Bienestar tóxico: cuando “estar bien” te hace mal (y, además, te sale caro)

Bienestar tóxico: cuando "estar bien" te hace mal (y, además, te sale caro)
Julio Báez

Julio Báez

Hubo un momento en el siglo XXI —difícil de ubicar, pero fácil de reconocer— cuando el autocuidado dejó de ser una acción personal y casi íntima, para convertirse en un acto público, encomiable, medible y compartible en redes sociales. En ese tránsito silencioso, el bienestar o wellness se convirtió en una narrativa aspiracional del tipo “no pain, no gain[1] y, también, en un gran negocio. Así surgió la industria del bienestar tóxico que, en su esencia más básica, es el arte de convertir la salud en una fuente de esfuerzos, ansiedad y jugosas ganancias.

Esta versión perversa del autocuidado se presenta disfrazada de espiritualidad, de disciplina o de salud, pero en realidad opera como cualquier otra industria de la inseguridad: te hace sentir roto, incompleto, defectuoso o en riesgo para, entonces, venderte la reparación. Este tipo de “bienestar” va por todo: tu cuerpo, tu mente, tu energía, tus intestinos, tu aura, tus pensamientos, tu comida, tu relación con el gluten… y, obviamente, también le interesa tu cuenta bancaria.

El bienestar como negocio

Para entender el fenómeno, imaginemos a alguien que incursiona en el yoga “para relajarse” y termina enojado consigo mismo porque se saltó las asanas de las cinco de la mañana y ahora siente que rompió el ciclo;  o a una persona que empezó a tomar agua con limón en ayunas porque leyó que “activa el sistema digestivo”, y tres años después tiene una colección de suplementos supuestamente naturales que cuestan más que la colegiatura de sus hijos… pero sigue con estreñimiento y todo lo que come le cae mal. Eso es el bienestar tóxico: una serie de prácticas que deberían darte salud, pero se traducen en gastos, malestar y sufrimiento. Es una paradoja perfecta, y el mercado la ama.

Namasté, pero con branding

Las prácticas que hoy protagonizan el bienestar tóxico no nacieron siendo nocivas: de hecho, muchas tienen raíces en tradiciones de salud, filosofía y medicina que durante siglos funcionaron perfectamente sin hashtags; el problema surge cuando el mercado del bienestar y la cultura de la optimización buscan monetizarlos. Hoy, por ejemplo, en buena parte del mundo el yoga se ha convertido en una actividad física donde se mide quién puede hacer el “perro boca abajo” más perfecto —o quién tiene los glúteos más marcados— y se practica con outfits y tapetes que cuestan un mes de sueldo. ¿Y su aspecto espiritual? Bien, gracias…

El Yoga praticado con implementos que cuestan mucho. ¿Y lo espiritual?

Lo mismo sucede con muchos corredoresm que en algún punto pasaron del trote como ejercicio que aporta condición física y salud cardiovascular, al running con tenis de marca que valen trescientos dólares —y hay que sustitir cada seis meses—, cuyos adeptos tienen la compulsión de tomarse selfies sudorosas para subir a sus redes sociales con frases motivacionales que celebran su egocentrismo.

Dejar de comer para estar satisfecho

El ayuno intermitente tiene una historia similar. La ciencia detrás de ciertos patrones de alimentación restringida es real y tiene respaldo de investigación seria, pero con la cultura del wellness se convirtió en otra cosa: una forma de moralizar el hambre, de crear “buenas” y “malas” horas para comer, y de llevar el control de la ingesta —o, más bien, de la no ingesta—, a niveles que en cualquier otro contexto levantarían banderas de alerta sobre conductas alimentarias riesgosas, que derivan en pérdida de masa muscular, desnutrición y alteraciones metábolicas.

Mindfulness para asesinos

El mindfulness corporativo merece su propio párrafo por lo audaz de su propuesta. En 1979, el doctor Jon Kabat-Zinn secularizó la milenaria tradicion budista de la meditación y la atención plena, eliminando los componentes religiosos de la práctica y convirtiéndola en una técnica científica de reducción del estrés; hasta ahí, todo bien. El asunto es que ahora muchas empresas retoman esta disciplina como una solución al estrés que ellas mismas provocan al precarizar el trabajo, satanizar el tiempo libre y maximizar la productividad al punto del burnout.

'Mindfulness' en empresas para combatir el estrés que ellas mismas generan

Y lo de los asesinos va más allá de la serie de Netflix: es un hecho documentado que francotiradores del ejército estadounidense practican el mindfulness para “estar totalmente presentes” mientras apuntan a su objetivo y para no sentir culpa una vez que le plantan una bala entre las cejas. No dudo que lo mismo suceda con corredores de bolsa y ejecutivos de alto nivel que, más allá de controlar su estrés, necesitan acallar sus conciencias cuando dejan en la calle a cientos de personas con una venta de acciones o una decisión corporativa.

El menú de la autodestrucción saludable

La idea de los “diez mil pasos diarios” inició como una campaña de marketing japonesa en la década de 1970, no como una recomendación médica. Y si bien nadie duda que caminar a diario es mucho más saludable que pasar diez horas frente al monitor y luego aplastarse en un sillón frente a la TV, hoy mucha gente está totalmente obsesionada con “cerrar el anillo” de su smartwatch aunque sea de noche y estén totalmente agotados, como si una app tuviera más autoridad sobre ellos que su propio cuerpo.

Los batidos detox y las limpiezas con jugos, por su parte, son un milagro del márketing: nos convencen de que nuestros riñones, hígado, vejiga y sistema linfático —que llevan miles de años cumpliendo su función— requieren una “ayuda externa” que cuesta cuatro mil pesos a la semana y, de remate, sabe a pasto mojado. Y ya no hablemos de la fijación actual con las barras de proteína y las bebidas protéicas: ¿desde cuándo la humanidad necesita complementar la ingesta de proteína natural, vegetal o animal, con productos artificiales y ultraprocesados?

Batidos 'detox', milagro de mercadotecnia
El costo humano de optimizarse sin parar

Lo paradójico de la cultura del bienestar tóxico es que, con notable consistencia, produce exactamente los malestares que promete curar. Y otra secuela muy común es la culpa crónica: esa sensación de que no estás haciendo los suficiente por tu salud, tu mente, tu cuerpo o por tu “versión mejorada”. El bienestar tóxico necesita que perpetuamente te sientas a mitad del camino, en proceso y sin llegar jamás a tu meta, para que el siguiente producto siempre tenga sentido.

Un segundo efecto es más silencioso, pero igualmente nocivo: el aislamiento social. Cuando construyes tu identidad alrededor de un estilo de vida saludable al extremo, las personas que no comparten esa idea empiezan a parecer un peligro, una fuente de tentación o, simplemente, un ejemplo vivo de que es posible estar bien y ser feliz sin tener que padecer tanto.

El verdadero detox que nadie vende

Lo que distingue al bienestar genuino del tóxico no es la práctica en sí, sino la carga emocional que acarrea. El autocuidado sano se parece a probarse unos zapatos: lo haces, te quedan o no te quedan, ajustas o desechas; el bienestar tóxico, en cambio, se parece más a una secta o a una religión sin dios, pero con muchos profetas en Instagram: hay dogmas, hay un culto a la imagen, hay culpa cuando fallas, hay una comunidad que te vigila aunque nadie lo admita y siempre hay algo más que podrías estar haciendo para, simplemente, sentirte bien contigo mismo.

La diferencia entre bienestar genuino y el tóxico está en la carga emocional que acarrea

Al final, el bienestar tóxico es un espejo de algo más amplio: una cultura que no sabe descansar sin culpa, que confunde la valía personal con la productividady que ha encontrado en el cuerpo un nuevo territorio donde proyectar toda la ansiedad de estos tiempos. La industria no lo inventó: lo encontró y lo amplificó hasta convertirlo en mercado. Salir de esa lógica no exige un retiro de silencio ni un programa de doce semanas, sino algo mucho más radical y gratuito: decidir amarte exactamente como eres hoy —con el cuerpo que tienes, tus rituales imperfectos y los días en que no haces nada— y, a partir de esa aceptación, procurar tu bienestar a largo plazo, en formas saludables y sin buscar motivación en tu social media.

Una decisión que no tiene empaque… y tampoco lo necesita.

[1] “Sin dolor no hay recompensa”, es una frase popularizada por Jane Fonda en la década de 1980 como una especie de mantra de fitness, aunque sus raíces se remontan a la antigüedad.

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