Dicha, felicidad y plenitud: en qué se parecen y sus diferencias

Francisco Masse

Francisco Masse

Estoy casi seguro de que, para muchas personas, el sentido y propósito de la vida es alcanzar la felicidad. De hecho, en un documento tan conocido como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, Thomas Jefferson —sin duda influido por la filosofía del inglés John Locke— señaló los tres derechos inalienables del ser humano: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Pero, ya que todos estamos en su busca y que parece ser el fin último de la existencia, ¿qué es exactamente la felicidad? ¿En qué se parece y en qué se diferencia de ideas similares como el bienestar, el gozo, la dicha y la plenitud?

Plenitud

Empezaré diciendo que estas nociones no tienen una sola definición y que están sujetas a opiniones subjetivas, a menudo determinadas por la educación y las experiencias personales de cada persona. Pero, hablando en general y para los fines de este artículo, podemos pensar en una especie de triángulo o de pirámide ascendente que tiene en su base el bienestar y en los peldaños uno va encontrando el gozo, la dicha y la felicidad, para finalmente hallar la plenitud en la cima.

Así, el bienestar es la más básica de estas condiciones y puede entenderse como “el conjunto de cosas para vivir bien” o como una vida holgada y abastecida, con salud física, mental y emocional. Es un estado muy deseable, sin duda, al que le sigue el gozo, que se define como una “alegría del ánimo” o como un sentimiento de complacencia en la posesión, el recuerdo o la esperanza de bienes o cosas apetecibles; no hay que confundirlo con el placer, que es sensorial, inmediato y proviene de estímulos exteriores. En psicoanálisis, se entiende más como la satisfacción de una pulsión que como una sensación agradable.

Luego viene la dicha: una sensación de felicidad intensa, pero pasajera, que deriva de un hecho placentero, de un acontecimiento afortunado o espontáneo, de la satisfacción de un deseo o de la realización de una actividad gratificante. Es curioso que el origen etimológico de este término tenga que ver con “las palabras dichas” por los dioses al momento del nacimiento de una persona, las cuales determinaban su destino… y, claro, la dicha que éste le deparaba al individuo.

Dicha

Y llega el término que nos ocupa: la felicidad. Muchos la vinculan con el concepto platónico de la eudaimonia, que en la antigua Grecia resumía “el bien compuesto de todos los bienes, una habilidad que basta para vivir bien, perfección con respecto a la virtud y recursos suficientes para una criatura viviente”. Para Aristóteles, la felicidad era el fin último de la existencia del ser humano y su búsqueda a través de la perfección y la virtud, el propósito de la existencia; actualmente, los psicólogos en general la definen como un estado emocional positivo que los individuos alcanzan cuando han satisfecho sus deseos y cumplido sus objetivos… y quizá por eso sea tan difícil —por no decir imposible— alcanzarla, ya que nadie es capaz de lograr todo lo que se proponga.

Quien busca la felicidad trata de hallarla en el exterior —riquezas materiales, reconocimiento o la admiración de otros, placeres mundanos—, al tiempo que trata de evitar lo inevitable: la incomodidad, la enfermedad, las pérdidas, los altibajos de la vida y, al final, a la inexorable guadaña de la muerte. Su búsqueda no tendrá fin, pues será como el borrico que avanza motivado por una zanahoria que se aleja de él a cada paso que da para alcanzarla.

Por eso, en lo personal prefiero buscar la plenitud: ese estado emocional profundo y estable derivado no de factores externos, sino de la satisfacción vital, la gratitud y la sabiduría. Una persona plena no es quien “ya llegó” al punto donde quería estar en su vida, sino quien sabe que en cada momento está en el lugar perfecto —porque no existe otro— y saca el mejor jugo de él; es quien recibe, aprovecha y aquilata las causas de la felicidad, a sabiendas de que son efímeras y que a cada tanto la fatalidad tocará a su puerta… pero, al final, el balance siempre será positivo, pues su felicidad no depende de logros externos, sino que brota del interior y de una vida vivida con intención y conciencia.

Así las cosas, quizá sea buena idea preguntarse cuál es el sentido y propósito de nuestra existencia, definirlos con el mayor detalle posible y hacer un plan sensato para alcanzarlos, alejándonos quizá de esta idea caduca de la felicidad como un inalcanzable estado ideal y acercandonos a una idea más asequible: la de una vida plena y sabia en la que sabemos que hay tormentas, pero también la certeza de que después de ellas… siempre saldrá el sol.

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