Cinco ciudades que nacieron (y murieron) por una sola industria

Cinco ciudades que nacieron (y murieron) por una sola industria
Julio Báez

Julio Báez

Muchas urbes han nacido debido al paulatino asentamiento de grupos humanos en torno a recursos naturales como un valle fértil, un río o un lago. Pero otras ciudades surgen a raíz de proyectos industriales y empresas que buscan fabricar un producto de alta demanda o explotar un recurso natural como el petróleo, el gas, los metales o las piedras preciosas.

Aunque suene raro, lo cierto es que existen comunidades cuya base económica, cultural y social está —o estuvo— cimentada en una sola actividad. Estas ciudades cuentan historias de precariedad, resiliencia y esplendor, pero también de abandono, reinvención y esperanza. Veamos cinco ejemplos notables.

Ciudad Cooperativa Cruz Azul: el pueblo que nació del cemento

Ubicada en el estado mexicano de Hidalgo, Ciudad Cooperativa Cruz Azul es un ejemplo clásico de la ciudad que surgió y vivió en torno a una sola industria: la producción de cemento. La historia nos dice que la empresa La Cruz Azul nació en 1881 de mano de los hermanos Henry y George Gibbon, quienes pocos años después adquirieron la Hacienda de Jasso para construir ahí su primera planta cementera, en torno a la cual nació esta ciudad cooperativa que fue erigida con el fin de alojar a los trabajadores y a sus familias.

En muchas ciudades de México la economía es diversa, pero en Jasso fue diferente: gran parte del tejido económico, social y cultural se construyó alrededor de la planta cementera, que empleó a gran parte de la población local e impulsó el desarrollo de infraestructura, servicios y centros recreativos. No obstante, en 2020 una disputa legal interna y un indefinido corte del suministro eléctrico por parte de la CFE paralizaron las actividades de la planta; seis años después, lo que era una próspera ciudad luce como un desolado pueblo fantasma…

Ciudad Cooperativa Cruz Azul, México

Sewell, Chile: la escalera al cielo del cobre

Situada a 2 250 metros sobre el nivel del mar, en plena cordillera de los Andes, Sewell es una de esas ciudades que parecen literalmente colgar de la montaña. Fue fundada en 1906 por la Braden Copper Company en torno a la mina de cobre El Teniente y lleva el nombre del entonces dueño de la empresa, Barton Sewell. El poblado se planificó con la idea de dar vivienda a los trabajadores cerca de la mina, incluyendo ciertos servicios como piscinas o zonas de recreación que la empresa consideró importantes en ese momento. Eso sí: debido al extremo relieve de la zona, sus “calles” son en realidad largas escaleras.

Durante décadas Sewell prosperó gracias al cobre —mineral que fue columna vertebral de la economía chilena— y llegó a tener hasta 16 000 habitantes en los sesentas. No obstante, con la nacionalización de la industria minera en 1971, la base trabajadora fue trasladada a la ciudad de Rancagua, así que hoy la ciudad está casi deshabitada; aun así, en 1998 el gobierno chileno la declaró Monumento Histórico. A la fecha, Sewell es un símbolo de cómo la actividad minera puede levantar una ciudad entera… y, también, condenarla al abandono.

Sewell, Chile

Ciudad Pemex, México: la ciudad petrolera que nunca despegó

En 1958, la paraestatal Petróleos Mexicanos (PEMEX) construyó Ciudad Pemex en el municipio de Macuspana, Tabasco, para alojar a los trabajadores del complejo que lleva el mismo nombre. La idea era que este lugar se convirtiera en una próspera ciudad alrededor de la planta de procesamiento de gas natural; por ello se levantó con ambición, integrando servicios como hospitales, parques, bancos, un teatro, unidades deportivas y transporte público.

Pero la realidad fue distinta: a pesar de su infraestructura, Ciudad Pemex nunca alcanzó el crecimiento esperado y, con la reorganización de la industria energética en México, la ciudad entró en declive. Hoy tiene apenas unos cuatro mil habitantes, de modo que muchos de sus servicios están subutilizados.

Ciudad Pemex, México

Detroit: “Motor City” y su colapso económico

Detroit, Michigan, es el ejemplo emblemático de una ciudad que floreció por una sola industria: la fabricación de automóviles. Aunque hoy su economía es más diversa, durante gran parte del siglo XX fue mundialmente conocida como “La capital del automóvil”. Las tres grandes marcas estadounidenses —Ford, General Motors y Chrysler— hicieron de Detroit un imán para trabajadores, migrantes y emprendedores; así, la ciudad creció explosivamente, atrayendo mano de obra de todo el país y cimentando una cultura urbana alrededor de la producción automotriz.

Sin embargo, los disturbios raciales, la crisis del petróleo a finales de la década de 1970, la automatización, la entrada de competidores internacionales y la fuga de mano de obra provocaron el colapso económico de Detroit, que sufrió una de las crisis económicas urbanas más profundas en la historia de los Estados Unidos. Hoy en día, “Motor City” está en un proceso de reinvención con proyectos culturales, tecnológicos y de emprendimiento que buscan diversificar la economía más allá de la producción de autos.

Detroit, EE. UU.

Oranjemund: el brillo de los diamantes

Oranjemund fue fundada al sur de Namibia en 1936 por la compañía De Beers, con el propósito de alojar a los trabajadores de las minas de diamantes y a sus familias. La urbe prosperó gracias a la extracción de estas gemas preciosas; esta actividad industrial que fue la base económica del lugar y marcó profundamente su identidad.

Hasta 2017, Orajemund era un asentamiento privado propiedad de la empresa De Beers y tenía apenas unos 4 000 de habitantes; actualmente es administrada por el gobierno namibio —que le otorgó la categoría de pueblo— y por un consejo local. A pesar de su clima desértico, su población se ha duplicado y hoy es una urbe que despierta el interés del turismo internacional.

Oranjemund, Namibia

¿Qué tienen en común estas ciudades?

Estas poblaciones ligadas a recursos naturales, industrias específicas y economías poco diversificadas muestran un patrón fascinante: una sola industria puede dar vida a una ciudad, pero también puede condenarla a ciclos de auge y caída. La lección para planificadores, gobiernos y comunidades es clara: la diversificación no es solo una estrategia económica, sino una forma de resiliencia urbana.

Así, estas ciudades son como laboratorios vivos de historia, economía y sociedad que parecen advertirnos sobre los riesgos de concentrar nuestras esperanzas en una sola fuente de prosperidad

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