
Quisiera empezar con una anécdota personal. Cuando era un veinteañero que estudiaba la licenciatura, tuve uno de esos días en los que todo sale mal, me sentía muy afligido y, para colmo, yendo de regreso a casa en el autobús vi en el cielo negros nubarrones que presagiaban una tormenta. Y en efecto: poco antes de llegar a mi parada, se soltó un diluvio que me hizo pensar en el fin del mundo. ¡Maldición! Me sentí como uno de esos personajes que traen su propia nube sobre la cabeza. Con resignación acepté mi destino, toqué el timbre, me bajé de un salto y al instante sentí el helado golpeteo de la lluvia y de uno que otro granizo que parecía querer burlarse de mi pequeña tragedia.
En la calle, la gente corría para intentar guarecerse, pero yo ni siquiera apuré el paso. Habría sido inútil, pues la tormenta era tan tupida que antes de cruzar la avenida el agua ya inundaba mis zapatos y había llegado hasta la ropa interior. Así, con la cabeza gacha y el agua escurriéndome por la cara, iba caminando sin prisas cuando, casi sin que me diera cuenta, mi frustración y las ganas de llorar empezaron a disolverse. Durante años me pregunté si el agua de lluvia tiene propiedades curativas, ya que las cinco cuadras que caminé mojándome bastaron para que mi depresión se transformara en una inexplicable alegría…

Alan Watts y la Ley de Retrocesión
Este recuento viene al caso porque hoy ya sé lo que pasó: no fue el agua de lluvia, sino mi aceptación lo que transformó una experiencia que pudo haber sido negativa en algo positivo. Y ese principio es lo que el filósofo británico Alan Watts (1915-1973) llamó la Ley de Retrocesión —Backwards Law, en inglés—, un concepto adaptado del taoísmo y el budismo que afirma que el deseo de una experiencia más positiva es una experiencia negativa y, paradójicamente, la aceptación de una experiencia negativa es, en sí misma, una experiencia positiva. Como esa tarde cuando acepté exponerme a una lluvia torrencial sin reservas, sin impermeable y sin paraguas, y en lugar de llegar a casa a lamerme las heridas —como habría sido mi tendencia—, me sentía tan jovial como Gene Kelly cuando bailó su famoso número musical en Cantando bajo la lluvia.
Citando al escritor Mark Manson en su libro El sutil arte de que te importe un caraj* (2016), “perseguir algo solo refuerza el hecho de que careces de ello: mientras más desesperado estés por hacerte rico, más pobre y más indigno te sentirás, independientemente de cuánto dinero poseas en realidad; […] mientras más te desesperes por ser feliz y amado, más solitario y asustado te encontrarás, sin importar quiénes te rodeen”. En otras palabras, en la medida que desees vivir experiencias grandiosas, más aversión sentirás por tu insulsa realidad actual y, por ende, te sentirás más infeliz, fracasado y marginado.

En estos tiempos marcados por la búsqueda de la satisfacción instantánea y por una satanización de las emociones negativas, es común pensar que lo sano es buscar el placer y evitar las molestias en lo posible; después de todo, es lo lógico, ¿no? Pero ahí radica nuestra confusión, pues ni todo lo placentero es benéfico ni todo lo desagradable es perjudicial: comerte un pastel entero te brinda mucho placer pero es pésimo para tu salud, del mismo modo que una inyección es molesta y dolorosa, pero puede salvarte la vida.
La retrocesión no implica ir en sentido contrario a lo que buscamos o deseamos, sino más bien renunciar a la búsqueda y centrarse en la acción. Si subes una montaña buscando solamente llegar a la cima, odiarás cada paso y cada esfuerzo que hagas, pues tu mente estará en otro lado; en cambio, si te centras en cada piedra, en cada árbol, en el aire fresco y en los paisajes del ascenso, y aceptas el cansancio, los raspones y el vértigo, coronar la punta dejará ser un objetivo penoso y se convertirá en el remate de una experiencia integral.
Según Watts, los dos grandes errores de la sociedad occidental son querer dejar de sufrir y querer ser felices todo el tiempo, ya que el dolor, la muerte, la enfermedad, las pérdidas y los problemas forman parte inhererente del acontecer humano; por eso, resulta irracional y contraproducente querer evitarlos a toda costa. No se trata de ir en busca del sufrimiento, sino de aceptar que las molestias y el dolor son inevitables, y que incluso pueden ser provechosos si nos dejan una enseñanza o crecimiento interno. Es como cuando te duelen los brazos por levantar pesas: podrá ser incómodo al grado de tentarte a claudicar, pero es un requisito casi indispensable para obtener mayor tono y masa muscular.

¿Cómo aplicar la ley a la vida diaria?
La Ley de Retrocesión implica reajustar nuestras prioridades vitales, aprender a desear menos y a esforzarnos por nuestras metas sin tantas expectativas y sin que de ellas dependa nuestro sentido de vida. Aquí cuatro consejos para llevar esta idea a la práctica:
- Deja de buscar obsesivamente la felicidad o la vida ideal como algo definitivo, pues esa búsqueda perpetua es causa de infelicidad. En lugar de eso, acepta tu realidad actual tal cual es —incluyéndote a ti mismo—; en esa aceptación, si es genuina, hallarás una felicidad sutil y sostenible.
- Acepta las experiencias negativas como el dolor, los errores, el ridículo y la incomodidad, pues son inevitables en la vida y sus procesos, y con frecuencia conducen al aprendizaje y a tu propio desarrollo.
- No huyas de las emociones negativas como la tristeza, el vacío o la desesperación, pero tampoco te cases con ellas; en cambio, vívelas, asúmelas, aprende a leerlas como señales de tu yo interno y úsalas como motor de cambio, crecimiento y evolución personal.
- Céntrate en el proceso sin pensar demasiado en el resultado, pues solo así perderás el miedo a cometer errores —algo que, por cierto, también es inevitable—, podrás fluir mejor y sentirás satisfacción por tu esfuerzo.
Como en mi anécdota, todos vivimos días en los que las nubes de la adversidad parecen conspirar para descargar sobre nosotros una tormenta que cala hasta los huesos, y no hay hacia dónde hacerse. Cuando eso suceda, recuerda lo que dice una canción de Led Zeppelin: “sobre todos nosotros debe caer un poco de lluvia; después de todo, es solo un poco de lluvia”, así que acéptala. Es bien sabido que después de la tormenta… siempre sale el sol.



