
La primera vez que supe de este personaje no fue en una clase de historia ni viendo una cinta bélica: fue leyendo las tiras cómicas. Como era un niño asiduo a las historias de Carlitos y Snoopy —que años después, con la globalización, conocimos con su nombre original de Peanuts—, me deleitaba viendo cómo el Beagle más famoso del mundo imaginariamente convertía su perruna casa de madera en un avión caza de la Primera Guerra y, poniéndose bufanda, gorro y gafas de aviador, combatía ferozmente contra el temible Barón Rojo.

Aunque era un niño bastante leído, aquel aristocrático sobrenombre me sonaba tan fantasioso como el del Barón Munchausen, el del conde Drácula, del rey Arturo o del Marqués de Carabás… pero muchos años viví en el error. Hoy sé que, más allá de las películas, las canciones y los dibujos, el Barón Rojo fue un hombre de carne y huesos y un extraordinario piloto, considerado “as de ases” dentro de la aviación militar. Conozcamos su historia…
Nobleza en el aire
Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, que era el nombre completo del afamado aviador, nació el 2 de mayo de 1892 en Kleinburg, un poblado que actualmente pertenece la ciudad polaca de Breslavia, pero que entonces formaba parte del reino de Prusia. Su familia, los Richthofen, era una prominente dinastía aristocrática prusiana cuyas raíces se extienden hasta el siglo XVII.
Con un padre mayor del ejército, a los once años Manfred ingresó a la prestigiada Escuela Militar Prusiana, que tenía la fama de “convertir a los niños en soldados, sin peros ni condiciones”. Su desempeño castrense en la caballería fue regular y en la infantería pasó sin pena ni gloria, pero todo cambió cuando se alistó en la Luftstritkräfte o Fuerza Aérea Alemana, pues aunque no destacó mucho en la academia, poco después Manfred descubrió que parecía un talento nato para volar, perseguir, eludir enemigos y disparar en pleno vuelo.

En 1916, un año después del ingreso de Manfred a la Fuerza Aérea, el insigne piloto alemán Oswald Boelcke lo seleccionó para formar parte del escuadrón aéreo Jagdstaffel 2, uno de los más temidos del bando alemán durante la Primera Guerra Mundial. Richthofen destacó rápidamente como piloto de combate y en 1917 ya comandaba su propio escuadrón, el Jagdstaffel 11. Ahí fue cuando surgió el mote con el que pasaría a la historia.
¿Realmente era un Barón?
No exactamente. Su título nobiliario era el de “Lord Libre” o Freiheer, en alemán, que en la nomenclatura inglesa equivaldría a Barón, pero no es hereditario. Richthofen gustaba de pintar sus aviones de rojo para que sus enemigos lo reconocieran; eso, aunado a su título, le ganaron el mote de der Rite Baron o “El Barón Rojo” dentro y fuera de Alemania.

El primer combate del Barón, sobre los cielos de Cambrai, Francia, resultó en una victoria. Desde esas primeras escaramuzas aéreas fue evidente su agudeza visual y su extraordinaria habilidad para enfrentar el peligro. Algunos de sus compañeros de armas afirmaron después que Richthofen, normalmente de temperamento apacible, se transformaba por completo cuando entraba a la cabina de su biplano Albatros.
A lo largo de sus más de cincuenta y seis misiones, el Barón Rojo derribó a más de ochenta aviones enemigos, logrando así el calificativo de “as de ases”. Su escuadrón, el Jasta 11, muy pronto fue conocido como “El circo volador de Richthofen”, porque todos los pilotos pintaban sus aeronaves de colores vistosos y se trasladaban en vagones de ferrocarril, como atracciones de circo.
En abril de 1917, Manfred solo sumó más de veinte cazas derribos; su hermano menor, Lothar, también formaba parte del “circo” y a lo largo de su carrera sumó unos cuarenta enemigos abatidos.
Coqueteo con la muerte
El 6 de julio de 1917, una bala perdida alcanzó a impactar el cráneo de Manfred mientras sobrevolaba Bélgica. Con el impacto, perdió temporalmente el conocimiento y quedó ciego durante algunos momentos, pero alcanzó a recuperarse y aterrizar el avión. Fueron necesarias varias intervenciones para extraer la bala, las esquirlas y las astillas de hueso, de modo que el Barón tuvo que tomar unas largas vacaciones por órdenes médicas.
Inquieto como era, Manfred aprovechó esta convalecencia para escribir sus memorias, que más tarde aparecerían publicadas con el título de El piloto de combate rojo. En él, expone que volar era para él un sentido de vida y deja ver que, más allá de la precisión y frialdad propia de la guerra, era un héroe de guerra caballeroso y honorable, que más bien parecía batirse a duelo cada vez que emprendía un combate aéreo. Por sus logros en la aviación, fue premiado con la cruz azul Pour Le Mérite, la máxima condecoración militar alemana.

Mucho se especula que el incidente afectó profundamente a Manfred, pues a partir de este actuaba como si fuera inmune a la muerte y violaba medidas de seguridad básicas que él mismo había asentado en su libro. Quizá por eso halló la muerte a los veinticinco años de edad, en pleno combate, cuando perseguía a baja altitud a un avión enemigo que estaba atacando a su primo Wolfram, y fue sorprendido por fuego de ametralladoras terrestres y por el ataque del piloto canadiense Arthur Roy Brown.
Según recuentos del hecho, no queda claro si la bala que abatió para siempre al Barón fue disparada desde el aire por Brown, o si fue el artillero australiano William John “Snowy” Evans quien disparó desde tierra la bala calibre 7.70 mm que le atravesó el torso. Su flamante avión bimotor Fokker se precipitó a un campo junto a una colina en la comuna francesa de Vaux-sur-somme. Los soldados que llegaron al lugar encontraron al Barón Rojo ya sin vida, con el pecho abierto y numerosas contusiones.

Pero la historia no termina ahí. Era tal el prestigio del Barón Rojo como combatiente y el respeto que imponía, que incluso sus enemigos ingleses le rindieron todos los homenajes fúnebres posibles y lo sepultaron en el mismo lugar de su caída. En su tumba, el epitafio reza: “Aquí yace un valiente, un noble adversario y verdadero hombre de honor. Que descanse en paz”.
El último vuelo del noble barón del aire fue hacia la cultura popular. Richthofen, una cinta muda alemana de 1927, fue la primera en poner en celuloide la vida del Barón Rojo y su trágica caída; también hay una versión de Roger Corman de 1971 y una más reciente, alemana como la primera, de 2008. Y, claro, su nombre figura en una infinidad de videojuegos, cómics, nombres de bandas musicales y se menciones dentro de algunas canciones. Como ejemplo, aquí te dejo “Snoopy vs. The Red Baron” de The Royal Guardsmen…



