En el cambiante panorama de la literatura, un debate lleva décadas discutiéndose: los autores y los bestsellers literarios de baja calidad, ¿están perjudicando la esencia de la literatura? Esta controvertida cuestión ahonda en lo que representa la escritura y cómo ha evolucionado en este mundo donde con mucha frecuencia el éxito comercial triunfa sobre los méritos artísticos.

Aunque desde hace décadas los éxitos de venta literarios han transformado el mercado editorial, su impacto en el ámbito de la creación artística tiene muchas aristas y está sujeto a interpretaciones. Pero, antes de ahondar en el tema, hay que aclarar qué es un bestseller: una primera definición sería la de un libro que destaca por su estatus de grandes ventas y por aparecer en las listas de los más vendidos que publican periódicos, revistas y cadenas de librerías. El término surgió en abril de 1942 en los Estados Unidos, cuando el diario The New York Times publicó por vez primera su lista de libros más vendidos, la cual terminó convirtiéndose en un referente y en una meta a alcanzar por los autores alrededor del mundo.

Aparador de librería

Con el tiempo, el término bestseller acabó convirtiéndose en un sello que luce bien en la portada de un libro o en la biografía del autor, pues las editoriales se dieron cuenta de que un libro vendía más si desde el inicio se afirmaba que era un éxito de ventas. En ese sentido, se critica a los bestsellers porque son obras que suelen dar mayor prioridad al gusto de las masas que a la profundidad o la calidad literaria, y porque sus autores emplean tramas con fórmulas probadas, un lenguaje simplista y personajes estereotipados para atraer a un público amplio.

Algunos críticos sostienen que estas obras perpetúan la mediocridad, diluyen el canon literario con narraciones superficiales y sin sustancia, además de que atrofian la imaginación. Uno de ellos es Mario de las Heras, quien en un texto para El Debate asegura que todo lo que cuentan tales obras está a la vista: “Otra vez aparecen los lugares comunes, las palabras comunes, el camino común. ¿Qué quiere el lector mayoritario? ¿Lo conocido? Eso es todo lo contrario a lo que Hemingway consideraba buena literatura. Y [él] era un autor superventas.”

Además, el predominio de los best sellers en la industria hace que autores menos conocidos o autopublicados, cuyas obras ofrecen ideas más profundas o una narrativa innovadora, se vean eclipsados. La búsqueda exclusiva del beneficio económico por parte de las editoriales y la persecución incesante de éxitos de taquilla pueden marginar la diversidad literaria, perpetuando un ciclo en el que sólo las narrativas comercialmente viables reciben la atención, dejando poco espacio para la experimentación y la asunción de riesgos.

Esto es muy preocupante, pues las editoriales que presumen de vender millones de ejemplares parecen estar más interesadas en el número de seguidores en redes sociales de los autores que en la calidad de sus escritos, y se defienden afirmando que sus preciados autores “superventas” son quienes mantienen a flote a la industria —aunque la mayoría de las veces éstos sólo obtengan un 5% de las ganancias en ventas, mientras que la editorial se queda con el resto.

Interior de librería

Este problema, sin embargo, tiene dos caras. Y es que al descartar los bestsellers como meros perpetradores de la degradación literaria, se pasa por alto su impacto cultural y el importante papel que desempeñan en la democratización de los hábitos de lectura, ya que a menudo sirven de puerta de entrada al consumo de obras literarias más serias. Al cautivar al público con su narrativa accesible y de fácil digestión, algunos bestsellers logran encender la pasión por la lectura y el amor por la literatura en personas que, de otro modo, habrían permanecido ajenas a ellas.

También es crucial reconocer que la calidad literaria es subjetiva y está en constante evolución. De hecho, el debate puede extenderse para tratar de distinguir qué es literatura y qué no lo es; podemos citar como ejemplo la controversia que se suscitó en 2016, cuando para escándalo de muchos puristas el músico y cantante Bob Dylan ganó el Premio Nobel de Literatura “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

Así, un lector puede juzgar de superficial un bestseller de Stephen King, mientras que otro puede considerarlo un efectivo ejercicio de oficio narrativo, una forma de visibilizar las preocupaciones de la sociedad contemporánea o, simplemente, una evasión agradable. La literatura, como cualquier forma de arte, es un reflejo de las diversas perspectivas y experiencias que conforman nuestro mundo; aunque algunas obras pueden calar más hondo en determinados públicos, todas ellas contribuyen a enriquecer el tapiz de la expresión humana.

Entonces, la coexistencia de bestsellers y obras maestras literarias no es un juego de suma cero, sino una relación simbiótica que refleja la naturaleza polifacética de la literatura. En lugar de considerar a los éxitos de ventas como una amenaza para la integridad literaria, podríamos acoger la diversidad que aportan al panorama editorial al tiempo que seguimos defendiendo el valor de la excelencia literaria y el compromiso crítico.

Aunque son criticados por su falta de originalidad y su propensión a la visibilidad en redes sociales, los escritores de bestsellers desempeñan un papel complejo e integral en la configuración del ecosistema literario. Pero si ya se identificó un problema, vale la pena extender una invitación a los lectores para que exploren títulos y autores que no aparecen en listas de éxitos y así apreciar la diversidad de voces y narrativas que enriquecen el patrimonio literario universal.

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