Matthieu Ricard y cómo llegó a ser la persona más feliz del mundo

Matthieu Ricard y cómo llegó a ser la persona más feliz del mundo
Igor Übelgott

Igor Übelgott

Al leer el título de este texto, uno podría imaginarse que la persona más feliz del mundo se parecería a una especie de bufón soltando risotadas y gastando bromas a diestra y siniestra, o a una exaltada porrista que jamás pierde la sonrisa de dentífrico y exuda entusiasmo por cada uno de sus poros. Pero no: hablamos de un anciano de cabeza afeitada, gafas, semblante apacible y movimientos serenos, cuya felicidad se genera desde el interior y se manifiesta en una profunda compasión por todos los seres vivientes. Su nombre es Matthieu Ricard, es un monje budista y su secreto para la felicidad es la práctica de la meditación…

Matthieu Ricard

Matthieu Ricard nació en la comuna francesa de Aix-les-Bains el 15 de febrero de 1946, de modo que recién cumplió ochenta años de edad. Su padre fue el connotado filósofo francés de filiación socialista Jean-François Revel (1924-2006), quien además es miembro de la Academia Francesa, una institución enfocada en la regulación y el perfeccionamiento del idioma francés. Su madre fue la pintora Yahne Le Toumelin, de modo que desde muy joven Matthieu estuvo rodeado de lo más selecto de la intelectualidad y las artes de su natal Francia.

En 1967, a la edad de veintiún años, Matthieu viajó por primera vez a la India y entró en contacto con la espiritualidad de oriente, en especial con el budismo y la práctica de la meditación. Poco después, obtuvo un doctorado en biología molecular por el Instituto Pasteur, pero en 1972 decidió poner fin a su carrera científica para concentrarse en el budismo tibetano.

Durante años vivió en el Himalaya y estudió a profundidad las enseñanzas del Buda, y ha viajado por el mundo para compartir los conocimientos aprendidos, siempre con una visión que reconcilia la visión pragmática y científica de Occidente con la visión trascendente y espiritual de un monje budista. Por si fuera poco, es el traductor oficial del Dalai Lama a la lengua francesa.

Matthieu Ricard, "el hombre más feliz del mundo"

Y, ¿por qué se dice que es “el hombre más feliz del mundo? Todo se debe a un estudio científico realizado en 2004, en la Universidad de Wisconsin-Madison. En él, el neurocientífico Richard Davidson implantó 256 sensores en el cráneo de Ricard, como parte de una investigación sobre cientos de practicantes avanzados de meditación. Los escáneres mostraron que, al meditar sobre la compasión, el cerebro de Ricard produce un nivel de ondas gamma —vinculadas a la conciencia, la atención, el aprendizaje y la memoria— “nunca antes reportado en la literatura neurocientífica”, afirmó Davidson.

Pero lo realmente interesante fue que también mostraron una actividad excesiva en la corteza prefrontal izquierda de su cerebro, en comparación con la derecha, lo que, según los investigadores, le otorga una capacidad extraordinariamente grande para la felicidad y una menor propensión a la negatividad. Para que nos demos una idea, la escala de esta actividad cerebral fluctúa entre +0.3 y -0.3, un nivel que es considerado “de beatitud”; en la prueba, Matthieu alcanzó resultados de -0.45, una lectura jamás registrada en ningún otro ser humano.

Matthieu Ricard sometiéndose a un estudio en la Universidad de Wisconsin-Madison

Los resultados de dicho estudio se publicaron ese mismo año y causaron revuelo en la comunidad científica. Pero Ricard, con la ecuanimidad y humildad que caracterizan a un monje, rechazó la etiqueta de “la persona más feliz del mundo”, tachándola de absurda e imprecisa. “Pensémoslo dos segundos —dijo, con un poco de exasperación, en una entrevista para The Guardian—, ¿cómo podemos saber el estado de felicidad de 8 mil millones de seres humanos? ¿Acaso hay alguien que vive en completa dicha todo el tiempo?”.

Entonces, ¿cuál es su concepto de la felicidad real y el secreto para alcanzarla? Dentro de la misma entrevista, Ricard afirmó que la verdadera felicidad “proviene de liberarse de las fuentes de sufrimiento —el odio, el orgullo, los celos, etc.— y es ‘una especie de recompensa’ que surge de la compasión, la benevolencia y el altruismo, es duradero y estable”. Esa felicidad plena se puede sentir independientemente de las circunstancias materiales e incluso en momentos de tristeza, lo que la distingue de la dicha, que es fugaz, y del placer, que “está perfectamente bien… pero no es felicidad”.

Esta clase de felicidad, que se parece más a la eudemonía de los antiguos griegos, no se sacude ante los altibajos de la vida ni está supeditada a la satisfacción de nuestros deseos; por el contrario, deriva del cultivo de virtudes como la benevolencia, la fortaleza interior y el gozo por el bien ajeno. Y ese camino es triple, pues implica tanto las prácticas meditativas —que no son sino un entrenamiento mental para relajar el cuerpo y la mente, cultivar la atención y observar la realidad con desapego y sabiduría— como la adquisición de conocimientos y una conducta recta “de palabra, obra y omisión”, como dice el Confíteor que se reza en las misas católicas.

Podría escribir páginas y páginas sobre los conceptos vertidos por este monje que no vendió su Ferrari y que no le gusta que lo etiqueten con el marbete de la felicidad absoluta, pero prefiero recomendarte que leas algunos de los libros que ha escrito, como El monje y el filósofo (1997) —una conversación con su padre—, En defensa de la felicidad (2003) o Cerebro y meditación (2017).

Para concluir, te dejo la siguiente idea: en el mundo occidental, la “búsqueda de la felicidad” es un concepto importado del ideario estadounidense que se equipara con el ascenso social, la adquisición de riqueza y el triunfo de la voluntad sobre las adversidades; lo que Ricard nos propone como felicidad es radicalmente distinto: no es ascender, sino interiorizar; no es riqueza material, sino espiritual; y no vence a lo adverso, sino que se atraviesa con serenidad, bondad e imperturbabilidad. Suena complicado, lo sé, pero el camino hacia la felicidad —que no está afuera, sino que hay que buscar dentro de ti— es muy sencillo: empieza sentándose, cerrando los ojos y respirando profundo…

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